Adaptación extrema: los argentinos ante el Covid-19

Los cambios radicales y las restricciones a los comportamientos de la cuarentena, que se planeaban provisorios y llevan seis meses, moldearon dinámicas y rutinas cotidianas: ¿cuáles fueron sus mayores impactos en la vida cotidiana de chicos y grandes?

Alejandro Artopoulos
Director de I+D del Centro de Innovación Pedagógica de la Universidad de San Andrés.

Dejamos de ir a la oficina, a la escuela, al cine, a visitar amigos y familiares, y nos metimos en un Zoom eterno. Y de nuevo, lo hicimos de golpe, sin medida y cero preparación. "La experiencia con Zoom o cualquiera de las plataformas de videoconferencias o videoclases sincrónicas [que permiten reuniones o clases en síncronía] era bastante poca", afirma el sociólogo Alejandro Artopoulos, director de I+D del Centro de Innovación Pedagógica de la Universidad de San Andrés.

Artopoulos emplea el término mala praxis para definir nuestra actual vinculación con estas tecnologías. "El uso excesivo de zoom para reuniones laborales y para clases es contraproducente. Las personas sin la debida formación y con buenos hábitos de trabajo terminan excediéndose en la cantidad de reuniones, y eso genera mucho estrés, mucha ansiedad. Es verdad que se generaron nuevos hábitos, pero no hay que darlos por buenos", advierte, al tiempo que señala la necesidad de lograr un mix más adecuado entre plataformas que requieren una vinculación en tiempo real y otras asincrónicas, de perfil más colaborativo, en la que los involucrados pueden realizar sus tareas adecuando los tiempos a sus otras responsabilidades (familiares, sociales, hogareñas).

En el mundo educativo, prosigue, "hoy tenés una gran cantidad de docentes que se formaron para el aula presencial y no saben dar clases de otra forma, y terminan trasladando lo que hacían en el aula al Zoom; y, cuando no tienen eso posibilidad, hacen una versión incluso más pobre que es la tareitis: no puedo hacer Zoom para tener un aula virtual y te mando tarea".

Artopoulos advierte además que es muy reducido el número de chicos y adolescentes que hoy efectivamente acceden a clases virtuales. Las estadísticas de la Encuesta Permanente de Hogares señalan que, al comienzo de la pandemia, el 82,9% de los hogares argentinos tenía acceso a Internet y el 60,9% una computadora. Pero el porcentaje de alumnos que hoy recibe clases virtuales es mucho más pequeño: "solo el 20% de las escuelas de la Argentina están usando Zoom".

Este desigual acceso a la educación virtual es uno de los factores que caracteriza a la cuarentena, afirma Carmen B. Fusca, magister en Psicología Educacional e integrante de equipo Interdisciplinario de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP). "Nadie estaba preparado para esto: fue tan abrupta la interrupción de la escolaridad presencial, que si bien desde la escuela los docentes dieron respuesta inmediata, fueron modificándose las prioridades", agrega.

"La primera ilusión, cuando empezó la cuarentena, fue que se podía seguir enseñando los mismos contenidos de manera virtual. Pero al poco tiempo esta ilusión cayó, porque la educación online requiere otras preparaciones de los materiales y de los contenidos. El primer gran desafío fue repensar qué contenidos se podía enseñar y cuáles no -explica-. Por otro lado, empezaron a pasarles muchas cosas a los chicos y a los adolescentes que también era importante dar cabida en las escuelas, por lo que se empezaron a abrir espacios de diálogo con los chicos y espacios grupales"

(Anécdota personal: mientras escribo estas líneas una de mis hijas participa de un Zoom de la escuela. En medio de la clase de matemáticas, la docente nota que uno de los chicos está ajeno a la interacción y le pregunta si le pasa algo; el alumno contesta que esta semana murió un familiar cercano, que está triste. Rápidamente, la clase se reorienta y el foco de la interacción pasa de impartir contenidos a dar contención).

Alejandro Artopoulos
Miércoles, Septiembre 16, 2020