La desconfianza como defensa frente a la desinformación

Encontrar contenido perjudicial no implica necesariamente sufrir efectos dañinos. Así como recibir un intento de estafa no equivale a creerlo, el aumento de la desinformación no se traduce automáticamente en consecuencias negativas: para que las haya, el público debe creerla y contribuir a su circulación. Esta idea guía The Patina of Distrust. What People Do with Misinformation, el nuevo libro de Eugenia Mitchelstein, directora del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de San Andrés y codirectora del Centro de Estudios de Medios y Sociedad en Argentina (MESO), Pablo J. Boczkowski, también codirector de MESO y profesor de Northwestern University, María Celeste Wagner, profesora de Rutgers University y graduada de la Licenciatura en Comunicación de UdeSA, y Facundo Suenzo, graduado y profesor de la misma carrera. Publicado por The MIT Press y de acceso libre, el libro examina cómo los argentinos interpretaron y respondieron a las noticias y la desinformación durante las elecciones presidenciales de 2019, en un contexto de alta polarización política y fuerte presencia de redes sociales.
Entre julio y diciembre de 2019, los investigadores llevaron a cabo 70 entrevistas semiestructuradas y, en paralelo, encuestas y experimentos con una muestra representativa a nivel nacional. Encontraron, en primer lugar, una alta capacidad de los ciudadanos para identificar la desinformación en diversos temas. Además, al detectar contenido falso, la mayoría tiende a buscar información adicional, por curiosidad o por preocupación, antes que a compartirlo. Suenzo explica que el temor a afectar vínculos personales o la reputación refuerza la prudencia a la hora de difundir información dudosa. “Distintos estudios documentan que la desinformación existe y circula, pero no qué hacen las personas con ella. En esta investigación propusimos pensar a los ciudadanos como agentes, no como receptores pasivos que simplemente creen y replican información falsa”, agrega Mitchelstein.
La investigación muestra, además, que la desconfianza hacia el entorno informativo, proveniente tanto de fuentes legítimas como ilegítimas, es un rasgo estructural e histórico del vínculo de los argentinos con instituciones percibidas como incapaces de responder satisfactoriamente a sus demandas. Esta actitud opera como un mecanismo de defensa frente a la persistencia de crisis, confrontaciones ideológicas y el bajo desempeño institucional del gobierno, los partidos políticos, las fuerzas de seguridad, el periodismo y los medios de comunicación. “Esa desconfianza genera un nivel extra de vigilancia, exige discernir qué es verdadero y qué no, y muchas veces también desconfiar de las noticias verdaderas”, señala Mitchelstein. El concepto central del libro, la “pátina de desconfianza”, describe precisamente esa capa protectora que, como la que recubre una obra de arte, se forma con el tiempo y amortigua los efectos de la desinformación, pero también los intentos por corregirla. “Experiencias similares pueden observarse en otras poblaciones que no están delimitadas únicamente por las fronteras del Estado-nación, como las personas homosexuales frente a la ciencia durante la epidemia del VIH/sida, las comunidades afrodescendientes ante la policía, o los inmigrantes con las instituciones europeas. En cada caso, las comunidades desarrollan mecanismos propios para navegar contextos institucionales que las desfavorecen, y la desconfianza se convierte en una herramienta para hacerlo”, explica Suenzo.
El libro concluye con una mención a un estudio realizado en 2022 en Argentina junto a la Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública (ESPOP) de la Universidad de San Andrés, que evidencia una caída generalizada en los niveles de confianza institucional, incluso en las organizaciones tradicionalmente más valoradas. Los autores vinculan esta desilusión con la llegada al poder de una figura outsider al gobierno en 2023.