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La creación de una cultura política moderna en una sociedad tradicional

Exactamente un año antes de la Revolución de Mayo de 1810, el 25 de mayo de 1809, en la ciudad de Chuquisaca, entonces territorio del virreinato del Río de la Plata y actual Sucre, Bolivia, comenzó a gestarse la crisis del dominio español en América. Sede de la Audiencia de Charcas—la institución judicial y administrativa de mayor rango en los Andes—, del arzobispado y de la universidad donde se formaron dirigentes revolucionarios como Mariano Moreno y Juan José Castelli, Chuquisaca fue el epicentro del primer estallido independentista. En el libro The Power of Dissent. Urban Political Culture and the Fall of Spanish Rule in Charcas, editado recientemente por Cambridge University Press, Sergio Serulnikov, director del Departamento de Humanidades de la Universidad de San Andrés, sostiene que aquel levantamiento fue consecuencia de una nueva cultura política contestataria que empezó a socavar la legitimidad del régimen español. A partir del análisis de fuentes judiciales, correspondencia oficial, actas del Cabildo y de la universidad, y folletos anónimos, Serulnikov reconstruye cómo emergió una esfera pública en la que distintos sectores de la población comenzaron a pronunciarse contra las autoridades coloniales y a cuestionar el principio de unanimismo, según el cual la voluntad del rey debía ser la de todos.

A diferencia de otros procesos revolucionarios, donde la circulación de nuevas ideas filosóficas desempeñó un papel central, en Chuquisaca, la cultura política de disenso se forjó principalmente a través de prácticas colectivas contestatarias. En el marco de una sociedad tradicional y absolutista, esta nueva cultura adquirió un carácter multifacético, expresándose en ámbitos sociales notablemente diversos. El profesor e investigador de UdeSA registra revueltas populares contra el ejército español, debates universitarios sobre la autonomía de los profesores para elegir a sus autoridades sin intervención de la Iglesia, disputas en el Cabildo por la autodeterminación de sus miembros, y enfrentamientos entre milicias urbanas y el ejército regular. Además, identifica que la crítica al orden colonial provino, muchas veces, desde dentro del propio sistema. En este sentido, recupera la historia del primer intendente de Charcas, designado por la monarquía, quien se alineó con los vecinos contra la burocracia colonial, así como la de un fiscal nombrado por la Corona española que propuso instaurar instituciones representativas en América con mayoría criolla, anticipando la independencia como un desenlace inevitable.

Serulnikov define la conformación de la cultura de disenso como una suerte de “democracia antes de la democracia”, ya que incluso dentro de instituciones corporativas y conservadoras comenzaron a imponerse criterios representativos y la noción de que los ciudadanos tenían derecho a la autodeterminación. Sectores urbanos heterogéneos, con objetivos diversos, confluyeron así en una esfera pública de deliberación sobre asuntos de interés común, erosionando los fundamentos ideológicos del poder absoluto. Como reflexiona el profesor e investigador de UdeSA, “en una sociedad muy tradicional, van emergiendo como brotes verdes ciertas prácticas que uno asociaría, laxamente, con la modernidad política. Finalmente, el régimen colonial se mostró incapaz de controlar el creciente clima de agitación y debate, lo que puso en riesgo tanto la capacidad de los gobernantes para imponer su agenda, como la legitimidad misma del Imperio en América”.

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