El desafío de gobernar con menos cash y expectativas


Diego Reynoso
Diego Reynoso

En los últimos meses la caída de los indicadores de aprobación de la gestión presidencial y de satisfacción con la marcha general de las cosas ha sido una constante. La pendiente desde octubre, el momento de la luna de miel poselectoral, ha sido el dato central de los análisis de opinión pública. Mes a mes hemos venido marcando ese declive en la encuesta de satisfacción política y opinión pública (#Espop) de la Universidad de San Andrés. De octubre a abril la aprobación del Gobierno cayó 20 puntos, ubicándose hoy en 46% frente a un 53% de desaprobación. La satisfacción con la marcha general de las cosas, también se derrumbó del 53% en octubre al actual 30%.

Explicaciones. Uno repite hasta el hartazgo, cuando le piden explicaciones acerca de esta caída, que los factores son múltiples: las iniciativas del Gobierno en materia previsional, tributaria y laboral; comportamientos pasados y presentes de los miembros del gabinete (depósitos en el exterior y maltrato a empleados personales, etc.); mal manejo de las situaciones de crisis (ARA San Juan, por ejemplo) y, desde luego, inflación, salarios y aumento de tarifas. Podemos agregar la incertidumbre respecto del precio del dólar, que en la Argentina es una manía. En diferentes momentos y de manera secuencial, todo fue contribuyendo a la situación presente. Un mix de errores evitables, por un lado, y de costo político propio de ejecutar la agenda de gobierno. Algunos opinarán que es necesario para corregir distorsiones, otros que es innecesario y solo refleja el interés del sector empresarial. Pero todos coinciden: el Gobierno no está en su mejor momento y la agenda de medidas no está alineada con los intereses mayoritarios, al menos en el corto plazo.

La caída de la aprobación del Gobierno se dio en todos los sectores sociales, pero en diferentes momentos y de manera secuencial. De octubre a enero, en medio de un diciembre caliente, la caída más importante se dio en los sectores bajos, que pasaron de 61% a 37% de aprobación. Mientras en los sectores altos el piso de apoyo siempre fue más alto, se verificaba una relativa merma (66% a 58%). En cambio, las clases medias se estabilizaban e incluso, la aprobación aumentaba (62% a 64%).

De enero a abril, en las clases bajas la aprobación se estabilizó alrededor del 38%. Las cuentas en el exterior de los ministros y los ajustes de tarifas no hicieran mella en un sector que ya de por sí es refractario al Gobierno. En las clases altas la aprobación al Gobierno mermó (de 61% a 54%), pero siempre manteniendo un piso elevado. Donde más se notó la caída de la aprobación del Gobierno fue en los sectores medios: pasando del 64% en enero al 46% en abril, según los datos de nuestra encuesta de satisfacción política y opinión pública (#Espop).

De este modo, la pérdida de apoyo fue escalonada, y diferentes factores fueron impactando en distintos segmentos sociales. Después de las elecciones la pérdida fue en los sectores más bajos y tenuemente en los altos, para caer este año en los sectores medios. James Carville y Bill Clinton acuñaron la celebre frase: es la economía…

Expectativas. Las caídas en la opinión pública son reversibles. En febrero-marzo de 2017 el Gobierno tenía un 46% de aprobación y la satisfacción con la marcha general de las cosas era del 38%. Seis meses después, estaba 20 puntos arriba en casi todos los indicadores. Historia reciente y archiconocida: ganaron las elecciones de medio término y expandieron el apoyo electoral territorialmente. Pero algo cambió desde entonces: las expectativas.

En las interacciones sociales, económicas y políticas, las expectativas de los actores juegan un rol central en la toma de decisiones. Las expectativas se forman por un mix de elementos: la reputación de los otros actores, los eventos previos, la información disponible, etc. La percepción de mejora o empeoramiento de la opinión pública en forma retrospectiva, es decir: mirando hacia atrás; así como la percepción de mejora o empeoramiento en forma prospectiva, i.e. mirando hacia delante, son indicadores de los cambios en las expectativas de la población.

Este es el dato más sensible de todos. Mientras en noviembre el 52% consideraba que el país estaba mejor desde la llegada de Mauricio Macri al Gobierno, en abril solo 29% sostiene esa percepción. A la inversa, la percepción de que la situación del país pasó de 27% a 46% en ese mismo lapso. Por otra parte, la percepción de que la situación del país mejorará dentro de un año pasó del 58% en noviembre al 35% en abril, del mismo modo que el pesimismo (i.e. la situación empeorará) pasó del 13% al 36%. En efecto, hay un quiebre en las expectativas que vuelve más incierta la posibilidad de recuperación del favor de la opinión pública.

Cash y expectativas. Se suele asignar a Néstor Kirchner la definición de política en términos de “cash y expectativas”. En otras palabras, que la estabilidad política (la gobernabilidad, ¡bah!) se logra con incentivos materiales e incentivos simbólicos que induzcan a percepciones positivas sobre el presente y optimistas sobre el futuro, nada que Mancur Olson no haya desarrollado en la lógica de la acción colectiva. Un delicado equilibrio entre pasado, presente y futuro. A comienzos de 2017 el Gobierno gestionaba mal el presente, pero muy bien el pasado y el futuro. Tuvo éxito. Justamente, en la actualidad la gestión del presente y del futuro son los puntos débiles del Gobierno, y no está claro que alcance solo gestionando el pasado. ¡Cash y expectativas!

*Politólogo, Conicet-Udesa.

Diario Perfil
Diego Reynoso
14 de Mayo de 2018