El futuro del trabajo, eje del debate global


Adrián Goldin
Universidad de San Andrés

La innovación tecnológica relacionada con la inteligencia artificial y la robótica ya impone cambios y tendrá consecuencias en el ámbito de las reglas que arbitran las relaciones en el mundo de la producción.

Parece evidente que los desafíos de la innovación tecnológica (la automatización, la inteligencia artificial, la robótica, la impresión 3D, la internet de las cosas, el machine learning, etc.) terminarán modificando el trabajo humano y el modo de tratamiento de las cuestiones normativas y sociales que se generan en su entorno. Intervendrán también en la construcción de ese nuevo modo de ser del trabajo ciertos fenómenos demográficos que se encuentran en curso (entre ellos, el envejecimiento de las poblaciones y las migraciones), y otros climáticos y ambientales, como el calentamiento global y sus efectos sobre el trabajo y la salud, las necesidades de preservar el ambiente, la demanda de "empleos verdes", etc. Esos fenómenos suprimirán empleos y alterarán de modo radical las ocupaciones que subsistan. Menos claro es si, como sucedió en oportunidades anteriores, los mismos factores que desplacen puestos de trabajo generarán otros en su reemplazo. Y aunque así fuere, cuáles serán los tiempos que insumirá ese proceso, cuáles, en tal caso, los que requiera la ineludible adecuación de la fuerza de trabajo y quién se hará cargo de los costos sociales, seguramente dolorosos, del tiempo de la transición.

Mientras tanto, hoy, en el marco de una creciente diversidad y atipicidad contractual de los vínculos laborales, sobresale desde hace algunos años la manifestación más "pujante" de aquella atipicidad: el desdibujamiento de los límites entre el trabajo autónomo y el trabajo dependiente, que deja a un número creciente de trabajadores al margen del sistema formal de protección del trabajo. Para tener idea cabal de la significación de ese proceso, conviene tener en cuenta que las nuevas formas de reclutamiento de trabajo humano -las del trabajo "a pedido" mediado por plataformas informáticas (como Uber, Cabify y otros), y otras como el crowdworking, que supone encomendar tareas por medio de esas plataformas en un nivel que no reconoce límites geográficos- tienden precisamente a servirse de ese particular espacio de atipicidad y consiguiente desprotección.

Y en la medida en que la protección social se encuentra aún hoy asociada al empleo dependiente cada vez más incierto, parece evidente que convendrá concebir nuevas formas de cobertura social que no estén en lo sucesivo determinadas por la situación ocupacional del trabajador. Se trataría de formas de universalización de la protección social, como los pisos de tutela que propone la recomendación 202 de la OIT y otros que se encuentran muy presentes en el debate en otras latitudes -no aún entre nosotros-, como el denominado IBU (ingreso básico universal) que el Estado proveería a todos sus ciudadanos, cualquiera fuere su situación patrimonial o laboral, y que consistiría en un importe fijo suficiente para asegurar su subsistencia.

LA NACIÓN
Adrián Goldin
10 de Diciembre de 2018