¿Quién resistirá cuando el arte ataque? Por Pablo Ansolabehere
¿Acaso gestionar en lo cultural no implica lidiar con burócratas, aprender a moverse en el barro -también turbio- de zona cultura, arriesgarse a salpicaduras de todo tipo sabiendo que es el único modo de mover las cosas, y salir a flote, con tierra en la cara, pero con la satisfacción de haber agitado, aunque sea un poco, esas arenas habitualmente tan poco movedizas?.

¿Qué es la gestión cultural?
La idea de gestión cultural inevitablemente me remite a “gestor”: palabra demasiado asociada para mí con un señor encargado de hacer trámites que uno no quiere o no puede hacer por sí mismo; al personaje (conocí más de uno, todos más o menos similares) se le agrega su condición de ex empleado de alguno de esos establecimientos burocráticos en los que despliega su arte, a fuerza de conocimiento del paño (que incluye una eficaz dosis de coima light). Unir esa imagen acuñada desde la infancia (y, por lo tanto, imposible de remover) con lo cultural siempre me resultó algo extraño. ¿Cómo imaginarme el maridaje de la gestión cultural con ese señor algo pelado, desaliñado, que prefiere las medialunas que regala y recibe a la vida saludable, y que repite siempre los mismos chistes condenados por el ex INADI? Y sin embargo: ¿por qué no?, ¿por qué no pensar la gestión de la cultura desde ese personaje? ¿O acaso gestionar en lo cultural no implica lidiar con burócratas, aprender a moverse en el barro -también turbio- de zona cultura, arriesgarse a salpicaduras de todo tipo sabiendo que es el único modo de mover las cosas, y salir a flote, con tierra en la cara, pero con la satisfacción de haber agitado, aunque sea un poco, esas arenas habitualmente tan poco movedizas.
Percepciones, investigaciones, preguntas e inquietudes
Dar clases en la maestría de Gestión de la Cultura implica un riesgo fascinante: es presentarse ante un público de saberes y experiencias de lo más diversos, que desafían nuestras certezas, nuestros esquemas resumidos en un power point que, apenas exhibido, amenaza con quedar obsoleto, fuera de lugar. En las clases muchas veces sucede que, desde su silla, una fotógrafa interviene y cambia nuestra mirada sobre el arte de la fotografía en un cuento de Silvina Ocampo o, desde otra silla, un abogado afina nuestra precaria lectura sobre la ley en García Márquez o, desde el fondo, una actriz nos ayuda a entender los complejos mecanismos de la farsa del amor en un cuento de Onetti. Cuando eso sucede, hay fiesta.
Una referencia
En los días de encierro que trajo la pandemia, me puse a leer El peregrino, de J. A. Baker. Por suerte tengo terraza. Ahí iba a leer todas las tardes esta historia, rara, bella, inclasificable, de un hombre que dedica muchas horas de su vida a seguir un pájaro migrante -el halcón peregrino- en un paraje de Essex. Mientras lo leía, una pareja de caranchos anidó en un pino inmenso frente a mi casa. Nuestros modestos halcones peregrinos, pensé. El libro me enseñó a mirar(los), y a intentar seguir su visión prodigiosa, a entender su vuelo alto circular y sus fulminantes zambullidas en el aire. A disfrutar de la destemplada y aterrante belleza de sus graznidos.
“Cuando el arte ataque”, de Spinetta, es una hermosa canción de desamor. Me gusta, antes que nada, por la música, pero también por el contraste entre las frases desesperadas de la parte A de la canción y el estribillo, que repite, insistente: ¿Quién resistirá cuando el arte ataque? La pregunta, en realidad, funciona más bien como una respuesta inesperada a lo anterior. La imagen bélica del arte como un antídoto implacable contra todos los males de este mundo. Manera de probar que la realidad es transformable.
Pablo Ansolabehere es docente, crítico e investigador especializado en Literatura Argentina, disciplina que enseña en la Universidad de San Andrés, en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de las Artes. Ha sido profesor en Wesleyan University y en University of Georgia. Es autor de los libros Homero Manzi va al cine (2018); Oratoria y evocación. Un episodio perdido en la literatura argentina (2012), y Anarquismo y literatura en Argentina (1879-1919), y de ediciones de Tablas de sangre, Facundo, Poesía gauchesca y Relatos populares argentinos. También ha publicado numerosos artículos sobre literatura en libros y revistas locales e internacionales. Es doctor en Letras por la Universidad de Buenos Aires.