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FuenteEl chorrillero

Adicción a las redes sociales y el negocio del scrolleo: síntomas, riesgos y cómo reducir el uso

Joan Cwaik, profesor de UdeSA, explican cómo evitar el consumo dependiente de las apps.

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Estar en la fila del supermercado, abrir Instagram y ver al primo que emigró a Europa posando frente a la Torre Eiffel; pasar a TikTok y encontrarse con una influencer (que ni siquiera habla el mismo idioma) mostrando cómo se levanta a las 5, toma una infusión de matcha, entrena, trabaja y hasta tiene una cita antes de las 20; mientras tanto, en el changuito, ese paquete de papas fritas “permitido” que rompe la dieta keto que apareció en Facebook. A diferencia de esa porción que tiene un límite, las redes sociales funcionan como una versión infinita: un consumo sin tope, siempre disponible en un dispositivo que cabe en el bolsillo y que, además, nunca se termina.

Los analistas más amarillistas y los científicos revolucionarios las calificaron como el cigarrillo del siglo XXI. Sin embargo, esta definición tiene varios baches.

“La analogía tiene sentido hasta cierto punto. Igual que con el tabaco, estamos viendo que el daño es real, documentado y que las empresas lo sabían antes de que se hiciera público. Las propias filtraciones de Facebook muestran que sus investigadores internos reportaron el daño en adolescentes y la dirección decidió no actuar. Donde la analogía se quiebra es en la escala. El tabaco afecta a quien fuma. El algoritmo afecta a quien lo usa y moldea el ecosistema de información de toda la sociedad”, explicó el máster en administración de Empresas, especialista en innovación, conferencista y divulgador tecnológico, profesor en la Universidad de San Andrés y en la Universidad de Buenos Aires, Joan Cwaik.

Este año, por primera vez, en Estados Unidos un jurado determinó que tanto Meta como Google, dueño de YouTube, eran culpables de diseñar aplicaciones que le provocaron adicción en una joven y graves daños a su salud mental por el uso de redes sociales, actividad a la que accedió desde los seis años.

El especialista relativizó el impacto económico del fallo al señalar que una suma de 350 millones de dólares, aunque significativa, equivale apenas a una semana de ganancias para Meta. Sin embargo, advirtió que lo verdaderamente relevante no es el monto sino el precedente jurídico que se establece. Por primera vez, un tribunal reconoce que el daño psicológico derivado del diseño intencional de una plataforma puede ser considerado una forma de negligencia. Sostuvo que este cambio de enfoque abre la puerta a una nueva etapa de litigios: ya hay estudios jurídicos en Estados Unidos preparando demandas colectivas bajo este mismo argumento.

“La cuestión no es si habrá una ola de juicios, sino cuánto tiempo resistirán las plataformas antes de que les resulte más conveniente modificar sus diseños que seguir afrontando costos judiciales”, fundamentó.

Este histórico dictamen planteó nuevas dudas. Entre ellas, si se puede ser adicto a las redes sociales, y si las legislaciones de cada país, incluido Argentina, las reconocen como tal; si es ético que estas aplicaciones sean diseñadas para fomentar su consumo sistemático y por qué los especialistas alertan sobre la brecha de desigualdad algorítmica; y, en el plano doméstico, cómo se puede reducir su consumo y llevar un uso saludable en adultos, en niños y adolescentes el planteamiento pasa por la prohibición.

¿Se puede ser adicto a las redes sociales?

A nivel nacional existe la Ley 26.934 de Adicciones y Consumos Problemáticos; esta considera a cualquier conducta que escapa del control de la persona, afecta su salud física o psíquica y sus relaciones sociales.

Para esta legislación son consumos problemáticos el alcohol, el tabaco, las drogas, el juego, la tecnología, las compras, la alimentación o cualquier otro consumo que un médico diagnostique como compulsivo.

Además, a nivel internacional existe el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, conocido como DSM-5, es la principal guía utilizada por profesionales de la salud mental para identificar y clasificar trastornos psicológicos y psiquiátricos. Fue elaborado por la Asociación Americana de Psiquiatría y reúne criterios estandarizados, síntomas, duración y formas de presentación, que permiten realizar diagnósticos de manera más precisa y consensuada.

“Para hablar de adicción tenemos que hacerlo en términos de diagnóstico, porque si no estamos patologizando una costumbre o una actividad que puede ser un abuso. Porque hablamos de uso, abuso y dependencia”, razonó la psicóloga, magíster en adicciones e integrante del equipo técnico del Centro de Prevención y Asistencia de las Adicciones (CPAA) en San Luis, Ana Quiroga. Y sumó: “Cuando hablamos de una adicción o una dependencia es cuando ya no puedo parar, decir que no, no encuentro un límite”.

Sin embargo, en el DSM-5, las adicciones se abordan bajo el concepto de “trastornos por consumo de sustancias” y “trastornos adictivos”, con un cambio clave respecto de versiones anteriores: ya no se separa entre “abuso” y “dependencia”, sino que se entiende como un continuo de gravedad (leve, moderado o grave).

El manual define la adicción a partir de un conjunto de criterios, entre ellos: la pérdida de control sobre el consumo, el deseo intenso o “craving”, la dificultad para reducir o abandonar la conducta, el deterioro en la vida social o laboral y la persistencia en el uso pese a sus consecuencias negativas.

Además, el DSM-5 da un paso importante al reconocer que no todas las adicciones implican sustancias. Por primera vez se incluye dentro de esta categoría a una conducta: el trastorno por juego (ludopatía). Sin embargo, no menciona nada de las redes sociales.

“Bajo la letra fría del manual, en principio las redes sociales no son adictivas, porque no es una sustancia, es un comportamiento. Sin embargo, con la adicción al juego de azar hay un paralelismo interesante, porque hay ciertas preguntas que te hace el DSM-5 para saber si algo es adictivo: si lo quisiste dejar y no pudiste, si afectó tu vida social, si afectó el trabajo, si dejaste de hacer otras cosas por utilizar el celular. Y todas las respuestas podrían aplicarse perfectamente a las redes sociales”, analizó el contador público y especialista en Neurociencia, Nicolás Fernández Miranda.

Por su parte, el director provincial de Adicciones, Darío Pantano, explicó que el teléfono y las pantallas tienen un poder ansiógeno e, incluso, las llamó el “chupete de los adultos”. Esto se debe a que el uso de redes sociales está estrechamente ligado al sistema de recompensa del cerebro, en el que la dopamina cumple un rol central.

Cada notificación, “like” o comentario funciona como un estímulo que genera pequeñas descargas de esta sustancia, asociada al placer y la motivación. Este mecanismo, similar al que se activa en otras conductas adictivas, refuerza el hábito de revisar constantemente el celular en busca de gratificación inmediata.

“Cuando utilizamos el celular, interactúa algo que se llama el control inhibitorio. Esta es la capacidad que tiene el cerebro para dejar de prestar atención a un estímulo inmediato y enfocarse en uno importante”, introdujo el especialista en neurociencia.

Fernández Miranda ejemplificó que situaciones cotidianas, como la llegada de un mensaje irrelevante mientras se trabaja, ponen en juego el control inhibitorio: la capacidad de evitar distracciones y sostener la atención en una tarea. Señaló que cuando una persona decide no revisar el celular en ese momento, está ejercitando esa habilidad. En cambio, advirtió que, en contextos de cansancio o sobrecarga, cuando se busca una forma rápida de desconexión, es más frecuente ceder al impulso y recurrir al teléfono, lo que implica no poner en práctica ese control.

“Cuando nosotros no ejercitamos esa función, principalmente en relación al celular, no es la única, después toda la vida parece cuesta arriba. Entro en un bucle, en un círculo vicioso, estoy pegado al celular no me puedo concentrar; ergo, no puedo hacer las cosas que quiero hacer; ergo, me relajo con el celular y entro de vuelta en lo mismo”, resolvió.

Para los trabajadores de la salud del CPAA, el término “vicio” no entra dentro del diagnóstico de adicción; sin embargo, si se habla de dependencia, apoyarse en algo, en este caso las pantallas, canalizar energía y emociones como la ansiedad.

Las redes sociales, diseñadas para generar dependencia

Este año la Comisión Europea declaró que TikTok tiene funciones como el desplazamiento infinito o “scrolling”, la reproducción automática, las notificaciones y los contenidos personalizados potencialmente perjudiciales para la salud mental y física de los usuarios que están diseñados específicamente para ser adictivos.

El CEO de Instagram y Facebook, Mark Zuckerberg, compareció en febrero ante un jurado en Los Ángeles por una serie de mails dentro del equipo de Meta que confirmaban que el diseño de sus aplicaciones se fundaba con el objetivo de aumentar los tiempos en pantalla de los usuarios.

“El diseño de las redes elimina todas las fricciones a propósito. Cada vez que Meta saca un paso del proceso de compra o reduce un segundo de espera antes de que aparezca el siguiente video, está diseñando para reducir el tiempo entre el impulso y la acción. Eso no es accidental. Está documentado en sus propias presentaciones internas”, alimentó Cwaik

El juicio puso bajo la lupa las funciones específicas de las dos redes, como el scroll infinito, la reproducción automática de vídeos y la recomendación personalizada de contenido, acusadas de fomentar comportamientos adictivos. Los demandantes sostuvieron que estas mecánicas, junto a los filtros de belleza y la llegada constante de notificaciones, están diseñadas para retener a los usuarios, especialmente a los adolescentes.

“La brecha de desigualdad algorítmica describe algo concreto. No afecta a todos de igual manera. Depende de la edad, el estado emocional, el historial de consumo, el nivel educativo. Una adolescente de 14 años en un momento de vulnerabilidad recibe un tipo de contenido radicalmente distinto al que recibe un adulto. El sistema aprende quién es más susceptible y le manda más. El algoritmo detecta la grieta específica de cada persona y trabaja ahí. Es mucho más sofisticado y por eso mucho más efectivo”, aclaró el divulgador tecnológico.

Cómo detectar el uso excesivo de las pantallas y redes sociales

En un contexto donde el uso de pantallas atraviesa gran parte de la vida cotidiana, especialistas advierten sobre la importancia de identificar señales tempranas que pueden dar cuenta de una relación problemática con las redes sociales y los dispositivos digitales. Lejos de tratarse solo de una cuestión de tiempo de uso, el foco está puesto en cómo ese vínculo impacta en la vida diaria.

Uno de los principales indicadores aparece cuando el uso de las redes comienza a interferir en la rutina. Esto se traduce en el abandono o la reducción de actividades habituales, desde responsabilidades laborales o académicas hasta espacios de ocio, juego y socialización. En esa misma línea, también se observa un deterioro en los vínculos personales, ya que el tiempo destinado a la pantalla desplaza el contacto con afectos y relaciones cercanas.

A nivel emocional, los cambios de carácter son otra señal de alerta. Especialistas indican que muchas veces el uso excesivo de dispositivos funciona como una forma de canalizar la ansiedad o el malestar, lo que puede evidenciar dificultades para gestionar ciertas emociones sin recurrir a la estimulación constante de las pantallas.

“Esto se ve sobre todo en los niños, que empiezan a presentar cierta labilidad emocional y un cambio muy marcado en su forma de funcionar. Mientras están frente a las pantallas tienen una respuesta determinada, pero cuando se limita su uso aparecen caprichos, enojos y berrinches. Esto tiene una explicación desde la neurociencia: la pantalla activa distintos centros neuronales y genera una sobrecarga de estímulos en el cerebro, que responde a esa estimulación constante. Cuando ese estímulo desaparece, lo que ocurre es que el niño lo busca de manera permanente”, razonó la directora del CPAA, Mónica Lucero.

En los más chicos, esta exposición temprana a pantallas, incluso en bebés, se vincula con dificultades para conciliar el sueño y alteraciones en los ritmos de descanso. Por eso, los especialistas insisten en la necesidad de concientizar a los adultos responsables sobre los efectos que puede tener el uso de dispositivos desde edades muy tempranas.

La baja tolerancia a la frustración es otro de los indicadores asociados. En entornos digitales, especialmente en juegos, la lógica de recompensas inmediatas y objetivos constantes puede generar una mayor exigencia emocional. Cuando esos objetivos no se alcanzan, aparecen respuestas desproporcionadas, sobre todo en niños, que van desde el enojo hasta reacciones más intensas.

Cómo disminuir el uso de las redes: modo no molestar, bloqueo de tiempo y pantalla en blanco y negro

Frente al uso cada intensivo de celulares y redes sociales, especialistas coinciden en que no se trata de eliminarlos por completo, sino de regular la dosis. “La diferencia entre un veneno y una medicina es la dosis”, graficó Fernández Miranda, y descartó la posibilidad de volver a los Nokia 1100. En cambio, proponen estrategias simples y concretas para recuperar el control sobre el tiempo de pantalla.

Una de las recomendaciones más accesibles es configurar el celular en blanco y negro. Este cambio reduce el atractivo visual de las aplicaciones y vuelve la experiencia más “aburrida”, lo que desincentiva el consumo prolongado. Si bien la persona puede seguir entrando a redes sociales, es menos probable que se quede navegando sin un objetivo claro.

Otra herramienta útil es la dosificación del uso mediante aplicaciones específicas, como ScreenZen, que permiten establecer límites de tiempo y dividir el acceso en intervalos breves. Estas apps no solo restringen el uso, sino que también introducen fricción: antes de ingresar, le preguntan al usuario si realmente quiere hacerlo y, en algunos casos, imponen una breve espera. Ese pequeño lapso resulta clave para que el impulso disminuya y la decisión sea más consciente.

En la misma línea, se destaca la importancia de aprender a usar funciones nativas del dispositivo, como el modo “no molestar”. A diferencia de opciones más drásticas como el modo avión, esta configuración permite silenciar notificaciones sin perder contacto con personas importantes. De este modo, se reduce la ansiedad asociada al “FOMO” (miedo a perderse algo) y se facilita dejar el celular en otro ambiente sin la necesidad de revisarlo constantemente.

Sin embargo, los especialistas advierten que estas estrategias individuales funcionan como paliativos frente a un problema más estructural. “Nunca sabés qué vas a encontrar cuando abrís la app, y esa incertidumbre es lo que te mantiene enganchado”, explicó Cwiak.

En ese sentido, plantean que existen medidas concretas que podrían implementarse desde el diseño, como eliminar el scroll infinito, introducir pausas obligatorias o desactivar las notificaciones por defecto, pero que suelen encontrar resistencia porque afectan directamente el modelo de negocio basado en la atención del usuario. Mientras tanto, el desafío sigue siendo encontrar un equilibrio posible entre el uso cotidiano de la tecnología y el cuidado de la salud mental.

En un panorama a cinco años, la proyección sin regulación es desesperanzadora. “Más polarización, trastornos de ansiedad en adolescentes, desinformación hiper personalizada. Pero hay algo que me preocupa más que eso, que es la pérdida de capacidad de atención colectiva. Una sociedad que no puede sostener conversaciones complejas, que necesita todo en menos de 30 segundos, que reacciona antes de pensar, es una sociedad mucho más fácil de manipular. El daño individual en la salud mental es grave. El daño político y democrático a largo plazo es peor. Y eso sí es difícil de revertir”, sentenció el conferencista tecnológico.

Por su parte, Fernández Miranda, apuntó al consumo responsable y una higiene digital más que en la prohibición en sí, como se planteó e incluso legisló en países para menores de 15 años. La responsabilidad, señala, no solo es individual sino también de los adultos en la forma en que transmiten hábitos a los más chicos. El objetivo no es eliminar por completo la tecnología, sino entender sus efectos y aprender a regularla.