Buscador UdeSA

Filtrar búsqueda por categorías

Los efectos de mantener patrones irregulares de sueño y alimentación

El cuerpo humano—al igual que el de la mayoría de los organismos vivos—sigue un reloj biológico interno: el sistema circadiano. Este sistema permite adaptar una amplia variedad de funciones fisiológicas y conductuales a los ciclos de luz y oscuridad que genera la rotación terrestre cada 24 horas. Regula procesos como el sueño, la alimentación, la temperatura corporal, y la actividad hormonal, inmunológica y cognitiva. En los mamíferos, está compuesto por un reloj central en el cerebro y múltiples relojes periféricos distribuidos en distintos órganos. Mientras que el reloj central se sincroniza principalmente con la luz ambiental, los relojes periféricos también responden a señales como la alimentación. Cuando se desincroniza el sistema circadiano—como sucede debido al jet lag, el trabajo nocturno o los turnos rotativos—y la ingesta de alimentos ocurre durante la fase destinada al descanso, el sistema recibe señales contradictorias que provocan una desincronización entre sus componentes, con efectos adversos para la salud.

Un trabajo publicado recientemente en Biomedical Journal, a cargo de Laura Lucía Trebucq, investigadora del Laboratorio Interdisciplinario del Tiempo (LITERA) de la Universidad de San Andrés, Manuel Tomás Crespo, Camila Agustina Senna, Guido Hokama, Natalia Paladino, Patricia Verónica Agostino y Juan José Chiesa (Laboratorio de Cronobiología de la Universidad Nacional de Quilmes), analiza el impacto de los patrones irregulares de sueño y alimentación sobre el sistema circadiano. Los investigadores revisan estudios previos realizados en humanos y ratones, y muestran que la disrupción circadiana afecta múltiples sistemas. A nivel metabólico, se asocia con un mayor riesgo de obesidad, síndrome metabólico y diabetes tipo 2, especialmente cuando la mayor parte de la ingesta calórica se realiza durante la noche. También, genera alteraciones en la composición y el ritmo de la microbiota intestinal vinculadas a enfermedades autoinmunes, gastrointestinales y neurodegenerativas. En el plano inmunológico, el equipo de investigación notó que la disrupción circadiana aumenta la susceptibilidad a infecciones y procesos inflamatorios. A nivel cognitivo y anímico, perjudica funciones como la atención, la memoria y la toma de decisiones, y se relaciona con síntomas de ansiedad, anhedonia y depresión, e incrementa el riesgo de desarrollar diversos tipos de cáncer.

Los investigadores identifican que la desincronización del ritmo alimentación-ayuno contribuye directamente a la incidencia de estas enfermedades. Además, Trebucq destaca cómo la falta de sueño también impacta negativamente en tareas cotidianas. “Se sabe que la performance cognitiva disminuye con la privación de sueño: baja la atención y se vuelve más difícil tomar decisiones riesgosas. Sin embargo, muchos sistemas de salud siguen funcionando sobre la base de guardias de 48 horas. Algo similar ocurre en el ámbito educativo. Durante la adolescencia, el sistema circadiano tiende naturalmente a un retraso en los horarios de sueño y actividad. Es decir, muchos adolescentes se sienten más activos durante la noche, lo que se conoce como cronotipo vespertino y cronotipo nocturno. En países donde se han ajustado los horarios de entrada escolar, no solo mejoró el rendimiento académico, sino también el bienestar general de los estudiantes”, reflexiona la investigadora. 

Si te interesa este tipo de contenidos, suscribite a nuestro newsletter mensual.
¡Dejanos tu mail!