“Diseñar el futuro: la mirada de Tiago Aragona sobre arte, tecnología e inteligencia artificial”
Tiago Aragona, graduado de la camada 30 de la carrera de Diseño en la Universidad de San Andrés, con una Maestría en Diseño y Tecnología en The New School Parsons (Nueva York, EE. UU.), y actualmente Creative Technologist en Google vía Magnit.
Su práctica combina arte, diseño y tecnología para explorar cómo la inteligencia artificial puede transformarse en un lenguaje artístico y crítico. A través de instalaciones inmersivas, narrativas generativas y experimentación con datos e imagen, investiga las tensiones entre humanidad y automatización, invitando a repensar nuestra relación con lo digital, lo material y lo cultural.

Tu trabajo mezcla inteligencia artificial y arte. ¿Cómo hacés para mantener lo humano dentro de procesos tecnológicos tan automatizados?
Creo que la inteligencia artificial es un nuevo lienzo para la creación, un material que todavía estamos aprendiendo a moldear. Lo humano aparece cuando el creador interviene sobre ese material con intención, sensibilidad y mirada crítica. No me interesa usar los resultados automáticos de un modelo, sino entenderlos, cuestionarlos y transformarlos en algo que tenga sentido dentro de un contexto cultural.
A lo largo de mi carrera me guio una pregunta constante: ¿cómo podemos hacer que la inteligencia artificial sea verdaderamente nuestra, que represente nuestras culturas, nuestras formas de pensar, nuestras identidades, lo que vemos a nuestro alrededor? Cuando aceptamos sin cuestionar los modelos predeterminados, también estamos adoptando los sesgos y las miradas que los datos que los entrenaron. Y en la mayoría de los casos, esos modelos fueron entrenados con datos del norte global, con imágenes y narrativas que no siempre nos incluyen.
Por eso trabajo con mis propios conjuntos de datos, con imágenes y materiales que yo mismo capturo. Entreno modelos que parten de lo que me rodea, de mis experiencias, de mis paisajes. En Artificial Us (Proyecto en conjunto con el artista chileno Matias Piña), por ejemplo, usamos fotografías del desierto de Atacama, del norte argentino, de ciudades de Chile y Argentina, de amigos, familia y espacios propios para construir modelos que pudieran reflejar esos escenarios con sus matices reales, con sus colores y su textura. No se trata solo de usar la tecnología, sino de volverla un espejo que también nos devuelva nuestra propia imagen.
La inteligencia artificial no reemplaza lo humano: lo reconfigura. Nos obliga a pensar qué significa crear, qué significa tener una mirada propia, qué lugar ocupa la sensibilidad en un mundo desdibujado por los datos que predominan.
Sos argentino, pero hoy trabajás desde Nueva York con un enfoque muy global. ¿Cómo influye tu identidad en tu forma de crear y pensar la tecnología?
Ser latinoamericano dentro de la industria tecnológica global es una posición particular, ademas de privilegiada. Traigo conmigo una forma de mirar y de resolver que viene de la cultura del ingenio, de la adaptación y de la creatividad ante la escasez. En Argentina, muchas veces la innovación viene de la necesidad y esa mentalidad me acompaña incluso en contextos tan globales como el de una gran empresa tecnológica.
Mi identidad no es algo que deje cuando me subí al avión que me trajo a Estados Unidos: es el punto desde el cual observo y pienso el mundo. Me interesa traer a mis proyectos esa mezcla de ironía, contradicción y sensibilidad que caracteriza a nuestra cultura. Trabajo con temas que tienen que ver con la identidad latinoamericana, con la desigualdad tecnológica y con la representación cultural. Artificial Us, por ejemplo, reflexiona sobre cómo los recursos que sostienen la inteligencia artificial (como el litio o el cobre extraídos del Cono Sur) viajan miles de kilómetros para alimentar infraestructuras de datos en otros países, mientras las comunidades locales quedan invisibilizadas.
Desde San Francisco miro todo eso con una doble perspectiva: la de quien participa en el desarrollo tecnológico y, al mismo tiempo, la de quien entiende las asimetrías que lo hacen posible. Creo que mi papel es armar puentes, mostrar que la tecnología también puede hablar en plural, y que no hay progreso verdadero si las historias, las caras, los lugares y las culturas que lo hacen posible quedan fuera del relato.
¿Qué desafíos encontrás al trabajar en el cruce entre tecnología, cultura y representación?
El principal desafío es mantener una mirada crítica frente al poder de fascinación que ejerce la tecnología, o como decimos aca, con el proximo “shiny object”. Vivimos en un momento en el que lo nuevo deslumbra, se adopta rápido, pero no siempre se cuestiona. Muchos sistemas de inteligencia artificial se alimentan de datos desiguales, de representaciones parciales, de imaginarios coloniales. Eso termina generando una especie de mirada única sobre el mundo, una homogeneización que borra las particularidades culturales de manera selectiva.
Me preocupa que, si no intervenimos, terminemos aceptando que las imágenes generadas por una máquina definan cómo son los paisajes, las personas o las costumbres de regiones como las nuestras. Por eso considero que la representación cultural es un deber. El arte y el diseño tienen que actuar como metodo para hacer visibles esas tensiones, para exponer las estructuras que normalmente se esconden detrás de los algoritmos.
En mi trabajo como artista intento proponer estrategias de “reapropiación” tecnológica. Desde la creación de bases de datos propias hasta el desarrollo de modelos locales y comunitarios, o la instalación de obras que inviten al espectador a experimentar físicamente los efectos de la automatización. Creo que el arte tiene un rol político en este sentido: puede abrir espacios de reflexión donde la tecnología se piense no solo como herramienta de productividad, sino también como instrumento de memoria y de identidad.
¿Cómo fue tu paso por UdeSA y cómo te llevó a explorar un camino tan interdisciplinario entre diseño, arte y tecnología?
Mi paso por la Universidad de San Andrés fue una experiencia que marco mi práctica profesional. Fui parte de los primeros estudiantes de la carrera de Diseño, en un momento en que el programa todavía estaba definiendo su identidad. Esa situación de incertidumbre era, en realidad, una enorme oportunidad: nos obligaba a pensar qué queríamos que fuera el diseño, cuál debía ser su papel en la sociedad.
UdeSA me dio algo fundamental: una forma de pensar en sistemas, de entenderlos, y de actuar en ellos. Aprendí que diseñar no es solo hacer objetos o interfaces, sino comprender contextos, relaciones, impactos. Fue la primera vez que uní el pensamiento crítico con la experimentación técnica. En la universidad aprendí a soldar cables, a investigar con métodos etnográficos, a observar cómo las personas se relacionan con los artefactos que las rodean. Esa mezcla de teoría y práctica marcó el camino hacia lo que hago hoy.
Esa formación transdisciplinaria me enseñó a moverme con naturalidad entre disciplinas. Creo que esa capacidad de conectar mundos distintos es una de las mejores habilidades que me lleve de UdeSA y que sigo usando en mi practica hoy.
¿Cómo nacen tus proyectos? ¿Parten de una idea conceptual o de una exploración técnica?
Depende, pero casi siempre hay un punto de encuentro entre ambas cosas. A veces el impulso nace de una observación muy simple: una máquina en la calle, una conversación, un experimento. Time Machines, por ejemplo, nació mientras caminaba por Nueva York y notaba la cantidad de dispositivos urbanos (cajeros, puestos de diarios, ATMs, etc) que se repetían en la ciudad y que eran algo que no veía en el día a día en Buenos Aires. Me intrigó su presencia silenciosa, cómo convivían lo obsoleto y lo moderno, y como dualidades políticas e ideológicas compartían espacio. Empecé a fotografiarlos sin un objetivo claro y, con el tiempo, ese registro se convirtió en una instalación que explora la memoria tecnológica de la ciudad.
En otros casos, el proceso técnico dispara la reflexión. Una nueva herramienta, una librería de código, un modelo de IA o incluso un error pueden abrirme la puerta a una idea. En los proyectos de museo o en colaboraciones con equipos más grandes, el proceso es más estructurado: hay que definir objetivos, pensar en la experiencia del público, prototipar, testear. Pero en mi práctica personal el camino es más intuitivo: dejo que la exploración me guíe, que la obra se construya a medida que la entiendo.
Lo importante para mí es que el resultado no sea solo estético, sino también reflexivo. Que la tecnología no sea el fin, sino el medio para hablar de algo más profundo.
¿Qué habilidades o perspectivas creés que van a ser clave en el futuro del diseño y la tecnología?
Creo que el futuro del diseño va a exigir una combinación de pensamiento estratégico, sensibilidad cultural y conocimiento técnico. El diseñador del futuro no va a ser solo quien domina una herramienta, sino el que comprenda los sistemas en los que su trabajo opera.
También veo una tendencia hacia la hibridación. Las fronteras entre disciplinas se desdibujan: el diseñador es programador, el programador es narrador, el artista es investigador. En ese cruce aparecen las propuestas más interesantes.
Por otro lado, creo que habrá un retorno al oficio, a lo manual, pero potenciado por lo digital. La tecnología puede ayudarnos a expandir la capacidad expresiva del hacer. La creatividad no va a desaparecer, sino que va a mutar. Quien se adapte, aprenda y mire más allá de la herramienta va a ser quien marque el rumbo.
Si tuvieras que imaginar “el diseñador del futuro”, ¿cómo sería?
Imagino a un diseñador con una mirada amplia, capaz de moverse entre el arte, los sistemas y la cultura. Alguien que combine pensamiento crítico con empatía y que no se limite a embellecer lo existente, sino que proponga nuevas formas de relación entre las personas, entre las personas con la tecnología, y entre las personas y los objetos que nos rodea.
El diseñador del futuro va a ser un traductor. Alguien que pueda transformar datos en experiencias humanas, sistemas complejos en accesibles. Va a ser también quien reflexione sobre la ética y la cultura, quien sea consciente de que cada decisión de diseño tiene consecuencias.
No creo que el futuro del diseño esté en seguir tendencias o producir más, sino en crear con conciencia. Diseñar será un acto de responsabilidad social y cultural, y al mismo tiempo, un método para visibilizar lo invisible.
Y para cerrar, ¿qué consejo le darías a alguien que está arrancando en su camino profesional?
Les diría que se mantengan en movimiento y vigentes. Que vayan a exposiciones, a conferencias, a charlas. Rodéense de personas curiosas. Que no esperen a tenerlo todo claro para empezar, porque el aprendizaje ocurre en el camino.
También les diría que no le tengan miedo al error. Cada proyecto que no funciona deja un aprendizaje para el próximo proyecto. La creatividad se entrena igual que un músculo: necesita práctica, constancia y apertura.
Por último, pero por supuesto no menos importante, construyan comunidad. En mi experiencia, los mejores proyectos y oportunidades surgen de las conversaciones, de los vínculos, de la generosidad compartida. No se trata de competir, sino de crecer colectivamente. Si logran eso, el resto llega solo.