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FuenteEl Economista

Merke: "Milei piensa la política exterior como una extensión de sus vínculos personales"

Federico Merke

Tras algunas semanas de un frágil alto el fuego, la guerra entre Estados Unidos e Irán se ha reanudado, lo que incrementa los temores de una nueva crisis energética como consecuencia directa de otro cierre del estrecho de Ormuz. 

Pero, a diferencia de lo que sucedió a principio de año, esta vez la situación parece más delicada: más allá de los ataques que Teherán puede llevar a cabo contra los países del Golfo Pérsico, las últimas noticias han revelado que, mientras que los hutíes de Yemen están atacando Arabia Saudí desde Irak, un ataque con un dron, que dañó dos petroleros en aguas egipcias, ha reavivado las preocupaciones de seguridad energética respecto al Canal de Suez.

Por otra parte, la guerra entre Ucrania y Rusia continúa intensificándose, con Kiev prácticamente cercando la península de Crimea, territorio ucraniano capturado por Moscú en 2014, mientras que el Kremlin incrementa, día a día, sus ataques con misiles contra las principales ciudades ucranianas, entre ellas Kiev. 

Así, queda en evidencia que, lejos de estar cerca de llegar a su final, los conflictos podrían seguir prolongándose en el tiempo, principalmente porque Estados Unidos no ha logrado, por el momento, llegar a acuerdos comunes con China (para presionar a Irán) y Rusia, dejando en evidencia el deterioro del poder norteamericano.

Y, como consecuencia directa de todo esto, debe destacarse que los actuales conflictos también están dejando en un segundo plano asuntos internacionales de igual o más relevancia: desde África a Europa o Japón, todas las regiones del mundo experimentan, año a año, temperaturas récord.

En este sentido, el principal problema es que, mientras la lucha contra el cambio climático fue una de las prioridades de la agenda internacional durante años, prácticamente el interés por la misma ha desaparecido desde que los conflictos anteriormente mencionados (y el de la Franja de Gaza) han comenzado, dejando en evidencia que los problemas del futuro pueden esperar. 

Intentando abordar esta y otras problemáticas, entre ellas cómo debería ser el accionar de Argentina ante el complicado escenario internacional, El Economista dialogó en exclusiva con Federico Merke, Doctor en Ciencias Sociales, investigador del CONICET y Profesor Asociado de Relaciones Internacionales en la Universidad de San Andrés. 

-Tras un frágil alto el fuego, Estados Unidos ha vuelto a atacar a Irán. ¿Cuál es el verdadero objetivo de Trump? Sea cual sea el resultado final de la guerra, parece muy difícil que logre salir bien parado del conflicto

Trump nunca definió qué significaba ganar. Comenzó por el cambio de régimen, siguió por el programa nuclear y luego por el sistema de misiles. Claramente no logró nada de eso y ahora la atención está puesta en la apertura o cierre del estrecho de Ormuz, al que se suma el estrecho de Bab el-Mandel. 

Creo que su objetivo es salir lo antes posible, pero para eso necesita contar una historia de éxito, que no tiene. Si sale ahora, dilapida capital político. Si se queda, dilapida recursos militares, además del riesgo de perder políticamente. Solamente tiene malas opciones.

-En términos generales, ¿el Estados Unidos Trump apunta a que el mundo quede dividido en esferas de influencia? ¿O es un estado depredador que, simplemente, busca incrementar cada vez más su poder? Su política exterior no parece tener muchos lineamientos claros más allá de que el hemisferio occidental debe estar bajo su tutela por cuestiones de seguridad.


No me convence la idea de esferas de influencia. Creo que Trump está experimentando con una doctrina que renueve el dominio americano en el mundo, no en dividir zonas. Desde que llegó a la presidencia, Trump no se conforma con monetizar servicios de seguridad, relaciones diplomáticas, cooperación tecnológica o acceso a mercados. Sabe que, si presiona demasiado, los gobiernos tienen otras alternativas. Por eso también está elevando los costos a quienes buscan alternativas.

En términos regulatorios, Trump quiere eliminar la competencia, no repartir mercado. De ahí que pueda hacerlo es otra historia. Tanto China como la UE tiene espacio y capacidades para alcanzar mayor margen de autonomía en distintos sectores.

 -En este sentido, y centrándonos ya en la competencia con China, Trump parece ser menos agresivo con Pekín en comparación a la Administración Biden. ¿Cuál cree que es su objetivo? ¿Tarde o temprano la guerra será inevitable o hay alguna forma de asegurar que la competencia se dé de manera pacífica?

Al menos hasta noviembre rige el acuerdo de Busan con China, que evitó la escalada de aranceles a tres dígitos. En septiembre Xi viajará a Estados Unidos, en visita de estado. Creo que con Trump China ha obtenido el reconocimiento de potencia global. Trump se refiere al G2 y eso es música para los oídos de Xi. 

Dicho esto, creo que la estrategia de la Casa Blanca no pasa por la confrontación directa sino por restringir las opciones externas de China presionando a terceros países a reducir su exposición a Beijing. Esto se ve claramente en tecnologías sensibles integradas a la IA o los autos eléctricos.

-Más allá de qué sucede con el rol de Estados Unidos en el mundo, queda en evidencia que el Orden Liberal está en crisis. ¿Qué llevó a esta situación?

Creo que hay dos procesos que se cruzan acá. Por un lado, el ascenso de China genera una nueva discusión acerca del adjetivo "liberal" en el orden global porque China reclama un orden más Westfaliano y de menos intervención en asuntos domésticos, desde la gobernanza política hasta los derechos humanos o las metas ambientales. 

Por otro lado, hay una fractura en el consenso de las elites occidentales acerca de que la apertura y la integración global siguen siendo el mejor camino a la prosperidad. Esto se aprecia principalmente en sectores económicos y políticos vinculados con las manufacturas. 

El desafío actual es que China ya no erosiona manufacturas de bajo valor agregado, esto fue lo que pasó esencialmente durante el shock chino de una década atrás, sino que ahora compite de igual a igual de tecnología, innovación y diseño en sectores de alto valor. 

De ahí que occidente vuelve a instalar la necesidad de proteger industrias, conocimiento o servicios; de reinstalar política industrial y de utilizar instrumentos económicos en la competencia geopolítica. En este sentido, la geopolítica actual no es un fenómeno exógeno a la globalización sino complemente endógeno.

-En sintonía con la pregunta anterior: ¿qué opina sobre la Política Exterior de Javier Milei? Lejos de ver que el mundo está dirigiéndose hacia un nuevo equilibro de poder, el presidente argentino parece creer que aún estamos en alguna especie de momento unipolar y por ello está alineado completamente detrás de Washington

Sí, Milei está apostando todo a su relación con Washington. En segundo lugar, juega a tener un papel en el ecosistema de actores de la derecha global. Al hacer esto, está consumiendo lo que queda del capital diplomático que la Argentina supo desarrollar desde el regreso a la democracia y que fue la base de su inserción multilateral en el G20, las COPs, y otros foros globales. 

Y está erosionando vínculos con socios estratégicos como Brasil, impulsado más por ideología que por intereses. Milei piensa la política exterior como una extensión de sus vínculos personales y por lo tanto su horizonte es el ciclo electoral.

-Teniendo en cuenta que China es el principal socio de la región, ¿qué deben hacer los países de América Latina para mantener buenos vínculos con Pekín sin hacer "enojar" a Estados Unidos? Washington parece tener serias preocupaciones en términos de seguridad en las que no está dispuesto a ceder

El contexto global ya no admite pensar que este desafío pueda resolverse únicamente con cintura diplomática. Argentina necesita construir opciones, diversificar sus socios, distinguir con claridad entre la agenda económica y la agenda de seguridad, y evitar que la relación con China adquiera una dimensión militar o estratégica que pueda generar fricciones innecesarias con Estados Unidos.

El objetivo no es elegir entre una potencia u otra, sino preservar el mayor margen posible de autonomía y de decisión conociendo bien las líneas rojas de un lado y otro.

-En el marco de la candidatura de Rafael Grossi para convertirse en secretario general de las Naciones Unidas, ¿cómo impactaría en nuestro país un hipotético triunfo del diplomático argentino? 

Desde el punto de vista instrumental y bilateral, poco y nada. No hay evidencia de que Guterres haya torcido nada a favor de Portugal. Un secretario general que aparezca capturado por intereses particulares se expone a un riesgo reputacional bien alto y hace peligrar su reelección.

Dicho esto, creo que el rédito sería más simbólico e indirecto. Para la Argentina puede ser un multiplicador de su soft power funcionando como un ancla de marca país, como insumo para narrativas de compromiso global o más atención recibida en otros foros globales. El punto a mirar es cómo haría Milei para que su narrativa anti-ONU encaje con su apoyo a Grossi en caso de que obtenga el cargo.

-En un mundo en donde los conflictos territoriales y la competencia económica y tecnológica parecen ser las nuevas formas de vinculación, ¿queda espacio para seguir impulsando la lucha contra el cambio climático, un tema que, hasta hace poco, era de los más relevantes en la agenda internacional?

La transición energética está avanzando, a pesar de los Trumps y Mileis. Desde el conflicto en Irán, el mundo aceleró su inversión en renovables y la gran ganadora de este proceso es China. Las olas de calor en el norte global, la necesidad de desacoplarse de Rusia y el abaratamiento de los costos de las renovables están impulsando una mayor tomar de conciencia de que el margen para la mitigación es mayor al que teníamos 5 años atrás. 

El problema no es la dirección sino la capacidad fiscal del mundo en desarrollo. En muchos países, la prioridad está puesta en el crecimiento económico. De ahí que es clave pensar la transición como una herramienta central para generar empleo y atraer inversión.