
En Sinceramente, su libro de memorias, Cristina Kirchner contaba cómo, en 2015, aumentó el gasto público en un punto del PBI para ayudar al candidato de su partido, Daniel Scioli, a ganar las elecciones presidenciales. Lo decía sin culpa ni vergüenza, sino como una manera de chicanear a Scioli por haber perdido a pesar de la ayuda que le había dado. En su razonamiento, Cristina seguía el sentido común de la política argentina, según el cual el votante premia o castiga al candidato oficialista en función de cómo le fue económicamente en los meses anteriores a la elección. Si la economía mejora cerca de octubre, el candidato oficialista tiene más chances. Si empeora, pierde. Los estrategas de campaña comparten esta premisa –”la gente vota con el bolsillo”–, pero rara vez han logrado ponerse de acuerdo en el bolsillo de qué momento. La respuesta más habitual es que importa el bolsillo del momento de la elección. Sin embargo, investigaciones recientes muestran una respuesta distinta.
En Estados Unidos, la ciencia política provee evidencia sólida de que lo que importa es la economía del año electoral. Solo dos presidentes fueron reelectos con una economía en recesión: Abraham Lincoln en 1864 y Theodore Roosevelt en 1904. El primero llegó a las urnas en medio de una guerra civil que se resolvía a su favor: la toma de Atlanta, semanas antes de la elección, fue decisiva. El segundo lo logró porque la economía se había recuperado poco antes de que los votantes fueran a las urnas. Los estudios clásicos muestran que el desempeño económico en el año electoral, particularmente en los meses finales del mandato, puede predecir con precisión el resultado. De todas maneras, esta evidencia corresponde casi exclusivamente a elecciones en democracias avanzadas.
En América Latina, los estudios sugieren una lógica distinta En su tesina para la Licenciatura en Ciencia Política y Gobierno de la Universidad de San Andrés, Camila Riancho analizó 121 elecciones presidenciales en 18 países latinoamericanos entre 1980 y 2021. La pregunta era: ¿los votantes premian o castigan al gobierno por lo que pasó en el año electoral, o también pesan los años anteriores? El resultado es tan sorprendente como robusto. El crecimiento económico en los 12 meses previos a la elección no tiene efecto significativo sobre el porcentaje de votos que obtiene el oficialismo, una vez que se tiene en cuenta el crecimiento de los años anteriores. Lo que más importa, de manera consistente a lo largo de cuatro décadas y 18 países, es el crecimiento de la economía entre 12 y 24 meses antes de la elección. No el año en que se vota, sino el año anterior.
Lo que más importa, de manera consistente a lo largo de cuatro décadas y 18 países, es el crecimiento de la economía entre 12 y 24 meses antes de la elección.
Los casos argentinos son ilustrativos. En 2010, la economía creció casi un 10% y un años después Cristina Kirchner ganó con el 54% de los votos. En 2014, el PBI cayó más de dos puntos y Scioli perdió en 2015. En 2018, la crisis cambiaria y la recesión precedieron la derrota de Macri en 2019. Que la economía de 2015 haya repuntado modestamente o que en 2019 se haya desacelerado la caída quizás importó menos que el daño ya acumulado.
El caso de 2023 ilustra la variación opuesta. En 2022, la economía creció más de un 5% (el mejor año del gobierno de Alberto Fernández) y la oposición llegó dividida: Juntos por el Cambio y La Libertad Avanza compitieron separados. El oficialismo, en cambio, llegó con un candidato único (no sin conflicto interno) y en esas condiciones Sergio Massa se metió en el balotaje. La debacle de 2023 (recesión, inflación, salto del dólar) fue demasiado grande para revertirla. El desenlace ajustado, sin embargo, sugiere que la ventaja del año anterior fue influyente.
Miopía o política
Caben al menos dos explicaciones posibles para este fenómeno. La primera es que los votantes en América Latina son menos miopes que sus pares en otras latitudes. El año electoral es una señal ruidosa: mezcla el desempeño genuino del gobierno con factores coyunturales que poco tienen que ver con su gestión y, a veces, la manipulación deliberada del ciclo económico con fines electorales. Un gobierno que ejecutó reformas costosas durante tres años y logró crecimiento en el cuarto puede merecer ese voto. Pero un gobierno que solo aceleró el gasto en el año electoral para calentar la economía no merecería el mismo crédito. Juzgar al gobierno solo por el último año, pensarían estos votantes latinoamericanos, premia el oportunismo en lugar de la buena gestión.
Aunque posible, esta explicación parece improbable. Otros estudios sugieren que los votantes latinoamericanos son propensos a los mismos sesgos que sus pares de otras democracias: por ejemplo, premian y castigan a sus gobiernos incluso por factores completamente fuera de su control, como el precio internacional de los commodities o las tasas de interés internacionales.
La segunda explicación tiene que ver con la política, no con los votantes. En Estados Unidos, con dos partidos y candidatos definidos con bastante anticipación, la oferta partidaria está dada de antemano. Lo que se mueve en el tramo final es sobre todo la decisión de ir o no a votar, en la que el presente económico puede pesar más. En sistemas de partidos menos institucionalizados, en cambio, la oferta misma está en juego. Las decisiones que estructuran una elección —quién se presenta, cuántos candidatos compiten— no se toman en agosto u octubre del año electoral. Se toman meses antes, cuando los actores políticos leen el estado de la economía y calculan sus chances.
Las decisiones que estructuran una elección no se toman en agosto u octubre del año electoral. Se toman meses antes, cuando los actores políticos leen el estado de la economía y calculan sus chances.
Tras la devaluación y recesión de 2014, la UCR se sumó a la alianza entre Macri y Carrió en la convención de Gualeguaychú, en marzo de 2015, siete meses antes de las elecciones. Ahí Cambiemos tomó forma. La oposición se coordinó temprano porque la crisis del año anterior le abrió una ventana. En 2018, tras la crisis cambiaria, Cristina comenzó las gestiones para unir al peronismo, lo que culminó en mayo de 2019 con su anuncio de la fórmula encabezada por Alberto Fernández. En 2007 y 2011, en cambio, como la economía creció con fuerza el año anterior a las elecciones, la oposición llegó dividida: Carrió y Lavagna por separado en 2007; Alfonsín y Binner sin acordar una candidatura común en 2011.
En todos estos casos, una economía deteriorada un año antes facilitó acuerdos que en otro momento habrían sido improbables. La literatura comparada sugiere que este tipo de mecanismo no es exclusivo de la Argentina: las crisis económicas tienden a actuar como puntos focales que reducen el costo de coordinación entre actores que de otro modo tienen incentivos para competir entre sí.
Según la lógica que emerge de los datos sobre 121 elecciones latinoamericanas, este año debiera ser clave para la elección presidencial de 2027. En este sentido, la economía actual muestra un desempeño heterogéneo: la economía en su conjunto y algunos sectores crecen, pero otros continúan rezagados, sin que se consolide una tendencia. Si ese cuadro persiste o deriva en deterioro, la evidencia sugiere dos riesgos. El primero, el más conocido: una oposición que encuentra en el año previo a la elección los incentivos para unificarse temprano, como ocurrió en 2015 con Cambiemos. El segundo, más difícil de gestionar: que espacios cercanos al Gobierno hagan el mismo cálculo y decidan que sus perspectivas electorales son mejores compitiendo por fuera que acompañando. Por ahora la oposición peronista llega más dividida que unida, lo que favorece al oficialismo; pero del otro lado pesa la incógnita de si el PRO de Macri terminará acompañando a Milei o compitiendo por su cuenta. Cómo se salden esas definiciones dependerá, en buena medida, de cómo cada actor lea la economía de este año.
Esta lógica excede a la economía, porque los escándalos y las crisis de gestión pueden operar de forma similar. Hay además un vínculo que refuerza la importancia de este 2026: el crecimiento del año electoral es en parte endógeno a lo que ocurrió antes. Si la oposición llega con chances de volver y el oficialismo y sus aliados llegan divididos o impopulares, los mercados pueden anticipar un giro en la política económica y reaccionar presionando el tipo de cambio y elevando el riesgo país. Un gobierno que llega a 2027 debilitado tendrá menos herramientas de política económica y rivales más competitivos esperándolo.
En síntesis, ¿votamos con el bolsillo? En parte sí, por supuesto. Pero quizás con un bolsillo distinto del que creíamos: no el de los meses anteriores anteriores sino el del año anterior. Es decir, el que empieza a correr ahora mismo.