¿Por qué no queremos salvar el mundo?

El cambio climático plantea un desafío global de múltiples dimensiones: el aumento sostenido de la temperatura del planeta, la pérdida de biodiversidad y la alteración de los ecosistemas marinos. Frente a esta evidencia, la transición energética—es decir, el reemplazo de sistemas basados en combustibles fósiles por fuentes renovables—aparece como una respuesta urgente. Sin embargo, su avance no ocurre con la velocidad que exige la magnitud de la crisis. En su libro ¿Por qué no queremos salvar el mundo? Cómo explicar las acciones (e inacciones) de los países frente a la evidente crisis climática, recientemente editado por Siglo XXI Editores, Federico Merke, profesor del Departamento de Ciencias Sociales y director de la Maestría en Política y Economía Internacionales de la Universidad de San Andrés, examina las principales trabas que enfrenta esta transición, a partir de un enfoque en tres niveles: global, doméstico y transnacional.
En el plano global, el investigador de UdeSA destaca las limitaciones de la cooperación internacional en materia ambiental, condicionadas por la dificultad de alcanzar consensos entre los casi 200 países que integran las Naciones Unidas y otros tratados climáticos. Además, advierte sobre las contradicciones de las grandes potencias, que aspiran a liderar la transición energética mientras siguen siendo los principales emisores. Este panorama se complejiza aún más por disputas geopolíticas—como las que enfrentan a Estados Unidos y China—que obstaculizan la cooperación en distintos frentes. Merke también identifica tensiones entre el Norte y el Sur global que limitan los avances. Mientras los países desarrollados comenzaron a desacoplar su crecimiento económico de las emisiones que producen, muchas naciones en desarrollo—como India o Brasil—se enfrentan al dilema de conciliar su derecho a crecer con la presión para reducir su huella ambiental. De ahí surgen dilemas de justicia climática: ¿debe recaer la mayor responsabilidad en los países que más emitieron históricamente o en aquellos que, en su camino al desarrollo, aumentarán sus emisiones en el futuro?
En el plano doméstico, el autor del libro señala que los líderes nacionales—sean democráticos o autoritarios—tienden a priorizar su permanencia en el poder por sobre objetivos de largo plazo. La transición energética, en este marco, compite con urgencias económicas, sociales y de seguridad que dominan la agenda electoral. En este escenario, el profesor de UdeSA propone atender la dimensión política de la transición energética: “La calidad de una democracia también se mide por su capacidad para abordar problemas colectivos y globales. Incorporar la dimensión ambiental en la construcción de ciudadanía implica elegir representantes que contemplen este problema en toda su complejidad”. Por último, a nivel transnacional, advierte que, si bien algunos sectores económicos ven oportunidades económicas en la transición, otros la perciben como una amenaza directa a sus intereses. En consecuencia, optan por postergar los cambios hacia modelos sostenibles. El investigador insiste en que la transición no debe pensarse como un juego de suma cero: puede generar nuevos empleos, sectores y dinámicas productivas. Pero para ello es clave una alianza estratégica entre Estado y mercado.
El dilema de fondo, plantea Merke, es que no solo queremos salvar el mundo, sino que también aspiramos a otras metas: calidad de vida, seguridad y prosperidad. El problema no radica en la falta de conciencia ambiental, sino en la elección de prioridades que, en los hechos, postergan la acción climática. A ello se suma que la crisis ecológica suele presentarse como una amenaza invisible, que solo moviliza cuando irrumpe en la vida cotidiana a través de eventos extremos.