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Diego Pando: ¿Y ahora qué hacemos?

"A diferencia de la extensa literatura sobre transiciones de régimen político, son escasos los estudios sobre transiciones de gobierno en América Latina. Empezar a abrir la caja negra de la transición presidencial es relevante porque, en un contexto de consolidación de la democracia en la región, cada vez son más las situaciones de cambios de elenco de gobierno", analizó el profesor de la Escuela de Administración y Negocios. La versión original de la nota puede verse aquí:  http://ar.bastiondigital.com/notas/y-ahora-que-hacemos

La posibilidad de alternancia en el ejercicio del poder es un rasgo propio de la democracia. Así, más allá de la configuración institucional que presenten, las democracias contemporáneas experimentan cambios en sus gobiernos en forma periódica. Ante un cambio de gobierno y especialmente, cuando se produce entre fuerzas políticas distintas, se dispara un proceso complejo e incierto, repleto de desafíos y riesgos cuya resolución satisfactoria será clave no solo para el final ordenado de la administración saliente sino también (y principalmente) para el éxito de una nueva administración.


Durante este período de transición se produce el traspaso de los asuntos de gobierno entre una administración y otra, se define la conformación del gabinete y de los colaboradores que acompañarán al titular del ejecutivo en su gestión así como la agenda del gobierno y las prioridades del comienzo de la gestión. Al mismo tiempo se negocian posibles acuerdos en el Congreso y se realizan las primeras reuniones con actores clave de la sociedad como sindicatos y grupos empresarios para conocer sus intereses.


A diferencia de la extensa literatura sobre transiciones de régimen político, son escasos los estudios sobre transiciones de gobierno en América Latina. Empezar a abrir la caja negra de la transición presidencial es relevante porque, en un contexto de consolidación de la democracia en la región, cada vez son más las situaciones de cambios de elenco de gobierno.


No obstante este vacío, las experiencias de transiciones relativamente exitosas realizadas durante las dos últimas décadas en Brasil, México, Chile y Uruguay dejan como lecciones el rol crucial de al menos dos instituciones sobre las cuales se puede apalancar el traspaso.


En primer lugar, el fortalecimiento del denominado Centro de Gobierno (institución no necesariamente establecida como tal que engloba a un grupo de áreas que prestan apoyo directo al Jefe del Ejecutivo en la conducción de la gestión del gobierno) tiene una función importante porque al ser la cúspide política posee información crítica y cuenta con una perspectiva amplia e integral para asegurar que la transición sea ordenada.


En segundo lugar, el servicio civil de carrera profesional y meritocrático desempeña una tarea central dado que ahí radica el núcleo de funcionarios con capacidad técnica y memoria institucional que trasciende los cambios de gobierno. Particularmente relevante en este servicio civil de carrera es la alta dirección pública por ser el estamento inmediatamente siguiente al nivel político y por el impacto estratégico que tiene su desempeño en la calidad de bienes y servicios.


En un contexto de problemas públicos cada vez más complejos y multidimensionales, ambas instituciones (Centro de Gobierno y servicio civil de carrera) tienen una proyección transversal sobre toda la administración estatal. De manera complementaria, estas instancias contribuyen a identificar prioridades y a elaborar diagnósticos sistemáticos basados en la evidencia para alimentar los procesos decisorios. Armados de equipos de transición, preparación de agendas de trabajo, elaboración de informes de gestión, auto restricciones para evitar comprometer en materia presupuestaria al próximo gobierno, cooperación entre la gestión saliente y la entrante, entre otras, son cuestiones que se procesan mejor con un Centro de Gobierno fortalecido y con un servicio civil de carrera basado en el mérito.


Pese a la revalorización del papel del aparato estatal iniciada en 2003, el hecho de que Argentina tenga todavía un largo camino por recorrer en el desarrollo de ambas instituciones hace que el proceso de transición presidencial dependa principalmente, una vez más, de la buena voluntad, sintonía y estilos de liderazgo de los nombres propios que la van a llevar a cabo.


Los 18 escasos e intensos días entre el 22 de noviembre y el 10 de diciembre serán decisivos para el final del gobierno saliente y el comienzo del entrante. Evitar que la gestión de la maquinaria estatal se vea afectada por la alternancia en el ejercicio del poder es el principal desafío.