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El desafío de llevar computadoras a las aulas

Nuevo estudio comparado analiza programas de inclusión tecnológica en América Latina y sus dificultades para sostenerse.

Computadoras-aula

La tecnología adquirió un papel cada vez más importante en las escuelas. Las computadoras comenzaron a utilizarse en las aulas como herramientas para enseñar y aprender. En el Norte Global, la incorporación de tecnología en las escuelas se dio de forma más orgánica, mientras que en Latinoamérica fue necesario crear proyectos pedagógicos para facilitar esta transición. En las últimas décadas, distintos gobiernos impulsaron programas destinados a ampliar el acceso a herramientas digitales y transformar la educación. Sin embargo, distribuir computadoras entre estudiantes y docentes es solo una parte del desafío: poner en marcha estas iniciativas implica enfrentar obstáculos que pueden limitar su alcance y continuidad. 

Alejandro Artopoulos, profesor-investigador de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés, Jimena Huarte, profesora de la misma institución, y Jason Beech, investigador de la Universidad de Melbourne, estudian la incorporación de tecnología en las aulas en América Latina. Su estudio, publicado en The Palgrave Handbook of Science and Technology Studies in Education, analiza tres grandes proyectos de inclusión digital que tuvieron impacto tanto a nivel nacional como internacional: “Conectar Igualdad” en Argentina (2010 - 2015), “Una Computadora por Niño” en Perú (2007 - 2013) y el “Plan Ceibal” en Uruguay (2007 - actualidad). Las iniciativas fueron inspiradas por One Laptop per Child (OLPC), el proyecto de Nicholas Negroponte, fundador del MIT Media Lab, que impulsó la creación de la computadora educativa XO y sirvió de modelo para otros dispositivos con fines pedagógicos.

Entre los casos analizados, el Plan Ceibal es el único que logró sostenerse hasta el día de hoy. Según los investigadores, su continuidad se debe a la voluntad política, ya que todos los partidos han estado de acuerdo en incorporar la iniciativa pero, sobre todo, a la estabilidad económica, es decir, a la capacidad del Estado para financiar el proyecto a lo largo del tiempo. En cuanto a los objetivos del programa uruguayo, Artopoulos señala que el Plan Ceibal mejoró algunas condiciones de aprendizaje, pero no resolvió los principales problemas del sistema educativo. Sin embargo, destaca su capacidad para adaptarse y encontrar nuevas formas de influir en la política educativa: “no tuvo los efectos virtuosos que se esperaba tuvieran cuando fueron concebidos, pero sí generó capacidades en el sistema educativo que luego probaron ser fundamentales”.

Si bien “Conectar Igualdad” también tuvo un acuerdo interpartidario, “lo que mató al programa argentino fue fundamentalmente la sustentabilidad económica”, en palabras de Artopoulos. La iniciativa buscaba ofrecer netbooks a un costo de US$350, pero el precio llegó a superar los US$600. A su vez, el proyecto “Una Computadora por Niño” de Perú inicialmente entregó una computadora cada diez alumnos, muy por debajo de su objetivo inicial. Además de las limitaciones presupuestarias, el programa peruano fue perdiendo apoyo político hasta desestabilizarse. Los autores destacan que, excepto Uruguay, los casos analizados no lograron desarrollar las capacidades mínimas necesarias para gestionar sistemas educativos basados en plataformas digitales.

“Con la tecnología no alcanza, pero sin la tecnología tampoco se puede”, agrega Artopoulos. Según los autores, la conectividad de las aulas fue uno de los factores que incidieron en la continuidad de estas iniciativas. Tanto en Argentina como en Perú, destacan problemas de conexión, mientras que en Uruguay señalan que la empresa estatal de telecomunicaciones garantizó conectividad de alta velocidad. Los investigadores concluyen que la continuidad de los programas estudiados depende no solo de su sustentabilidad política y económica, sino también de su capacidad de reconfigurarse frente a los cambios tecnológicos y los desafíos educativos: desde la expansión de internet y el impacto de la pandemia hasta los desafíos actuales que plantea la inteligencia artificial. Para el profesor de UdeSA, “las tecnologías pueden cambiar pero el fin de la educación permanece inalterable, la educación es que las nuevas generaciones se pongan a pensar en sus propios proyectos”.

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