Alejandro Artopoulos: ¿Por qué los más críticos de los programas de educación formales son los emprendedores?


No hay que ser neurocientífico para darse cuenta de que la educación formal está en crisis. Hasta los amantes de las reglas mnemotécnicas y los dictados, hasta los más aplicados, no pueden quedar indiferentes a las más de 36 millones de views que hasta la fecha tuvo la conferencia TED más vista: "¿Las escuelas matan la creatividad?", de un tal sir Ken Robinson.

Claro que nada asegura que después de ver esta hermosa pieza de 19 minutos con 24 segundos traducida a 59 lenguajes todos respondan la pregunta de la misma manera.

Por alguna razón, dirigentes, políticos y funcionarios piensan que la creatividad es sólo para una minoría. Sólo los que están en la cresta de ola de innovación pueden aprenden de una forma diferente. Para el resto de nosotros, a callarse y a escribir el dictado. Para ellos, Picasso es un auto de generoso espacio; para nosotros, Pablo Picasso es el que dijo: "Todos los niños nacen artistas. El problema es cómo seguir siendo artistas al crecer" o "La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando".

Quizá los más críticos de los programas de educación formales son los emprendedores. Un buen emprendedor tiene en un currículum una carrera abandonada. En lo más alto del orden de mérito emprendedor está Steve Jobs, que ni siquiera tuvo el tiempo de elegir una carrera. Y así y todo fue invitado a la graduación de Stanford de 2005 para darnos una lección de vida. Sin embargo, los emprendedores de hoy sí terminan carreras, en algunos casos carreras nuevas, no convencionales. La innovación educativa está llegando.

Especializaciones y maestrías tradicionales se valoran por sus certificaciones, pero cada vez menos por sus contenidos y profesores. Sus largas horas de cursada, su enciclopedismo, su interminable sucesión de trabajos escritos, ya no son garantía de una formación adecuada. Una nueva corriente de innovación institucional está borrando la frontera entre lo formal y lo informal, entre los tiempos rígidos de la hora cátedra y los intensos tiempos personales, entre las rutinas y la variación, entre los lugares comunes y los no convencionales, entre el cara a cara del aula y el espacio de aprendizaje en la nube. ¿Cómo es la receta para que suceda?

Una vez le preguntaron a Massimo Bottura, el chef más galardonado de Italia y autor del libro Nunca confíes en un chef italiano delgado: ¿Se imagina qué gusto tiene el hambre? Y él respondió: "Yo siempre tengo hambre de conocimientos". Parece ser una buena receta.

Las mejores experiencias de innovación educativa como las escuelas Vittra, la USC Hybrid High School o la Universidad Centro se nutren de no matar el hambre de conocimiento mediante el aprendizaje flexible basado en proyectos con una currícula definida por docentes y alumnos. Sus docentes son profesionales reconocidos por sus obras y, ellos mismos, están deseosos de seguir aprendiendo.

Me hace acordar a lo peor que hace la escuela con nuestros chicos. No es el aburrimiento, sino la mediocrización.

Lo cierto que para poder nutrirse de conocimientos que llegan de lugares distintos y no convencionales hay que evitar la simplificación y abrazar la complejidad. Bajo una dieta variada de diferentes sabores de yogur cognitivo y una gimnasia del hacer para aprender y no viceversa. Debemos ser conscientes de que la mayoría de los conocimientos tienen fecha de vencimiento, que el único conocimiento que perdura es la capacidad de hacer y de formular buenas preguntas.

La Nación
14 de Diciembre de 2015