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Cómo el entorno moldea nuestras preferencias

Un estudio muestra que, cuando las preferencias son circulares, la teoría de juegos puede no ser suficiente para describir la interacción.

En muchas interacciones humanas, nuestras preferencias dependen de lo que creemos que desean los demás. Por ejemplo, dos personas pueden querer maximizar la felicidad del otro en sus propios términos, un caso de “amantes perfectos”. En contraste, podríamos pensar qué ocurre cuando un “amante perfecto” se enfrenta a un “odiador perfecto”, que solo obtiene felicidad de la máxima infelicidad de su compañero. Esta interdependencia puede generar escenarios complejos. “Las preferencias que tenemos para actuar a veces dependen de nuestras creencias sobre las preferencias de los demás. Esa estructura no solo complica la interacción, sino que también impide que muchas herramientas tradicionales puedan aplicarse para analizarla”, explica Eleonora Cresto, profesora del Departamento de Humanidades de la Universidad de San Andrés. 

En un artículo recientemente publicado en Logic and Logical Philosophy, Cresto propone un modelo para representar cómo, en este tipo de situaciones, las personas revisan y ajustan mutuamente sus creencias sobre las preferencias ajenas. El objetivo del estudio se enfoca en buscar una matriz—una representación de las posibles decisiones y resultados—que permita hacer inteligible el escenario que eventualmente ocurra. Para ello utiliza lógicas epistémicas dinámicas, una herramienta proveniente de la lógica que captura cómo cambian las creencias de los agentes cuando se recibe nueva información sobre qué prefieren los otros. Cada persona considera distintos escenarios sobre cómo son las cosas y, al aparecer nueva información, algunos se descartan y otros se vuelven más plausibles. Este enfoque formaliza cómo los agentes intentan construir una matriz en la que realmente podrían interactuar.

A diferencia de las propuestas que interpretan estas situaciones como simples problemas de información incompleta, Cresto analiza casos más extremos, en los que la matriz misma no está fijada ni siquiera en principio, sino que se construye en el proceso mismo. “Muchos conflictos sociales no surgen simplemente de objetivos incompatibles, sino de la forma en que cada persona intenta anticipar lo que el otro quiere o espera. Esa anticipación puede generar circularidades que desestabilizan la interacción”, señala Cresto. Los agentes solo logran fijar una matriz si ambos creen estar en el mismo escenario, lo cual no siempre ocurre, ya sea por falta de coordinación o por una imposibilidad más profunda. Esta imposibilidad se observa en la relación entre el “amante perfecto” y el “odiador perfecto”. Si suponemos que los agentes distinguen solo entre resultados máximamente preferidos (1) y no preferidos (0), a modo de simplificación, el amante perfecto obtiene 1 solo si cree que su pareja también obtiene 1, mientras que el odiador perfecto obtiene 1 solo si cree que su pareja obtiene 0. En este caso, no existe ningún escenario capaz de representar lo que ocurre: el resultado es paradójico. En cambio, dos “amantes perfectos” o dos “odiadores perfectos” pueden encontrar múltiples matrices posibles y hacer que la situación admita una representación coherente.

El estudio evidencia que, antes de jugar un juego, los agentes atraviesan un “pre-juego mental”: revisan sus creencias para determinar si existe un juego que pueda jugarse. Dependiendo de lo que crean sobre los estados mentales del otro, la matriz puede volverse indeterminada o incluso imposible de establecer, y la interacción estratégica puede disolverse, revelando ciertos límites de la teoría de juegos en situaciones de circularidad de preferencias.

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