La revolución tupamarista


Sergio Serulnikov
Universidad de San Andrés

Comencemos con una constatación: ningún evento conmovió los cimientos del orden colonial hispanoamericano como lo hicieron los masivos levantamientos tupamaristas. Entre 1780 y 1782, se organizaron verdaderos ejércitos insurgentes desde el Cuzco hasta el norte de lo que hoy es Chile y Argentina. Algunas de las ciudades más antiguas y populosas de la región –Cuzco, La Paz, Chuquisaca, Oruro, Puno– fueron sitiadas u ocupadas. Vastas áreas rurales quedaron bajo control de las fuerzas rebeldes. Eran territorios habitados mayoritariamente por comunidades de habla quechua y aimara, el núcleo duro del alzamiento. Como en todo movimiento revolucionario de envergadura, surgirían figuras carismáticas –Túpac Amaru II en la sierra sur peruana, Túpac Katari en el altiplano paceño, Tomás Katari en Charcas– cuyos nombres resonarían a lo largo del continente. Detrás de estos hechos, se advierten los contornos de una idea, suficientemente difusa y maleable para albergar expectativas muy diversas y en ocasiones contradictorias entre sí, pero cuyo mensaje esencial era ineludible: restituir el gobierno a los antiguos dueños de la tierra.

“Malinterpretar su propia historia es parte de ser una nación”, afirma el filósofo francés Ernest Renan. Los sucesos de 1780, el más formidable proyecto emancipatorio de los pueblos originarios de América Latina, no fueron la excepción. En los primeros años de las repúblicas andinas estos hechos quedaron sumidos en el olvido o reducidos a un episodio aislado del ocaso de la sociedad colonial. Después de todo, ¿cómo se podía conciliar las numerosas matanzas en el interior de iglesias rurales, o el devastador sitio de La Paz, con la marcha hacia el progreso y la adopción de modelos sociales europeos? ¿Cómo conjugar la sujeción de los indígenas a los nuevos gobernantes con las grandes aspiraciones monárquicas de Túpac Amaru y sus seguidores? Si bien la civilización incaica apareció en ocasiones integrada al árbol genealógico de la nación, la revolución tupamarista era demasiado revulsiva (y cercana) como para ser domesticada, despojada de sus inquietantes connotaciones étnicas, procesada en la memoria colectiva de los países recién nacidos.

Habrá que esperar más de un siglo para que 1780 pasara de ser una fecha en la historia de la barbarie a una fecha en la historia de la nación. Para mediados del siglo XX, al calor de vigorosos movimientos populares, la prédica de intelectuales indigenistas y marxistas de variada inspiración y el ascenso de gobiernos como los del general Juan Velasco Alvarado comenzaron a gestar una nueva narrativa. Túpac Amaru aparecía ahora como la encarnación de la resistencia de todos los americanos ante la opresión colonial. Su figura adquirió las dimensiones de un prócer; su causa, la de una gesta nacional. Las primeras investigaciones profesionales del suceso (de Boleslao Lewin o Daniel Valcárcel) dotaron ese relato fundacional de credenciales científicas. Convertido en estatua, Túpac Amaru había encontrado por fin su sitial en el panteón de la patria. El Estado lo decía; los historiadores lo decían también.

El Comercio de Perú
Sergio Serulnikov
14 de Agosto de 2019
Sergio Serulnikov