“¡Eso no se dice!”


Silvia Ramírez Gelbes
Directora de la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés.
Alguien ha escrito que el decoro (el decus latino) se asocia, por un lado, a la decencia y, por el otro, a la moderación. De hecho, el decoro es una concordancia armónica –esto resuena en la palabra decorado– de propiedades dispuestas adecuadamente en relación con un determinado fin. Y, en términos sociales, se vincula con la prudencia en las relaciones entre los distintos participantes de una comunidad. El decoro discursivo, por ello, sugiere la utilización de ciertos términos y rechaza la utilización de otros.
 
Por otra parte, sostienen los que saben que, dentro de la religión primitiva polinesia –donde tiene origen–, el tabú es tanto lo más sagrado e intocable como lo prohibido e impuro. Su sentido compete al carácter maligno de lo sagrado, que castiga a los transgresores que tocan o pronuncian lo que está prohibido (“No tomarás el santo nombre de Dios en vano”).
 
Cuando los pueblos primitivos se ponen en contacto con sociedades más avanzadas, explica James Frazer en La rama dorada, esos tabúes comienzan a perderse socialmente, pero quedan de ellos vestigios en el rechazo a la utilización de determinados términos ligados –de algún modo– con esos objetos tabú. De allí que muchas de las palabras que no pueden pronunciarse en una comunidad o en una tribu denoten objetos que inspiran temor, rechazo o respeto, como los órganos sexuales y todo lo referido a ellos (actividades y consecuencias de esas actividades), algunas enfermedades graves o lo que se relaciona con la divinidad. O, también, que –en algunas sociedades– ciertos animales malignos a los que se les atribuyen poderes mágicos no puedan siquiera ser mencionados (hay quienes, entre nosotros, llaman “bicha” a la “víbora”, como si solo pronunciar su nombre atrajera algún mal). 

 

*Directora de la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés.

Diario Perfil
Silvia Ramírez Gelbes
10 de Julio de 2018