Mariana Lomé sobre el sector social en la Argentina

Mariana Lomé, directora del Posgrado en Dirección y Gestión de Organizaciones Sociales, fue elegida para participar de la columna " La visión de los líderes 2020" del suplemento del Cronista. En la entrevista, la directora relata que depara el 2020 para el sector social en la Argentina. 


El Cronista
La visión de los líderes 2020
Hace unos meses, en un encuentro con un grupo de graduados del posgrado y un querido exprofesor que pasó por Argentina unos días, apareció el concepto que, creo, me da la respuesta para cumplir con la consigna de esta columna. Así que acá estoy, releyendo Leadership on the Line, que se tradujo en castellano como Manual de Supervivencia para Managers, un clásico de Ronald A. Heifetz y Marty Linsky, que desarrollaron el concepto de “liderazgo adaptativo”. Mi tarea es responder cómo me imagino el próximo año para el sector social en la Argentina. Sospecho que las ideas que se agolpan en mi mente no entran en la extensión requerida. Entonces, me pongo en modo Marie Kondo y pienso que menos es más. En un país con 15 millones de personas afectadas por la pobreza, lo que le depara 2020 al sector social es mucho trabajo. Y mucha imaginación. Y mucho liderazgo. Porque lo que también pienso (en esta parte quisiera equivocarme) es que 2020 espera al sector social con pocos recursos, poca valoración de lo que hace, poca visibilidad, pocos lugares en la mesa chica. Nada de esto es nuevo. Pero, obviamente, con esas cifras sobre las espaldas de todos los argentinos y argentinas de buena voluntad, el cambio de década, el nuevo ciclo de gobierno, y la permanencia o empeoramiento de estas cifras, es obvio que algo tenemos que hacer diferente. Y si el sector social quiere contribuir a reducir esa dolorosa realidad, es imperativo que comience por transformarse a sí mismo. Y esto tiene que ver directamente con su capacidad y su modelo de liderazgo. El camino no será fácil en un país donde, paradójicamente, la desconfianza y la esperanza siguen justificando los liderazgos personalistas. Cuando en el posgrado hablamos de este tema, nuestros alumnos se entusiasman con explorar diversos modelos: el liderazgo colaborativo de Peter Senge, el liderazgo colectivo de Sonia Ospina, el liderazgo adaptativo de Heifetz y Linsky. Juntos exploramos esos modelos y soñamos con espacios menos jerárquicos. El liderazgo adaptativo es el ideal para contextos y momentos complejos, en los que las personas y las organizaciones se sienten estancadas y asumen que las capacidades con que contaban hasta ahora ya no alcanzan. Este liderazgo cultiva la mayor cantidad de puntos de vista posible para que surja la mayor cantidad de opciones y caminos a explorar. Y no le teme a darle autonomía e independencia a sus equipos. Debatimos y construimos modelos que se basan en la diversidad, en la multiplicidad de voces, en la capacidad de ver la realidad como un sistema que incluye y no niega sus resistencias. Estudiamos casos de liderazgos que se animan a correr riesgos y a experimentar, y a acompañar esos experimentos con reflexión y aprendizaje. Vemos herramientas que permitan que los destinatarios de la misión de cada una de las organizaciones sean protagonistas, y que sus voces sean escuchadas e interpretadas, no solo oídas. Las clases terminan tarde, en la semana, o avanzan sobre el merecido descanso del fin de semana de esta gente que, en su gran mayoría, cobra sueldos part-time, pero trabaja full-life. Veo a los alumnos salir corriendo, para no perder el último subte entre semana, o para llegar a tiempo para la selfie con el hijito al final del partido de fútbol, el sábado. Y deseo que lo que discutimos con pasión en clase dure lo suficiente para crear en ellos la fuerza que convierta la teoría en la práctica necesaria para construir esos espacios para un liderazgo diferente. El sector social, que también pelea por la agenda ambiental, tiene un 2020 muy duro por delante. Porque, además de todo lo que no puede dejar de hacer, tiene que reinventarse. Y desarrollar nuevas capacidades y visiones, si quiere tener su parte de responsabilidad en que nuestro país empiece a reducir esas cifras escalofriantes. Por si fuera poco, también tiene que encontrarle la vuelta a generar propuestas que inspiren a otros actores –donantes, periodistas, autoridades, personas de a pie– sin los cuales el trabajo de las organizaciones sociales no es posible. En un país donde queremos resultados de corto plazo para problemas que cumplen décadas; en un país donde se pide innovación e impacto, pero no se invierte para generar condiciones para la primera, ni para medir seriamente el segundo, 2020 será, para el sector social, un año de mucho trabajo. 
El Cronista
Martes, Diciembre 10, 2019
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