Saqueos en la Argentina

En el curso de la historia de nuestro país, los saqueos irrumpieron con fines de apropiación de bienes o de destrucción simbólica: han estado regidos tanto por la lógica del provecho material como por ideas acerca del bien y el mal. Aunque suelen aparecer como episodios excepcionales y efímeros, su significado trasciende el hecho inmediato. Sin embargo, a diferencia de otras formas de violencia cívica y protesta, como las revueltas, las huelgas o las manifestaciones, los saqueos han recibido escasa atención.
“El saqueo suele interpretarse como un comportamiento anómalo, propio de momentos en los que las reglas que organizan la convivencia dejan de funcionar. Además, esta forma de acción colectiva es vergonzante para quienes la protagonizan, ya que implica un ataque a la propiedad o a la integridad física. Pero también expresa de manera descarnada los antagonismos de una sociedad en un momento determinado. Es un síntoma de que algo muy profundo está fallando”, explica Sergio Serulnikov, director del Departamento de Humanidades de la Universidad de San Andrés. Esa es la hipótesis que desarrolla junto con Gabriel Di Meglio, investigador de la Universidad de Buenos Aires y ex Director del Museo Histórico Nacional, en un artículo publicado recientemente en la Revista Latinoamericana de Trabajo y Trabajadores y basado en el libro La larga historia de los saqueos en la Argentina (Siglo XXI Editores).
Los autores distinguen tres grandes momentos en los que los saqueos adquirieron significados diferentes en Argentina. El primero corresponde al siglo XIX, durante las guerras de Independencia y la construcción del Estado nacional. En ese contexto, el saqueo formó parte de las acciones militares y combinó la apropiación de bienes con la captura de personas. Para los investigadores, episodios como el saqueo de tiendas en Buenos Aires tras la Batalla de Caseros de 1852, o los malones, respondían principalmente a disputas por la soberanía, el control territorial y el ejercicio legítimo de la fuerza.
El segundo momento comienza a principios del siglo XX, una etapa marcada por la expansión de la democracia representativa y el surgimiento del radicalismo y el peronismo como partidos de masas. En esta fase, los saqueos adquirieron un carácter de violencia política vindicativa. La destrucción de bienes y símbolos del adversario estuvo orientada a eliminarlo de la vida pública. Entre los casos analizados figuran los ataques contra la colectividad judía durante la Semana Trágica de 1919, el saqueo de la casa de Hipólito Yrigoyen y de comités radicales tras el golpe de 1930, las acciones de trabajadores peronistas en La Plata en 1945 y la destrucción de símbolos antiperonistas y peronistas antes y después del golpe de 1955. Según la investigación, estos episodios reflejan disputas por la legitimidad democrática y los desafíos del igualitarismo.
El tercer período comienza a fines de la década de 1980 y está asociado a saqueos motivados por necesidades materiales y alimentarias, en un contexto de crecimiento de la pobreza estructural y precarización laboral a causa del proceso de desindustrialización. Los saqueos de 1989, seguidos por los de 2001 y 2013, transformaron esta práctica en una forma extrema de expresar el descontento y las demandas económicas frente a la exclusión social y la imposibilidad de acceder a bienes básicos.
Más allá de las diferencias puntuales entre los tres momentos conflictivos, sean por las disputas en torno a la construcción del Estado, la eliminación del adversario político o el hambre, los investigadores sostienen que los saqueos constituyen una ventana privilegiada para observar los conflictos fundamentales que atraviesan una sociedad. Para Serulnikov, “los saqueos recuerdan, de una forma extrema, la fragilidad de los vínculos sobre los que el orden social está erigido, lo que nos mantiene juntos”. En ese sentido, permiten analizar problemas históricos que exceden esos episodios y persisten hasta la actualidad.