El peso del entorno en el envejecimiento cerebral

El entorno en el que viven las personas, tanto en sus dimensiones ambientales y sociales, desempeña un papel determinante en el envejecimiento cerebral. La contaminación del aire, la calidad del agua y del suelo, el cambio climático, la desigualdad socioeconómica, las disparidades de género y el contexto sociopolítico, entre otras variables, configuran un entramado de influencias que afectan la salud del cerebro a lo largo de la vida. Sin embargo, gran parte de la investigación científica ha tendido a examinar estos elementos de forma aislada, sin captar la simultaneidad de exposiciones que caracteriza la experiencia cotidiana.
En un artículo publicado recientemente en Nature Medicine, Agustina Legaz, Sebastián Moguilner, Catherina Dhooge, Adolfo M. García, Indira García-Cordero, María Eugenia Godoy, Cecilia González Campo, Marcelo Adrián Maito, Agustín Ibáñez y Sol Fittipaldi, investigadores del Centro de Neurociencias Cognitivas (CNC) de la Universidad de San Andrés, y un equipo internacional de investigadores, analizan cómo la interacción acumulativa de estos factores impacta en el envejecimiento cerebral. Para abordarlo examinaron el efecto de 33 variables ambientales y 40 sociales en 18.701 participantes de 34 países de África, América Latina, América del Norte, Asia, Europa y Oceanía, incluyendo tanto a individuos sanos como a personas con enfermedad de Alzheimer, degeneración lobar frontotemporal y deterioro cognitivo leve. El envejecimiento cerebral se estimó a partir de la diferencia entre la edad cronológica de los participantes y la edad biológica de su cerebro. Esta última fue inferida mediante datos de neuroimágenes y electroencefalografía, lo que permite establecer si el cerebro envejece a un ritmo mayor o menor al esperado.
El estudio muestra que el entorno influye en el envejecimiento cerebral principalmente a través de interacciones sinérgicas: la combinación de factores ambientales y sociales tiene un poder explicativo hasta 15,5 veces mayor que el análisis de estas mismas variables de manera individual. Por ejemplo, la desigualdad socioeconómica y la contaminación del aire pueden combinarse con un acceso limitado a la atención sanitaria, incrementando el riesgo de demencia, mientras que la inestabilidad política, en interacción con enfermedades cardiovasculares, puede acelerar el envejecimiento cerebral. Asimismo, los investigadores identificaron patrones diferenciados en el tipo de efectos que producen. El exposoma físico, que engloba los efectos acumulativos de diversas exposiciones ambientales que influyen en la salud, se asocia con cambios estructurales, como la reducción del volumen de materia gris. El exposoma social, que refiere al conjunto acumulativo de condiciones y experiencias sociales a las que una persona está expuesta, se vincula con alteraciones funcionales en la conectividad cerebral, posiblemente mediadas por mecanismos de estrés crónico y acumulativo. Por último, destacan que la carga total de las exposiciones negativas a lo largo de la vida cotidiana puede aumentar entre tres y nueve veces más el riesgo de envejecimiento cerebral acelerado, en comparación con su ausencia. Este riesgo es incluso mayor que el otorgado por las enfermedades neurodegenerativas en sí mismas. Esto sugiere que el contexto ambiental y social no solo acompaña, sino que en muchos casos supera el impacto de las condiciones clínicas tradicionales.
“Habitualmente, las recomendaciones en la consulta neurológica se centran en el estilo de vida individual: hacer más ejercicio, mantener la estimulación cognitiva y cuidar la dieta. Si bien estos lineamientos son importantes, existe una dimensión más amplia, de carácter social y ambiental, que también influye y debe ser considerada. En este sentido, es necesario poner mayor foco en políticas públicas orientadas a mejorar la calidad del ambiente y a fortalecer las instituciones democráticas, para promover la salud cerebral de la población más allá de las estrategias de prevención individuales”, concluye Legaz.