Esas raras palabras nuevas


Silvia Ramírez Gelbes
Directora de la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés

El mundo entero se ha vuelto nuestra casa. Nunca como ahora se han acortado las distancias. Sobre todo, las distancias lingüísticas. Quienes tienen un abono a cualquier proveedor de servicios de cable -por dar un ejemplo burdo- saben de qué hablo: muchos canales televisivos de distintos países llegan a nuestra pantalla en sus respectivos idiomas. Y Spotify nos acerca voces de los rincones más lejanos del planeta.

Por esas (y otras) vías se difunden palabras que, aunque extranjeras, empiezan a sonarnos familiares y terminamos usándolas. En alguna medida, he ahí la razón de que algunas personas crean que estamos sufriendo una cuantiosa invasión de palabras extranjeras, en particular, inglesas. Sin embargo, el fenómeno no es nuevo. Para nada. El español está plagado de influencias de distinto origen. Izquierdo y pizarra provienen del vascuence; zurdo proviene del gallego; almíbar, alhaja y almohada provienen -por supuesto- del árabe.

Es más. Sin ir muy lejos en el tiempo, y como bien enseña Yolanda Hipperdinger en su artículo `La incorporación léxica en español bonaerense. Valoraciones y usos de ´nuevos´ y ´viejos´ préstamos`, también en los últimos cien o doscientos años se suscitaron con otras lenguas situaciones semejantes a lo que ocurre hoy con el inglés. Como la internacionalización de la moda, que nos llenó de palabras francesas referidas a la vestimenta: corsé, bragueta, crochet, ribete. Y otras, ya más infrecuentes, como canesú, bies, evasé o tailleur.

PERFIL
Silvia Ramírez Gelbes
03 de Julio de 2019
Esas raras palabras nuevas