Una macroeconomía en transición


Por Daniel Heymann, profesor del Departamento de Economía.

Desde comienzos de esta década, el nivel de actividad osciló alrededor de un nivel estancado. No es poca cosa, entonces, que se anticipe un crecimiento en este "año par", por primera vez desde 2010. Está abierta la búsqueda de un sendero de expansión a mayores plazos, considerando de paso que el crecimiento se ha planteado, razonablemente, como factor de peso para la reducción paulatina del déficit fiscal.

La desinflación está resultando trabajosa, en correspondencia con el adelantamiento de los precios de los servicios públicos y expectativas que siguen siendo inciertas y de corto horizonte.

En esta transición, un elemento no tan saliente cuando no urgen problemas de liquidez internacional, pero de alta significatividad, es la evolución del comercio exterior. El comportamiento de las cuentas externas será, una vez más, un determinante crítico de las oportunidades y restricciones que tendrá la economía.

Debilidad exportadora

La reducción acumulada de las exportaciones de bienes ha sido otro rasgo de la década: US$58.000 millones en 2017 contra US$83.000 millones de seis años antes. Al margen de la caída de precios, los volúmenes exportados también disminuyeron en el intervalo, por las considerables contracciones en las MOI (con influencia de la economía brasileña) y de los combustibles, y se encuentran en niveles similares a los de 2005.

A su vez, las cantidades de importaciones están en máximos históricos, con un apreciable repunte en el último par de años. A juzgar por esa experiencia y la del período previo (la relación entre cantidades de importaciones y producto agregado fue mayor en 2011 que en el pico de la convertibilidad), una continuidad del crecimiento económico estaría asociada con una sostenida demanda de divisas para importar. Entretanto, el saldo negativo en cuenta corriente de 2017 se aproximó a la mitad de las exportaciones; un número considerable, pero que pudo ser financiado sin sobresaltos. Dada la diferencia entre los rendimientos de los activos externos y las deudas, el déficit por rentas (intereses más utilidades y dividendos de la inversión extranjera directa) alcanza a cerca de un cuarto de las exportaciones.

La flotación no es garantía

Cuando la economía tiene necesidades de financiamiento apreciables (cubiertas con venta de reservas o colocaciones de deuda) emerge como tema la sostenibilidad macroeconómica. Eso remite a las perspectivas de que la economía tenga en el futuro capacidad de generar suficientes bienes transables internacionalmente (exportables en particular) como para auto financiar sus compras externas y los servicios de sus obligaciones, sin requerir grandes ajustes, potencialmente desestabilizantes, en su gasto agregado o, en el límite, enfrentar problemas de repago. Esa es una cuestión esencialmente prospectiva, y de carácter real, vinculada con la configuración productiva.

En un régimen de flotación cambiaria, el Banco Central no interviene directamente en el mercado de divisas. Es un esquema definido por esa negativa que no implica, naturalmente, que el tipo de cambio y los flujos de fondos con el exterior no estén afectados significativamente por las acciones de política monetaria (y por el comportamiento de otras agencias del sector público). La posibilidad de variar el tipo de cambio facilita la absorción de shocks, pero una flotación, aunque fuera hipotéticamente sin intervención oficial, no excluye inconsistencias y des-alineamientos en los precios de las divisas y los flujos de recursos con el exterior. El mercado de moneda extranjera puede modificar su curso cuando se revelan desajustes o se manifiestan perturbaciones pero, de modo análogo a los mercados de activos en general, esa corrección no tiene por qué resultar automáticamente fluida o indolora.

En nuestro país hay matices particulares derivados de las experiencias inflacionarias, que influyen sobre conductas del público.

En otras economías, incluidas las de la vecindad, pueden ocurrir depreciaciones reales sin grandes impactos negativos sobre la distribución del ingreso, el nivel de actividad y la propia inflación, porque el traslado a precios es leve. La percepción de que los vaivenes del tipo de cambio están disociados en buena medida de las variaciones de precios internos, se valida en los hechos. En una desinflación a medio camino, que no ha afirmado un régimen de estabilidad, es posible que pequeños movimientos cambiarios tengan poco traspaso, pero que saltos importantes provoquen sobrerreacciones y una fuerte respuesta de precios, con sus repercusiones a través de la economía.

Acotar y, en lo posible, prevenir esos altibajos, tendría interés directo para el funcionamiento económico cotidiano, y también para dar solidez en el tiempo a políticas antiinflacionarias.

Por su propia naturaleza, la administración macroeconómica como un todo tiene objetivos múltiples y enfrenta disyuntivas. En la Argentina actual, la recuperación del crecimiento tiene una importancia central, por sí misma y para facilitar el balance de las cuentas públicas. El crédito del exterior puede permitir por un tiempo mayores niveles de actividad y gasto a la espera de una necesaria ampliación de la oferta de bienes transables.

En un sendero así, interesa especialmente que vayan apareciendo señales de una tendencia al incremento de los flujos de exportación, con perspectivas de un volumen tal que permita ir cerrando el déficit comercial y de la cuenta corriente.

La Nación
05 de Febrero de 2018