Diego Reynoso: Elijamos cómo elegir


Diego Reynoso
Elijamos cómo elegir

La simultaneidad de elecciones en distintos niveles (nacional, provincial, “municipal”) complejiza las elecciones, ya complicadas por la irrupción de las PASO y la aparición de categorías nuevas a votar. Hay que discutir la convergencia de las elecciones – y con ello la cantidad de actos electorales – y a partir de allí, elegir un mecanismo de votación que sea eficiente.

Como muy bien planteaba Julio Burman en este mismo medio, el sistema de votación actual (conocido imprecisamente como de “listas sábanas de partidos”) fue producto de un contexto histórico en el cual era imprescindible el monitoreo y fiscalización de los partidos. Los cambios políticos y tecnológicos que transcurrieron sobre todo en las últimas dos décadas del siglo XX y en la primera del XXI lo han vuelto un tanto obsoleto, lo ponen bajo sospecha e impacta negativamente en la confianza que tenemos en los resultados electorales. Decimos que en general el sistema de votación enfrenta un problema de legitimidad y sería esperable avanzar en una solución. Para ello habría que avanzar en términos técnicos – los que no necesariamente son neutrales – a los efectos de aumentar la legitimidad (credibilidad) de los resultados electorales.

Más allá de las posibilidades de control y fiscalización partidaria que algunas organizaciones no pueden garantizar, las elecciones al mismo tiempo se han vuelto cada vez más complejas, básicamente por dos motivos: por un lado, la irrupción desde 2009 de las PASO que multiplica y complejiza la oferta electoral y, por el otro, la aparición de nuevas categorías a votar (recientemente la elección de representantes en el Parlasur, tanto a nivel distrito único nacional como a nivel provincial). La multiplicidad de categorías a elegir demanda demasiados costos de información a los votantes y además complejiza el simple acto de votar en sí mismo. A su vez, la simultaneidad (o convergencia) de elecciones en distintos niveles (nacional, provincial, “municipal”) complejiza aún más las cosas. Veamos.

La convergencia o simultaneidad de las elecciones de diferentes niveles de gobierno (esto es, que se realicen el mismo día) reduce la cantidad de votaciones en años electorales, reduce el tiempo de campaña y mejora la capacidad de control sobre tales elecciones tanto por el hecho de que en elecciones convergentes conviven controles locales y nacionales como en la disponibilidad de la cantidad de autoridades de mesa y fiscales que es más fácil reclutar si las elecciones se hacen un solo día. Por otra parte, la convergencia de elecciones complejiza el voto (no es la misma información la necesaria para votar en un balotaje con dos opciones, que la necesaria para votar 7 categorías distintas con 6 opciones en cada una). Esto no sólo es un problema para el votante, ya que es extremadamente difícil y costoso estar informado para todas las categorías y sobre todas las alternativas, sino que también es un problema para los candidatos que compiten en las categorías en las que hay menor información. Estos últimos, si tienen una “buena boleta” que los respalde y arrastre suelen verse beneficiados, pero si un “candidato bueno” no tiene ese respaldo suele ser invisibilizado.

Planteado en el extremo: votar 7 categorías en unas PASO (por ejemplo en la Provincia de Buenos Aires en 2015) tiene a favor ser sólo una elección y una sola campaña, pero la forma más racional de reducir los costos de información y poder emitir esos 7 votos es recurrir a la boleta completa, lo cual en la mayoría de las veces puede implicar que no se sepa a quién se vota. Contrariamente, votar 7 veces en un año para que cada categoría tenga su propia elección implicaría, considerando PASO y balotaje, no menos de 14 elecciones en un año y potencialmente aún más (balotaje presidencial al menos). Como ejemplo de esto se previó inicialmente que los comuneros en la CABA se votaran en una elección independiente, pero con un piso de 4 elecciones en el distrito en el año (ahora 5 y potencialmente 6 si hay balotaje presidencial) haber despegado la elección de comuneros entraría en el orden de la campaña permanente y sostener movilizada a una organización fiscalizando y monitoreando las elecciones es extremadamente costoso para un partido, frente o alianza. Claro, el costo que pagamos al pegar todas las elecciones juntas es que no sabemos a qué comuneros votamos ni para qué.

¿Qué queremos decir con todo esto? hay que discutir la convergencia o simultaneidad de elecciones o no (y en el extremo la cantidad de elecciones) para entender la complejidad del voto y, a partir de allí, elegir un mecanismo de votación que sea eficiente. Hay dos caminos posibles y alguno que otro intermedio.

Si se opta por un camino de convergencia/simultaneidad tendríamos un número menor de elecciones, las campañas serían más cortas, la capacidad de control partidario mayor (caeteris paribus que existan partidos), pero el voto en sí se vuelve una decisión política compleja con un elevado costo de información dada la cantidad de categorías y, especialmente en las PASO, dada la multiplicidad de ofertas electorales. Pensemos en las PASO de la PBA con el sistema de voto electrónico aplicado en CABA. ¿Votar lista completa? ¿Cuál? Por ejemplo en el distrito de General San Martín había en el FPV 6 boletas completas distintas (dos opciones a gobernador por tres opciones a intendente/concejales). Por otra parte, si no se opta votar por lista completa hay que recorrer 7 categorías y elegir en la pantalla la opción preferida en cada una de ellas. Pensemos cuando hay aún más categorías (las 10 de Catamarca, por ejemplo) o distritos con ley de lemas o acoples (donde las ofertas partidarias se multiplican). No hay pantalla ni votante que resista y, a diferencia del voto con boleta en papel en el que se puede traer el voto armado desde la casa, el voto electrónico no permite llegar con un pendrive armado.

Hacer las elecciones no convergentes o no simultáneas (i.e. un día diferente para cada nivel de gobierno) implica, como este año en CABA, vivir de campaña – el sueño de todo politólogo que se precie de tal, pero la pesadilla del votante mediano -, debilita el control de las elecciones (tanto partidario por el desgaste de mantener la organización de fiscales, como gubernamental porque no se superponen los controles provinciales con los nacionales) pero facilita el voto y, a su vez, los mecanismos de lista completa o BUE (Boleta Única Electrónica como en Salta y CABA) resultan menos complejos de aplicar. En cambio, más simultaneidad o convergencia implicaría votos más complejos y dificultades para el voto electrónico o la/las boletas únicas.

Ahora bien, dado que este es un país federal, cualquier reforma profunda del mecanismo de votación debería operar sobre la lógica de leyes convenio que requieren altos consensos pero que a la vez garantizan las implicancias de la ley nacional a nivel provincial. Es decir, una ley que requiera el acuerdo de todos los distritos pero que además sea vinculante para ellos. Claro que, si toda reforma profunda requiere al menos una ley convenio, existe una opción extrema: votar menos veces. Casi sin excepciones en Argentina se votan los cargos ejecutivos cada 4 años en todos los niveles al mismo tiempo (salvo por Corrientes y Santiago del Estero que a nivel provincial han quedado “desfasadas” tras intervenciones federales) y los cargos legislativos por mitades (o tercios en el caso de los senadores) cada dos años.

La eliminación de las elecciones “intermedias” (eminentemente legislativas) permitiría que haya un año eleccionario cada cuatro y no cada dos o, mucho mejor aún, permitiría “desfasar” las elecciones provinciales de las nacionales, teniendo un año eleccionario nacional cada cuatro (presidente, Parlasur, diputados nacionales) y un año eleccionario provincial cada cuatro (gobernador, legislaturas provinciales, intendentes y concejales). Tal vez los senadores deberían ser electos cada 4 años pero convergiendo o en simultáneo con las elecciones provinciales.

De esta manera tendríamos años de elecciones locales con temas locales y discusiones locales, y años de elecciones nacionales con temas nacionales y discusiones nacionales de cara a reducir los costos de información que requiere el votante y simplificar el voto. La capacidad de control de las elecciones tanto nacional como provincial podrían converger en ambas situaciones (de nuevo, ley convenio que garantice la DINE en todas las elecciones) y tendríamos campañas relativamente cortas y concentradas. Y podríamos además implementar mecanismos de voto electrónico sin pendrive. Con menos categorías, con menos oferta, con menos “listas cortas”.

Claro que para eso se requiere una reforma de la Constitución Nacional y de algunas – si no todas-  de las constituciones provinciales. De todas maneras la CN requiere una revisión tras más de 20 años de convivir con la reforma de 1994. De hecho hemos tenido más democracia con la Constitución de 1994 que con la de 1957 y aprendimos más.

Pero como todo, hay que dejar de pensar en el 25 de octubre de 2015 y pensar con tranquilidad y tiempo a futuro para que los cambios no sean coyunturales y no impliquen un permanente cambio de reglas. Con o sin reformas constitucionales, lo que importa es mejorar la calidad de la democracia y para eso cualquier reforma de la forma de votación, central a la legitimidad de la democracia, requiere discusiones en un terreno que no implique cambiar de caballo a mitad del río. Ah! Y por cierto, organizaciones partidarias más estables.

(*) La nota fue escrita en coautoría con Federico Moughty - Licenciado en Ciencia Política (UBA)

 

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Diego Reynoso
02 de Septiembre de 2015
Ciencia Política