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Algoritmos, decisión y la nueva gestión de la incertidumbre

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Durante décadas, los algoritmos ocuparon un lugar secundario en el imaginario social, concebidos principalmente en su dimensión técnica y percibidos como externos a la experiencia cotidiana. En la actualidad, sin embargo, han adquirido un rol central como infraestructuras culturales que no solo organizan la circulación de la información, sino que también estructuran expectativas, tiempos y mecanismos de validación social. En este contexto se inscribe El Algoritmo. ¿Quién decide por nosotros?, el nuevo libro de Joan Cwaik, profesor de la Escuela de Negocios y del área de Educación Ejecutiva de la Universidad de San Andrés, publicado recientemente por Editorial Planeta, una obra que interroga los modos de la decisión humana en entornos algorítmicos. En un escenario donde elecciones que parecen espontáneas están precedidas por procesos de recomendación, optimización o anticipación, se pregunta cuánto de lo que pensamos, deseamos o valoramos es efectivamente propio y cuánto responde a mediaciones invisibles. 

Para abordar estos interrogantes, Cwaik realiza un análisis sociotécnico de los algoritmos, entendidos como sistemas que articulan decisiones de diseño, intereses económicos y prácticas culturales, a partir de la observación de usos cotidianos, el análisis técnico de su funcionamiento y el examen crítico de los discursos de la industria tecnológica. En primer lugar, sostiene que los algoritmos no operan como agentes soberanos que sustituyen la decisión humana, sino como “arquitectos del contexto”—el escenario que define qué opciones vemos primero y cuáles quedan invisibilizadas—que delimitan el marco dentro del cual las decisiones se vuelven posibles, razonables o visibles. Su integración progresiva y funcional en la vida cotidiana produce un desplazamiento de la decisión con consecuencias afectivas, cognitivas, laborales y políticas que tienden a pasar inadvertidas. Así, muchas acciones continúan siendo voluntarias, pero se vuelven automáticas, guiadas por rankings, feeds o algoritmos de matcheo, como qué contenidos vemos, qué compramos o con quién interactuamos. En este punto, el profesor de UdeSA identifica que el problema deja de formularse en términos de pérdida de libertad para configurarse hacia una reducción de la conciencia sobre el acto de decidir. Esta dinámica se intensifica con la expansión de sistemas anticipatorios, como los modelos de lenguaje generativo, que acortan los procesos de exploración y plantean interrogantes sobre la formación del criterio humano.

Desde esta perspectiva, Cwaik propone comprender al algoritmo no como una máquina constante de decisiones, sino como un mecanismo de gestión y redistribución de la incertidumbre. Aunque la incertidumbre ha sido siempre constitutiva de la vida social, la mediación algorítmica redefine quién la asume y en qué nivel: mientras reduce eficazmente la incertidumbre individual al sugerir y ordenar opciones, por lo cual sentimos más previsibilidad, la desplaza hacia planos estructurales vinculados a la desigualdad, la opacidad y la concentración de poder, generando mayor opacidad. Entonces, mientras la experiencia individual se vuelve más predecible, la sociedad se torna menos legible. Frente a este escenario, Cwaik subraya la necesidad de redistribuir la incertidumbre de manera más justa y visible, promoviendo mayor transparencia en los criterios de diseño e implementación de los algoritmos y fortaleciendo la alfabetización algorítmica como competencia cultural. Comprender por qué aparece un contenido, por qué se sugiere una opción y cómo los algoritmos administran no solo el presente y el futuro, sino también el pasado—con efectos concretos sobre la reputación, los vínculos y las trayectorias de vida—resulta central para dimensionar su impacto. El desafío, concluye, no es técnico en primer lugar, sino profundamente cultural, educativo y político, y constituye una clave para pensar la vida social del siglo XXI.

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