Khatchik Derghougassian: Un tratado para dividir el mundo


El 16 de mayo de 1916, durante la Primera Guerra, los aliados llegaron a un acuerdo secreto para dividir el territorio del Imperio Otomano después de la guerra. El documento, que incluía un mapa donde se delimitaban las zonas de control entre el Reino Unido, Francia y la Rusia zarista, fue negociado entre el representante británico, Sir Mark Sykes, y su par francés, Francois Georges-Picot, y recibió el aval de San Petersburgo. Su implementación presumía un nuevo balance de poder que definiría el orden mundial y pondría fin a la rivalidad colonial de las potencias del siglo XIX conocida como el Gran Juego.

El acuerdo Sykes-Picot no se materializó en la forma en que sus autores habían literalmente dibujado el mapa del Oriente Medio moderno. Un año después los EE.UU. entraron en la Primera Guerra y el presidente Woodrow Wilson insistió en un orden de posguerra que se basara en el derecho de autodeterminación de los pueblos que sus aliados acostumbrados a dividir el mundo fuera de Europa tuvieron que tener en cuenta a la hora de decidir el destino de la paz futura. Más aún, los bolcheviques, que ascendieron al poder en octubre de ese mismo año en Rusia, hicieron público el documento, que no era de su interés, ya que en pleno fervor revolucionario estaban convencidos de que tenían "un mundo a ganar" hasta que como primer ejercicio realpolitik el entonces comisario de las nacionalidades Stalin se dedicó a dibujar las fronteras internas del nuevo espacio eurasiático, donde decidió el reparto de territorio y grados de autonomía de acuerdo con sus propios cálculos de dividir y reinar. Será la conferencia de San Remo del 16 al 20 de abril de 1920 la que ratificaría el reparto territorial de las llamadas provincias árabes del ex Imperio Otomano y el colonialismo se vistió del nuevo ropaje de tutelaje de los "mandatos" legitimado por la Sociedad de las Naciones creado en la Conferencia de Paz de Versalles en 1919. Sus consecuencias llegan hasta el Estado Islámico.

Los nacionalistas árabes, que se habían rebelado contra los otomanos en 1916 confiando en la abstracta promesa británica de un Estado independiente, nunca aceptaron esta "traición", y Francia tuvo que intervenir militarmente para aplastar la insurrección en Damasco e imponer la voluntad del poder. Desde entonces, y con el mayor acontecimiento de la partición de Palestina en noviembre de 1947 y el nacimiento del Estado de Israel en mayo de 1948, el acuerdo Sykes-Picot se transformó en un poderoso mito que por más que haya sido revelado en sus detalles por historiadores como David Fromkin y James Barr siguió ejerciendo un profundo impacto sobre el imaginario colectivo y por lo tanto, explotado para bien o para mal por la política.

Cuando en 2014 el entonces llamado Estado Islámico en Siria e Irak ocupó Mosul y declaró el califato, uno de sus videos de propaganda en inglés subido a la Web con el título "El fin de Sykes-Picot" mostró un islamista cerca de un puesto fronterizo abandonado entre Irak y Siria que declara "Inshalah (Dios quiera), ésta no va a ser la única frontera que eliminaremos". Pese a que luego de su inicial blitzkrieg (guerra relámpago) que le permitió una espectacular expansión, el Estado Islámico hoy se encuentra en retroceso y ha perdido un 45% de sus territorios en Irak y de 20 a 25% en Siria. La persistente convulsión en toda la región revela un horizonte de cambios geopolíticos sobre los cuales, parafraseando a Marx, "recorre el fantasma de Sykes-Picot". Como bien observa el director del Centro de Estudios Estratégicos de los Emiratos Jamal Sanad al-Suwaidi, el acuerdo Sykes-Picot fue revelado un año después y sólo por la llegada al poder de los comunistas en Rusia; por lo tanto, reflexiona, puede que hoy también exista un plan de división de la región que se conocería más adelante.

Sin embargo, y en una clara diferencia con 1920, los factores y actores regionales hoy parecen mucho más determinantes en el proceso de reordenamiento de un nuevo balance de poder que estabilice la situación post Sykes-Picot aun cuando paradójicamente las fronteras oficiales de los Estados territoriales, esta "línea en la arena" como titula el libro de James Barr no se alteren demasiado, aunque países como el Líbano entre 1975 y 1990 e Irak desde 2003 hayan atravesado y atraviesen desastrosos conflictos internos. En realidad, como decía metafóricamente el especialista francés Henry Laurens en una entrevista reciente, las fronteras de Oriente Medio las dibujaron los franceses y los británicos y fueron los árabes quienes colorearon los Estados. La "desgracia" árabe, parafraseando al intelectual libanés asesinado Samir Kassir, después de la independencia a partir de 1940 fue el fracaso de la institucionalización de estos Estados en un consenso interno que supere tanto la fragmentación sectario-tribal interna como las ambiciones utópicas de unificaciones supranacionales que, en el fondo, escondían aspiraciones autoritarias de perpetuación en el poder.

Esta fragmentación y las tentaciones supranacionales se exponen en forma mucho más amplia y violenta desde que las revueltas árabes en 2011 desnudaron el autoritarismo en su forma tanto republicana como monárquica. Si los islamistas pretenden terminar Sykes-Picot con la resurrección del califato lo hacen a precio de la guerra religiosa entre sunnitas y chiitas así como de una violenta disputa entre los seguidores de Daesh y los leales de Al-Qaeda; a la vez le abren espacio al presidente turco Recep Tayep Erdogan para invitar sin escrúpulo alguno a los árabes a cambiar el nombre de Liga Árabe a Liga de Musulmanes y revelar sus aspiraciones neootomanas. En cuanto a las potencias, pareciera que la actualización de Sykes-Picot hoy pasa por un acuerdo en torno del reparto del lucrativo mercado de armas que vigilan y protegen tanto por las ganancias que les asegura como por el laboratorio que les permite experimentar nuevos productos cada vez más letales.

Revista Ñ
30 de Mayo de 2016