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Entre tradiciones: la literatura comparada latinoamericana

Un análisis de obras canónicas revela cómo la literatura regional se pensó en relación con diferentes “otros”.

En Argentina y la mayoría de los países latinoamericanos, los estudios literarios, incluso la enseñanza universitaria de Literatura, han estado históricamente atravesados por una lógica comparativa. La literatura comparada, nacida en Europa, se centró en comparar la literatura producida en las grandes lenguas nacionales, como el alemán o el francés, y tendió a ignorar o subordinar otras tradiciones al canon occidental. En este contexto, los estudios literarios en América Latina se desarrollaron bajo una idea de continuidad con las tradiciones europeas, en lugar de establecerse a partir de estructuras diferenciadas por lenguas o tradiciones propias.

Florencia Garramuño, profesora e investigadora del Departamento de Humanidades de la Universidad de San Andrés, señala que, desde el siglo XIX, la literatura latinoamericana dialogó constantemente con sus “literaturas madres”, en particular la española y la portuguesa. Esta comparación puede leerse como una consecuencia directa del legado colonial. Incluso, después de las independencias nacionales, la relación con Europa continuó marcando las formas de concebir lo literario. En “Formación de la literatura brasileña” de 1959, el crítico brasileño Antonio Candido postuló que “nuestra literatura es una rama secundaria de la literatura portuguesa”. De manera similar, en “Una modernidad periférica”, de 1988, la ensayista argentina Beatriz Sarlo reflexionó sobre una modernidad argentina construida a partir del contraste con un modelo original europeo.

Este énfasis en las influencias europeas implicó, durante mucho tiempo, el desconocimiento de las culturas indígenas, las tradiciones populares y, en varios países, la herencia africana. En un artículo reciente publicado en Gragoatá, Garramuño analiza obras canónicas latinoamericanas del siglo XX y XXI para mostrar cómo distintas generaciones de autores pensaron la literatura regional en relación con diferentes “otros”. Así, traza un desplazamiento en la noción de comparatismo: de una primera etapa orientada a definir una identidad latinoamericana en oposición a una Europa considerada jerárquicamente superior, hacia una segunda fase en la que se cuestiona esa centralidad y se reconfigura la comparación literaria desde dentro de América Latina. 

La investigadora de UdeSA retoma la noción de “entrelugar” del escritor brasileño Silviano Santiago para explicar cómo el discurso literario latinoamericano fue desarmando los ideales de pureza y originalidad asociados a la tradición europea. En este contexto, observa que se multiplicaron los estudios literarios que exploran conexiones transpacíficas y transatlánticas, que articulan las culturas latinoamericanas con tradiciones africanas y asiáticas, y que combinan elementos de las culturas dominantes con expresiones culturales rurales y populares. 

Según Garramuño, al diversificar las narrativas históricas de la región y recuperar saberes y prácticas ancestrales, artistas y escritores contemporáneos desafían los marcos tradicionales de la literatura comparada. “Este giro permite pensar las literaturas del mundo más allá de una lógica binaria. Revelar la hibridez de todas las literaturas y perseguir la presencia de la “otra” u “otras” literaturas en una o varias literaturas me parece una tarea importante para una crítica literaria comparatista y latinoamericanista”, reflexiona.

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