Elecciones en Estados Unidos y Brasil: el doble riesgo que puede dejar a Milei más aislado
Trump enfrenta una elección que podría limitar su poder y el bolsonarismo llega debilitado a las urnas. En un contexto de deterioro interno, como muestra el estudio de UdeSA de julio, un doble revés internacional podría debilitar el respaldo a Milei.

Javier Milei convirtió su relación con Donald Trump y Jair Bolsonaro en algo más que una afinidad personal: construyó alrededor de ambos una estrategia internacional, una identidad política y una narrativa según la cual la Argentina formaría parte de una nueva derecha global destinada a reemplazar a las fuerzas tradicionales. Sin embargo, esa arquitectura será sometida a prueba en las urnas. Estados Unidos renovará su Congreso en noviembre y Brasil elegirá presidente en octubre. Jair Bolsonaro no será candidato: cumple una condena de 27 años por el intento de golpe posterior a las elecciones de 2022 y delegó la representación electoral de su movimiento en su hijo, el senador Flávio Bolsonaro.
Trump no arriesga la presidencia en las elecciones de medio término, pero sí puede perder una parte decisiva de su poder. El pronóstico actualizado de VoteHub asigna a los demócratas un 78% de posibilidades de controlar la Cámara de Representantes, mientras concede a los republicanos alrededor de un 52% de probabilidades de conservar el Senado. La situación en la Cámara alta sigue abierta: los republicanos poseen 53 bancas y los demócratas, contando a los independientes que votan con ellos, 47; por lo tanto, la oposición necesita obtener cuatro escaños netos para alcanzar la mayoría. Una Cámara de Representantes demócrata podría bloquear iniciativas, controlar el presupuesto, abrir investigaciones y convertir los últimos dos años del mandato de Trump en una larga pulseada institucional.
Aunque figuras como Alexandria Ocasio-Cortez expresan la movilización del ala progresista, el crecimiento demócrata no parece apoyarse solamente en una reacción ideológica. El principal motor es económico: una encuesta Reuters/Ipsos ubicó la aprobación general de Trump en apenas 35%, mientras el 70% desaprueba su gestión de la inflación y del costo de vida. Además, el 48% de los estadounidenses considera que el costo de vida será el factor principal de su voto y los demócratas aventajan por ocho puntos a los republicanos como el partido más confiable para atender ese problema. En la intención de voto legislativa nacional, los demócratas alcanzan el 42% contra el 37% republicano. La pesadilla de Trump, por lo tanto, no nace únicamente del progresismo: nace del bolsillo de los trabajadores y de una mayoría que no percibe mejoras concretas.
El mapa estatal confirma las señales de alarma. En Carolina del Norte, donde está en juego una banca actualmente republicana, el promedio de RealClearPolling coloca al demócrata Roy Cooper con 50,2% frente al 42,6% de Michael Whatley, una ventaja de 7,6 puntos. Texas, durante décadas una fortaleza conservadora, aparece convertido en una elección competitiva: el promedio ubica a James Talarico 1,6 puntos por encima de Ken Paxton, el candidato respaldado por Trump, y sondeos recientes llegaron a mostrar ventajas demócratas de entre dos y cuatro puntos. En Carolina del Sur, la muerte del senador Lindsey Graham obligó a organizar una primaria republicana extraordinaria y la presencia de candidaturas libertarias e independientes agrega fragmentación a una elección que habitualmente sería considerada segura. Ninguno de estos datos garantiza una mayoría demócrata en el Senado, pero muestran que la marca Trump comienza a perder capacidad de ordenar incluso territorios conservadores.
Para Milei, una derrota republicana tendría consecuencias políticas, aunque no automáticas. Trump seguiría controlando la política exterior del Ejecutivo estadounidense, pero perdería capacidad legislativa, presupuestaria y simbólica. Cada acuerdo comercial, concesión económica o asistencia extraordinaria a un gobierno aliado quedaría sometido a mayor discusión y fiscalización. La Casa Rosada pasaría de relacionarse con un presidente respaldado por todo el Congreso a hacerlo con un mandatario obligado a defenderse internamente. Milei utilizó su cercanía con Trump como prueba de influencia internacional; si el republicano queda limitado por una Cámara demócrata, ese capital político externo perderá valor y la Argentina tendrá menor margen para presentarse como socio privilegiado de Washington.
El frente brasileño es todavía más sensible. La última encuesta BTG/Nexus coloca a Lula da Silva con 40% y a Flávio Bolsonaro con 35% en primera vuelta; en un eventual balotaje, Lula obtiene 47% contra 44%, una diferencia que todavía constituye un empate técnico. Flávio, además, no consiguió reunir detrás de su candidatura a los principales partidos del centro y enfrenta el costo político de su estrecha relación con Trump: dirigentes empresariales y votantes brasileños lo responsabilizan parcialmente por los nuevos aranceles estadounidenses, de hasta 37,5% sobre algunas exportaciones de Brasil. Una victoria de Lula dejaría a Milei enfrentado durante otros cuatro años con el principal gobierno de Sudamérica, después de que Brasil ya redujera su representación diplomática en Buenos Aires por los ataques del presidente argentino contra su par brasileño.
Esa tensión no es solamente diplomática. Brasil representó durante 2025 el 14,7% de las exportaciones argentinas y el 24,3% de las importaciones, convirtiéndose en el principal destino de las ventas nacionales y el mayor origen de las compras externas. La industria automotriz, las manufacturas, las cadenas de proveedores y el funcionamiento del Mercosur dependen de una relación previsible entre Buenos Aires y Brasilia. Si Flávio Bolsonaro pierde y Milei mantiene una confrontación personal con Lula, el problema podría trasladarse a inversiones, empleo industrial, coordinación comercial y capacidad negociadora. La ideología puede ordenar discursos; no reemplaza la necesidad de comerciar con el vecino más importante.
El deterioro interno vuelve más riesgoso ese eventual aislamiento. La medición de julio de la Universidad de San Andrés ubicó la aprobación del Gobierno en 34% y la desaprobación en 62%; además, el 68% declaró estar insatisfecho con la marcha del país y la imagen positiva de Milei descendió al 33%. La misma encuesta mostró que las preocupaciones principales son la falta de trabajo y la corrupción, ambas con 38%, seguidas por los bajos salarios, con 35%. A su vez, el Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella cayó 6,5% en julio, retrocedió 21% interanual y acumula una contracción del 21,5% desde fines de 2025. No todas las encuestas describen una caída perfectamente lineal, pero las últimas mediciones coinciden en que Milei tiene menos reserva política para absorber malas noticias.
Una derrota de Trump en el Congreso y otra del bolsonarismo en Brasil no definirían por sí solas el futuro electoral argentino. Los ciudadanos votarán principalmente según salarios, empleo, inflación, actividad económica y capacidad del Gobierno para mejorar la vida cotidiana. Pero un doble revés modificaría el escenario: Milei perdería a Trump como aliado con poder legislativo pleno, continuaría enfrentado con Lula, vería debilitada la derecha regional y debería demostrar que su proyecto posee fortaleza propia. La pregunta política será inevitable: ¿podrá el Presidente moderarse, reconstruir relaciones y ofrecer resultados internos, o responderá al aislamiento profundizando una confrontación ideológica que ya no garantiza victorias? Si Trump pierde el Congreso y Lula derrota al bolsonarismo, la Argentina descubrirá cuánto del poder de Milei era propio y cuánto dependía de respaldos prestados.