
“Tamara Kamenszain, que fue mi maestra, siempre decía que la poesía ayuda mucho a transitar los duelos porque puede decir cosas sobre el dolor que uno no podría decir de otra manera. Esta idea es un poco la premisa de la obra, parecido a lo que pensaba Piglia. El decía que la literatura tiene mucho para enseñarnos sobre la vida”, comenta Cynthia Edul. La autora y directora se refiere así al corazón de su nueva pieza, Estos pequeños libros que quedan, que acaba de estrenar en Arthaus con las actuaciones de Mónica Raiola, Agustina Muñoz e Ignacio Sánchez Mestre en el marco de Paraíso Club, la pujante comunidad de socios que financia y produce obras de teatro, danza y performance.
El espectáculo lleva a escena “una situación bizarra” que le sucedió a ella: la pérdida de algo muy importante en su propia biblioteca. Su madre empezó a visitarla todos los domingos para ayudarla a desarmar los estantes y encontrar el objeto en cuestión, mientras esa infinidad de libros iba tomando otra forma con la intervención de las dos mujeres. “Un día, María La Greca, la productora de Paraíso, viene a casa y ve la biblioteca totalmente llena de papeles con cintas scotch pegadas en los libros con datos. Le cuento lo que me estaba pasando y me dice: ‘Es un lindo cuento’. Le contesto: ‘Es una linda obra de teatro’. Yo veía la situación como algo más vivo, más teatral, por lo vincular, la relación de la madre y la hija y la potencia de los libros en escena. Ver a los actores hacer cosas con los libros es extraordinario”, señala la creadora.
Esa imagen quedó flotando pero comenzó a aparecer una y otra vez en su mente como un fantasma inquietante. Decidió ponerse a escribir y sumarle un condimento fantástico: la biblioteca sería un personaje más -interpretado por Sánchez Mestre- que habla y dice textos de autores de la literatura universal, desde clásicos hasta contemporáneos.
-¿Cómo fue el proceso creativo?
-Enseguida me di cuenta que la biblioteca tenía que ser un personaje, el tercero, además de la madre y la hija que están atravesando un duelo muy difícil mientras buscan ese objeto valioso. Ellas no perciben a la biblioteca pero algo de información van recibiendo de ella. Trabajé mucho a partir de autores como Cervantes, Borges, Shakespeare, que abordaron al libro como tema. Y tomé la frase del Quijote sobre los espíritus encantados que habitan en los libros. Esos espíritus empiezan a intervenir en los diálogos entre madre e hija. Las emociones que ellas están atravesando y que no pueden poner en palabras, las dice la biblioteca a partir de textos de diferentes autores. Y en el medio de esas interferencias está la relación entre ellas donde aparece todo: el duelo, las dificultades del vínculo, hablan de la vida, de los libros, de su pasado como familia. Entre ellas dos se van colando esas cuestiones más oníricas que tienen que ver con cómo la biblioteca va trabajando con ellas. La biblioteca hace algo con ellas, con el destino de ellas. La literatura transforma.
-¿Sería una biblioteca que cobra vida?
-Sí y que les hace trampas, genera confusiones, malentendidos, quid pro quo, porque la biblioteca le dice un texto a una de ellas pero lo escucha la otra y entonces le dice: “¿Qué dijiste?”. Y esto va generando ese juego teatral típico de aquel viejo teatro popular que me gusta tanto y que tiene mucho de comedia. La obra es una comedia dolorosa. Desde lo escenográfico me interesaba que no fuera una biblioteca realista. Paola Delgado hizo algo muy lindo. Creó unos artefactos muy particulares con libros que parecen una gran instalación. A mí no me gustan las arquitecturas teatrales con paredes, puertas. Para mí el teatro es más liviano, está más ligado a lo intangible. Necesitábamos muchos libros, puse un aviso y me escribieron un montón de personas, muchos escritores y gente de la cultura que querían donar. Desde Claudia Piñeiro, Inés Kreplak, Micaela Narodowsky, Emilia Mazer, Eterna Cadencia. Les avisé que no los íbamos a devolver, que íbamos a pintarlos, recortarlos. Recibimos más de 600 libros y con eso Paola construyó ese artefacto-biblioteca que está alrededor de toda la escena, que tiene algo de ámbito cotidiano pero que de repente se puede volver un laberinto. Te preguntás: “¿Dónde están estas dos?”, “¿Dónde aterrizaron?”. No están en un departamento. El espacio se enrarece.
-¿Cómo trabajaron el tono actoral en ese contexto especial?
-Yo tenía una suerte de orden interna: esto no es naturalismo pero tampoco es bizarro. Había que construir un grado corrido del realismo y un grado abajo del absurdo. Insistimos mucho en eso porque a veces nos íbamos muy fácilmente al naturalismo y para mí el naturalismo no soportaba que la biblioteca hablara. Se chocaban los lenguajes; había que poder aceptar la convención de que la biblioteca hablara. Y para que la convención pudiera existir había que crear una atmósfera que la soporte. Ese fue nuestro trabajo, corrernos del realismo sin caer en el teatro del absurdo. Es un trabajo con el género fantástico. Me acuerdo, hace muchos años, cuando enseñaba literatura en un secundario, les decía a los chicos: “En un ámbito cotidiano sucede un hecho sobrenatural”. Ahí nos situamos en la obra, en un cotidiano corrido, extrañado. Así también trabajamos con los pequeños objetos que aparecen en la obra, todas esas cosas que uno pone en las bibliotecas: fotos, recuerdos de viaje, una cartita que alguien te escribió para tu cumpleaños, una plantita. Todas cosas que empiezan a generar recuerdos y cobran vida en escena.
-¿Cómo fue la selección de los textos?
-Elegí autores del repertorio clásico, sobre todo en la primera parte de la obra, y después autores contemporáneos, narradores y poetas. Son textos que van aliviando cada vez más el tránsito de estas dos mujeres. Una madre y una hija que ya salieron de la conflictividad más típica de la relación, de la recriminación y ahora están en otra etapa donde hay un mayor entendimiento, donde hay perdón y aceptación. Tienen sus momentos picantes pero también se divierten juntas.
-¿Qué pensás que puede pasar con los espectadores que no tienen una relación muy cercana con los libros, con la lectura?
-Fui al repertorio clásico a propósito porque creo que todos los poemas que leemos en la obra, casi todos, en algún momento de tu vida los leíste en la escuela, en el secundario, o te los leyó tu mamá o tu abuela, o los recitaban. Es una literatura que permeó mucho en la vida de casi todos nosotros. Yo quería trabajar con un lugar en el que todos nos pudiéramos unir. Después sí, aparecen otros poemas y narradores contemporáneos que capaz no se conocen tanto pero están tan imbricados con la emocionalidad de la obra, que creo que la gente los va a querer leer después. Trabajo mucho con los poetas modernistas, Rubén Darío, José Martí, los poetas latinoamericanos del siglo XIX que amo, César Vallejo. Pero Borges, Shakespeare y el Quijote de Cervantes son cabales, hacen a la gramática de la obra, y además están conectados. Borges escribió sobre Shakespeare y sobre el Quijote. También aparece Dante pero todos desde un lugar muy poco intelectual porque el personaje de la madre es muy divertido: baja todo a tierra. La obra es lo menos lejana que hay, es totalmente accesible y abierta. La fuimos editando mucho en los ensayos con los actores; buscamos que no haya barreras. Creemos que el público va a entrar con facilidad.
- Estos pequeños libros que quedan se presenta el sábado 22 a las 17, el 29 a las 20, los domingos 23 y 30 a las 20 y el martes 25 a las 20 en Arthaus Central (Bartolomé Mitre 434, CABA).
Expandir desde la literatura
Novelista, dramaturga, directora, gestora cultural, Cynthia Edul (Buenos Aires, 1979) es el alma-mater de Paraíso Club, la innovadora comunidad de socios que creó en 2022 junto a once artistas. A través de un sistema de membresías, el público asociado (este año son 600 personas fijas por mes) financia y produce obras y se integra a una comunidad junto a los creadores. “Es un público comprometido, que pone el cuerpo, que participa de desayunos con nosotros. Nos interesa escucharlos, tener en cuenta lo que piensan. De hecho en la programación del año que viene hasta van a participar en algunas obras puntuales. Estamos creciendo un montón, queremos llegar a mil socios para lograr la sustentabilidad”, describe.
La cuota mensual equivale a poco más que una entrada y habilita no sólo a ver un estreno por mes, también a asistir al desmontaje (un encuentro con el creador del espectáculo para conocer la cocina de la creación), a recibir un muy interesante boletín sobre procesos creativos, participar de talleres, tertulias y fiestas, entre otras posibilidades.
Esta es una de las tantas iniciativas de una creadora tan tenaz como lúcida y talentosa. Es licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y en Dramaturgia por la Escuela Municipal de Arte Dramático (EMAD). Dirige la Maestría en Gestión de la cultura de la Universidad de San Andrés y, antes de Paraíso, co-creó la plataforma de artes escénicas Panorama Sur. También escribió las novelas La sucesión,La tierra empezaba a arder, último regreso a Siria; La Primera Materia y las obras de teatro Miami, Familia Bonsái, A dónde van los corazones rotos y la exitosa El punto de costura.
“La literatura para mí es el centro, siempre lo fue. Desde ahí expando hacia el teatro, hacia la gestión cultural. De chica fui muy asmática, no podía hacer deporte, era tremendo. Y empecé a leer tempranamente. Los libros estuvieron siempre cerca mío abriendo un campo”, cuenta. Y agrega: “La lectura me concentra, me genera un equilibrio. Creo que en vez de meditar, leo. Me interesa cruzar la literatura con otras disciplinas, sacarla del podio del canon. Y en esta obra los libros están en un lugar muy profano”.