José Luis Galimidi: El poder y la oración entre los líderes


Como palabra, “poder” es, ella misma, muy poderosa y seductora. Evoca, con intensidad, escenarios y sentimientos diversos y hasta contradictorios. Empecemos por el aspecto más benéfico y positivo, el que tiene que ver con actualizar, generar, vigorizar. En suma, con el amor por la vida.

En el plano individual, una persona poderosa es la que con su presencia y con sus acciones propicia situaciones de placer, de nobleza, de justicia, de lucidez, de belleza, de servicio, de comprensión empática, de buen humor, de crecimiento, de paz. Y lo hace con una percepción muy fina de la circunstancia y de la necesidad de aquellos con quienes interactúa.

Lo que tienen en común una buena maestra, jueza, amiga, abuela, médica, artista o anfitriona es que el encuentro en situación con ellas nos hace sentir ricos, seguros, a gusto.

Son un oasis de felicidad. Su poderío es un don que habilita, no una amenaza que intimida. Elogiarlas es una manera de agradecer el solo hecho de que existan.

En el plano colectivo, el poder es la capacidad que tiene una persona para coordinar muchas voluntades en pos de algo que él considera que es bueno. Por lo común, ocurre en contextos institucionales, como la familia, la empresa, el Estado, el club, la congregación, la universidad.

Las cualidades del poderoso, en estos casos, se despliegan según su aptitud para ejercer una función, o, como se dice habitual y acertadamente para honrar el cargo.

El cargo está contenido en un dispositivo social que potencia y amplifica, por así decir, las inflexiones de la voz de la persona que lo ocupa. Del mismo modo que en el nivel individual, el poder institucional, que en sí mismo es un poco neutral y vacío, se ejerce con calidad en la medida en que propicia la ocurrencia sostenida de situaciones valiosas y benéficas para la comunidad involucrada. El poder de un dirigente empresario, comunitario, sindical, político, académico, etc.,  está determinado por la altura y por la nobleza de las metas colectivas en las que pone en juego su buen nombre (que es el de sus padres y el de sus hijos); por la sinergia que genera entre su mesa chica y sus cuadros medios; por su capacidad para optimizar un ambiente interno de cordialidad, responsabilidad y eficiencia.

Pero, básicamente, un dirigente poderoso es una persona que, por las razones correctas, es creíble: no resulta absurdo esperar que la situación inesperada y crítica sacará de él lo mejor en cuanto a sensatez, carácter y visión. En este sentido, es razonable sentir que un liderazgo vigoroso, decente y amoroso es una especie de milagro, una bendición que nos compromete a no (volver a) dejar pasar la oportunidad de legar una sociedad mejor, o al menos, no peor que la que hemos recibido.

Pero la mención del poder también despierta, con razón, resonancias negativas, densas y oscuras. Son las que se asocian con situaciones en las que lo que prevalece no es la cooperación y la riqueza, sino la competencia, la desconfianza y, en última instancia, la violencia. En esta segunda acepción, el poderoso es una persona más bien temida que respetada.

Dispone, sí, de una variedad de recursos físicos, económicos, políticos o ideológicos, con los que consigue impulsar y consolidar intereses personales o sectoriales. Pero los efectos y los procedimientos de su accionar son hostiles, no construyen.

Hacia afuera, se caracteriza por su capacidad para presionar, obstruir, vetar, dominar, explotar, dañar, y, en el límite, destruir. Y, hacia adentro, se trata de un estilo de conducción tenso, cerrado al aporte creativo, receloso, incapaz de preparar (y, peor aún, de querer preparar) una sucesión saludable y ordenada. Obviamente, en el mundo real, el poder se constituye con una combinación variable de los dos aspectos, tanto del cooperativo cuanto del antagónico. Thomas Hobbes enseña que la ley, para proteger a los justos y pacíficos, debe contar con el poder disuasivo y coercitivo de la Espada Pública; de otro modo, sería sólo viento. Un padre responsable no debe ignorar los peligros de la calle. Y de modo recíproco, Platón advierte que hasta una banda de delincuentes tiene que respetar cierto principio de lealtad y justicia si quiere conseguir sus objetivos.

La pregunta en este punto es la de siempre: ¿por qué cuesta tanto encontrar ejemplos, históricos o contemporáneos, de un poder ejercido con un balance adecuado entre sus componentes benéficas y oscuras?

¿Por qué sucede tan a menudo que el poder institucional, que es poder confiado y delegado para proteger y estimular, se utilice en provecho propio y para dañar?

 El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente (Power tends to corrupt, and absolute power corrupts absolutely). ¿Por qué, en suma, nos suena tan obviamente sensato este célebre dictum de Lord Acton?

Media Folder: 

Una manera de ver las cosas, muy transitada por la filosofía, nos habla de que el orden armónico en los asuntos de los hombres, si bien es una posibilidad potencialmente contenida por su naturaleza, no es lo que ocurre con más frecuencia, porque a los hombres la armonía no se les da en forma espontánea. Ni al nivel individual, ni mucho menos al nivel colectivo. En la existencia de cada persona son muchas las variables a coordinar: aptitudes innatas, carácter, pasiones, prejuicios, hábitos, intereses, valores, creencias, la buena fortuna de un ambiente formativo adecuado, oportunidades, buenos ejemplos y compañías, etcétera. La integridad es tarea para toda una vida. Y en la dimensión grupal la escala del problema aumenta exponencialmente.

Tomemos el ejemplo de una orquesta sinfónica: se necesitan buenos ejecutantes en cada fila de  instrumentos, buenos compositores, directores, un teatro adecuado, buena administración, fondos, personal técnico, un público sensible y seguidor, espíritu de cooperación, valentía para apostar por la belleza en momentos difíciles. Todo puede fallar, o ni siquiera llegar a ocurrir para lograr la ejecución decorosa de una sinfonía.

Hay otro factor, demasiado humano, que conspira contra la convivencia próspera y amigable. Se trata de una asimetría fatal: somos seres muy vulnerables y muy conscientes de nuestro temor al dolor y a la muerte.

El precio que pagaríamos por confiar en la persona equivocada se nos presenta, habitualmente, como mucho más alto, y tal vez, irremontable, si lo comparamos con el beneficio que nos perderíamos por desconfiar de quien hubiera podido ser un buen compañero. En contextos de incertidumbre, el repliegue desconfiado suele aparecer como la única opción sensata. No obstante, es muy fácil notar que una sociedad en la que no fluyen el crédito, las inversiones, el intercambio respetuoso de pareceres, el gesto solidario o siquiera amable con el desconocido, es una sociedad con poca disposición al compromiso recíproco y con nula visión de futuro.

Podríamos decir, siguiendo con el talante hobbesiano, que las razones que hacen que la calidad en el ejercicio del poder siempre tienda a sus expresiones más pobres son las mismas que hacen que nos afanemos por generar y mantener instituciones. Los jefes son muy falibles por los mismos motivos por los que son muy necesarios. Si fuéramos sólo sabios y virtuosos, los gobiernos serían superfluos; si fuéramos sólo lobos y necios, serían imposibles e inútiles.

Hostilidad necia que obstruye la sensatez amigable. Productividad que no genera genuina riqueza. Poder sin autoridad. En términos moderadamente teológicos, y recordando el Eclesiastés, la question humaine es, eternamente, la soberbia. Esa manera obstinada de negarnos a reconocer lo mucho de vano que puede haber en cada uno de nosotros, y de proyectar el insoportable peso de nuestra nada sobre nuestros semejantes. Paul Kahn, un jurista de Yale, lo expresa con sencilla claridad: evil (el Mal, con mayúscula) es la respuesta fallida de los hombres que se desesperan al caer en la cuenta de su radical finitud.(1)

El hecho de no contar con reservas libidinales que les permitan afrontar la idea de la propia limitación genera la fantasía soberbia de que podrán ser señores sobre la mismísima muerte si, mediante violencia física o anímica, consiguen disponer a capricho de la vida y la libertad de sus semejantes. El Mal, según Kahn, es la “solución” (final) enloquecida del aterrado que, negado para el amor, sólo puede dedicarse a aterrar. Únicamente en la inmensidad del universo, no sabe agradecer, no conoce la dicha de caminar con un amigo, y entonces disfraza su indigencia espiritual simulando que ocupa el lugar de la majestad divina. “Evil makes us human”, ése es el motto de Kahn. Significa que, para aspirar a merecernos la humanidad tenemos que aprender a combatir las tendencias más aterradoras del poder, las que sólo saben construir miseria. El poder soberbio, así, aparece con claridad como una patología extrema de la soledad.

Algo de lo anterior, entiendo, resuena en el Preámbulo de nuestra Constitución Nacional. El Congreso General de representantes/dirigentes –creo que sugiere el texto– sólo será verdaderamente Constituyente si logra coordinar voluntades con miras a los fines superiores de la unión, la paz, la justicia y el bienestar general. Y si lo hace con vocación amorosa de futuro, en beneficio de la posteridad.

Para que la acción de ordenar, decretar y establecer no aparezca como un ejercicio tiránico de poderío por parte de quienes apenas ganaron una guerra civil, el texto se cura en salud, y entonces invoca, no reclama, la protección de Dios como fuente de todo lo bueno que está proponiendo que nos pase como Nación. Invocar, aquí, equivale a admitir que se quiere, pero que no se sabe con certeza; es una manera elíptica de dejar en claro el principio teológico-metafísico de que la soberbia deconstituye.

Ilustro estas notas compartiendo la honda impresión que me causó una experiencia reciente. Tuve el honor y la buena fortuna de ser invitado por un amigo al National Prayer Breakfast. Se trata de una tradición norteamericana que ya lleva más de sesenta años. Cada año, el primer jueves de febrero, a la hora del desayuno, se organiza una reunión nacional de oración en Washington D.C., coordinada por una comisión de senadores y diputados del Capitolio, a la que se invita a participar como oradores a personas de relieve internacional (Tony Blair, José Luis Rodríguez Zapatero, Teresa de Calcuta, por mencionar a algunos de los más recientes), y a la que asiste, prestando testimonio, el propio Presidente de los Estados Unidos.

El evento dura unos cuatro días en total, y reúne gente del país anfitrión y de todas partes del mundo, conectada según una idea que, en el fondo, es muy sencilla. Consiste en estimular la formación y la conexión en red de pequeños grupos de oración, conformados por personas que tengan algún tipo de responsabilidad política, social, sindical, económica, educativa, religiosa, etcétera. La invitación se hace invocando el nombre y la acción conciliadora de Jesús, pero no responde a ninguna pertenencia confesional en particular, y abarca personas de todos los credos, ocupaciones y regiones del planeta.

Me tocó asistir a exposiciones de dirigentes de Ucrania y de África, de Canadá, de Bolivia y de Suecia; conversé, en ocasiones protocolares e informales, con sacerdotes, operadores políticos, empresarios, académicos, médicos que sirven en zonas de alto riesgo, militares, funcionarios de organismos internacionales, trabajadores de organizaciones barriales, científicos. Me enteré de personas que propiciaron encuentros en zonas conflictivas como Medio Oriente, Ruanda,  Colombia.

Media Folder: 

La sensación era la de una Babel reconciliada, amistosa y jovial, con una concentración plural de conocimiento, experiencia, capacidad de gestión, vocación de servicio y buena voluntad que debe ser difícil de equiparar en otros acontecimientos. En términos de las reflexiones que ensayé al comienzo, el espíritu del mensaje del National Prayer Breakfast me parece que es algo así: nosotros, que habitamos uno de los centros neurálgicos del poder internacional, conocemos muy de cerca, porque hemos sido testigos directos, y porque la hemos experimentado en primera persona, la capacidad corrosiva del poder hiperconcentrado. Nos aterra, en consecuencia, imaginar lo que puede ser de cada uno de nosotros, y, literalmente, de todos los habitantes del planeta, si no extremamos los recaudos que resguarden a nuestro espíritu de las patologías de la soledad y de la soberbia.

La oración íntima y no ritual que practicamos y que invitamos a replicar, además de ayudarnos, como a toda persona, a sobrellevar las cargas de la existencia, tiene el enorme beneficio adicional de permitirnos saber que no estamos solos en nuestro ruego esperanzado por no padecer soledad y por estar a la altura de la tarea que desempeñamos.

Ahora bien. El poder es lo que es, y la ingenuidad negadora no ayuda a entender. Toda retórica institucional puede ser leída como manifestación de hipocresía. Las razones que hacen del Desayuno Nacional de Oración una tradición estimulante y digna de emulación son las mismas que podrían hacerla aparecer como propaganda sospechosa y autoindulgente. Pero el hecho irrefutable es que existe, como práctica colectiva instituida y sostenida en el tiempo. Los cochairs del evento son un oficialista y un miembro de la oposición, alternando cada año representantes y senadores; el propio Presidente tiene el compromiso moral de concurrir y exponer su capital de credibilidad, dando testimonio del lugar que tienen en su cotidiano la espiritualidad, el amor y la necesidad de mirar hacia lo más alto. Honrando lo más noble de la tradición liberal, en esa semana de Washington prima una lógica de lo imprescindible, que nunca debe aspirar a constituirse en garantía de lo suficiente. Se nos advierte, con sabiduría, sobre la infinita astucia de la necedad y de la soberbia. Por momentos, en ese evento me sentí un poco como en casa; igual que en el Talmud y en nuestro Preámbulo, me estaban invitado a invocar la protección de Dios como fuente última de toda razón y justicia.

(1) 1 Paul Kahn, Out of Eden. Adam and Eve and the Problem of Evil. Princeton, Princeton UniversityPress, 2007.

Revista Criterio
10 de Junio de 2016