Inteligencia artificial en el aula

A tres años del lanzamiento de ChatGPT, se intensifican los debates sobre las fronteras entre lo real, lo falso y lo alucinado, y sobre el rol de la educación frente al borramiento de esos límites. En este contexto, cobran centralidad las preguntas sobre qué enseñar, con qué sentidos y qué experiencias formativas serán valiosas a futuro. “Cuando los estudiantes pueden generar ensayos completos con inteligencia artificial (IA) y las fronteras entre lo original y lo sintético se desvanecen, debemos redefinir los marcos epistemológicos desde los cuales enseñamos”, sostienen Mariana Ferrarelli, profesora de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés, y Carina Lion, de la Universidad de Buenos Aires, en un artículo reciente publicado en la revista Propuesta Educativa.
A partir de sus prácticas docentes y de investigación, así como de una selección de debates públicos en torno a la IA, las investigadoras revisan algunas de las promesas incumplidas asociadas a la IA en el ámbito educativo. La primera es la supuesta personalización del aprendizaje, una narrativa que desconoce la naturaleza colectiva de la educación y deriva en procesos de individualización. “Educar es establecer un fondo común desde la alfabetización inicial, en un espacio en el que necesariamente uno debe relacionarse con otros”, afirma Ferrarelli. Esta idea también cuestiona la promesa de la diversificación de la enseñanza, ya que en las plataformas educativas basadas en IA, las opciones que se presentan como adaptadas al usuario responden a diseños preconfigurados, incapaces de captar dimensiones esenciales del aprendizaje, como las motivaciones intrínsecas, los conocimientos y trayectorias culturales, los contextos familiares o las formas particulares en que cada estudiante construye significado.
El estudio también examina qué habilidades, tareas y evaluaciones son plausibles de delegar a la IA. Las especialistas en Educación destacan que la IA generativa puede contribuir efectivamente a la diversificación de prácticas pedagógicas, mediante la creación de múltiples versiones de una consigna adaptadas a distintos niveles de comprensión y estilos de aprendizaje. Además, facilita la generación de materiales didácticos en diversos formatos y adaptados a variados contextos, desde textos explicativos hasta actividades interactivas que contemplen los intereses, culturas y conocimientos previos del estudiantado, y la presentación de múltiples perspectivas sobre un tema que amplíen su horizonte conceptual. En Matemática, por ejemplo, la tecnología puede traducir problemas abstractos en situaciones cotidianas—compras en el mercado, planificación de viajes o administración de un pequeño emprendimiento—facilitando conexiones significativas entre teoría y experiencia.
Lejos de concebir la IA como un simple atajo para “ahorrar tiempo”, las investigadoras subrayan su potencial para ampliar comprensiones. La IA puede introducir puntos de vista inesperados, nutridos por su capacidad de procesamiento, y así enriquecer el trabajo intelectual sin sustituirlo. El desafío, concluyen, es identificar estos usos todavía poco visibles para orientar la integración de la IA hacia la expansión del pensamiento. “Persiste un fuerte prejuicio según el cual estudiante + IA = trampa. Más allá de los debates sobre plagio, esta concepción impide reconocer usos pedagógicos potentes que ya están emergiendo y que pueden abrir nuevas formas de pensar, explorar y crear”, señala Ferrarelli.