Debate: Brasil, en territorio desconocido


Por Federico Merke

Clarin

 

El ultraderechista Bolsonaro se medirá con Haddad, el 28 de octubre. El candidato del partido de Lula, tendrá el desafío de movilizar a quienes no lo han votado. 

 

Al triunfar en la primera vuelta con 46 puntos, es muy probable que Jair Bolsonaro sea consagrado el 28 de octubre como próximo presidente de Brasil. Fernando Haddad, quien quedó en segundo lugar con 29 puntos, tiene el desafío de movilizar a quienes no han salido a votar, a quienes votaron en blanco y a quienes votaron a Ciro Gomes para convencerlos de que el 28 de octubre la opción es entre fascismo y democracia.

Que estas sean las alternativas de una de las mayores democracias del mundo en desarrollo revelan la profundidad de un deterioro político y social que llegó para quedarse y que la Argentina deberá seguir bien de cerca para mitigar su impacto.

 

Este deterioro es el resultado de, al menos, tres factores. El primero es económico y apunta a la recesión por la que atravesó Brasil entre 2014 y 2016 (la primera vez que el PBI cayó dos años consecutivos desde 1931) y que terminó con 12 millones de desocupados. El segundo factor es social y se vincula con el incremento de la violencia y los homicidios que colocan a Brasil como uno de los países más inseguros del mundo. El tercer elemento es fundamentalmente político y, probablemente, el más importante de los tres.

Tiene que ver con los escándalos de corrupción destapados por el Lava Jato que revelaron un mecanismo de saqueo sistemático de fondos públicos destinado a hacer funcionar la política. Estos tres elementos combinados crearon el clima político ideal para cavar una zanja entre elites y sociedad. Y habilitaron, para un sector de la sociedad, el retorno a una mirada clasista y racista de la política que Brasil parecía haber enterrado tiempo atrás.

El domingo quedó claro que el rechazo a la política tradicional es una función del nivel de ingresos y educación de los votantes. Por otro lado, la imagen de un Lula preso, buscando manejar las internas del PT y sin ánimos de acordar un frente más amplio de izquierda, no hizo más que enfurecer a sectores moderados que vieron en el PT una enorme incapacidad para hacer una autocrítica y reconstruir una narrativa que articule nuevas propuestas contra la corrupción, el desempleo y la inseguridad.

El descentramiento de la política fue abriendo paso a un ex militar que con gestos ampulosos y un hablar beligerante fue construyendo su edificio electoral en tres pisos. El primero, el más sólido, compuesto por agricultores prósperos del sur, militares en actividad y retirados y evangelistas pentecostales. El segundo, más táctico, se conformó por una clase media y alta que canalizó su bronca con toda la elite política en el apoyo a Bolsonaro, como si éste fuera un outsider del sistema político. Y el tercer piso se basó en el apoyo del mundo corporativo, de las finanzas y de los medios afines a estas que apuesta no tanto por Bolsonaro sino por Paulo Guedes, su gurú económico que sueña con un Brasil más liberal.

 

 

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Jueves, Octubre 11, 2018