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Valeria Di Fiori, una carrera con impacto internacional

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¿Qué te llevó a estudiar Relaciones Internacionales en UdeSA?

Cuando decidí estudiar Relaciones Internacionales, Argentina se estaba insertando cada vez más en el mundo y yo pensaba que las empresas y el sector privado iban a necesitar especialistas que entendieran esa dimensión internacional.

Me gradué justo antes de la crisis de 2001, así que conseguir trabajo no fue fácil. Empecé en CIPPEC, un think tank que recién comenzaba en ese momento, y poco después me convocó Coca-Cola Argentina para su programa de jóvenes profesionales. 

En ese momento todavía no sabía exactamente qué quería hacer, como probablemente les pasa a muchos recién graduados. Fui probando distintos caminos y viendo qué resonaba conmigo y qué me movía.

En Coca-Cola, por ejemplo, descubrí que el sector privado no era exactamente lo que estaba buscando. Trabajaba en Relaciones Institucionales y Comunicación, con objetivos vinculados al negocio, pero yo extrañaba la política pública, las relaciones internacionales y los temas que había estudiado en la Universidad.

Eso me llevó al CARI, el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales, donde empecé a trabajar sobre temas de política internacional, seguridad energética, misiones de paz y la política exterior argentina. Ahí sentí que había encontrado un espacio que realmente me apasionaba y decidí seguir especializándome.

 

¿Cómo fue el paso de UdeSA a una carrera internacional?

Después del CARI decidí hacer una maestría. Gané una beca Fulbright y elegí Georgetown porque quería estar donde se cocinaban las cosas, donde pasaban la política y las decisiones.

Y fue una muy buena decisión. Hice un programa muy general, pero llegué con una base muy fuerte de UdeSA.

Tuve materias avanzadas de Economía y Finanzas con personas que habían estudiado esas carreras, y realmente me sentí muy bien preparada.

 

¿Cómo llegaste al Banco Mundial?

Después de la maestría trabajé en el CSIS, Center for Strategic and International Studies, donde se producía mucho del conocimiento que yo había estudiado en Argentina.

Luego me ofrecieron trabajar como consultora para el Banco Mundial en temas de políticas de inversión y ahí encontré una organización que tenía muchísimo que ver con lo que había estudiado.

Fui pasando por distintos roles dentro del Grupo Banco Mundial, trabajando para la parte privada y para distintos países y regiones.

Hace dos años me ofrecieron representar a todo el Grupo Banco Mundial, tanto la parte pública como la privada, en Uruguay.

 

¿Qué significa para vos representar al Banco Mundial en Uruguay y qué desafíos implica trabajar por el desarrollo de un país?

Es un desafío lindísimo. Significa poner todos los instrumentos, el conocimiento y la experiencia del Banco Mundial al servicio del desarrollo de un país. Cuando trabajás desde un organismo internacional, de alguna manera te ponés la camiseta del país y pensás cómo poner todo lo que la institución tiene para ofrecer al servicio de sus necesidades y prioridades.

En Uruguay, por ejemplo, el desafío está en acompañar un país que tiene muchas fortalezas, pero que también enfrenta desafíos vinculados al crecimiento, la productividad, la competitividad y la generación de empleo. Es un trabajo que disfruto muchísimo porque implica entender qué necesita el país y encontrar la mejor manera de acompañarlo.

 

América Latina tiene grandes oportunidades, pero también desafíos importantes. ¿Cuáles creés que deberían estar en el centro de la agenda de desarrollo?

América Latina tiene muchísimas ventajas: energía, minerales fundamentales para la transición energética, alimentos y otros recursos que el mundo necesita. Tenemos una oportunidad enorme, pero para aprovecharla necesitamos trabajar mucho en capital humano, productividad y adopción tecnológica.

La inteligencia artificial, por ejemplo, tiene que empezar a formar parte de lo que usamos todos los días para trabajar y producir mejor. El desafío es que la tecnología no avance por un lado y las capacidades de las personas por otro. Necesitamos desarrollar el capital humano necesario para aprovechar estas herramientas y responder a las nuevas demandas del mundo laboral.

Y ahí aparece también el empleo, que para el Banco Mundial está en el centro de la agenda. El empleo no es solamente un ingreso: da dignidad, genera vínculos y oportunidades, y puede ser una herramienta fundamental para sacar a las personas de la pobreza y llevarlas hacia una mayor prosperidad.

 

En este contexto, ¿cómo cambió tu mirada sobre la sostenibilidad y qué aprendiste de haber trabajado en distintos sectores y países?

Hoy la sostenibilidad es un concepto mucho más amplio que lo climático o medioambiental. También implica pensar si un proyecto puede sostenerse financieramente, políticamente y tecnológicamente en el tiempo. La inteligencia artificial y los cambios geopolíticos, por ejemplo, también plantean nuevos desafíos que tenemos que incorporar cuando pensamos en desarrollo.

Y trabajar en distintos sectores y países me enseñó que, para entender realmente estas complejidades, la experiencia es fundamental. Si querés que alguien del sector público entienda al sector privado, es muy valioso que haya trabajado en el sector privado, y viceversa. Las personas que cruzan esas fronteras tienen una ventaja enorme porque pueden traducir lo que sucede en un sector para el otro. No lo aprendieron solamente en un paper: lo vivieron.

 

¿Qué habilidades considerás fundamentales para quienes quieren desarrollar una carrera internacional?

Creo que las habilidades técnicas siguen siendo muy importantes. Hay conocimientos fundamentales que uno necesita para poder entender lo que pasa en el mundo y también para usar correctamente herramientas como la inteligencia artificial.

Y después están las habilidades que no reemplaza la tecnología: saber argumentar, convencer, comunicar, conectar con otros y trabajar en equipo.

La inteligencia emocional también es fundamental. Es una combinación entre lo técnico y esas habilidades más humanas.

Y, lamentablemente, el nombre de las instituciones también sigue teniendo peso. En posiciones muy competitivas, contar con universidades reconocidas en el currículum puede ayudar a abrir una puerta.

 

¿Qué significa para vos construir una carrera que genere impacto más allá de lo profesional?

Para mí es clave. Le dedicamos muchísimas horas del día al trabajo y estamos todos intentando hacer malabares entre la familia, los hijos, la vida personal, la salud y el trabajo.

Entonces, el trabajo tiene que valer la pena para hacer ese esfuerzo.

Eso lo fui descubriendo a medida que fui pasando por distintos lugares. Lo que hago tiene que tener impacto.

Cuando estaba en el colegio dije que quería estudiar temas que me movían: el desarrollo, las relaciones entre los países, las políticas públicas y la política internacional.

No planeé mi carrera de esta manera porque uno a los 18 años no tiene idea de cómo va a ser su vida profesional. Pero mirando para atrás, veo que el camino que fui haciendo es muy coherente con esa elección.

Hoy el impacto es en Uruguay, antes fue en Argentina y en el Cono Sur. Y aunque obviamente uno quiere apoyar a su propio país, también es gratificante saber que estás contribuyendo al desarrollo de otros países.

 

Mirando tu recorrido, ¿qué herramientas de UdeSA seguís aplicando hoy?

Hay un conocimiento de base y unos skills que te da la universidad y que no necesariamente te da una maestría.

Poder entender, conectar, comprender técnicamente las cosas, comunicarte bien, escribir bien y ser claro y estructurado en tu manera de pensar.Eso me parece fundamental.

Cuando trabajo con personas de distintas partes del mundo y de distintas universidades, veo que esa base hace una diferencia.

Y por eso no me sorprende encontrar graduados de UdeSA trabajando en organismos internacionales. Es una universidad que te da rigurosidad, pero también ese hambre de querer ir a comerse el mundo y conseguir lo que querés.