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Marcelo Leiras: Scioli vs. Macri. ¿Qué país votamos?

"El 10 de diciembre asumirá un presidente que solo hizo política con cartas fuertes y mirando desde arriba. Y además, los dos fueron menemistas. Si Raúl Alfonsín imaginó su presidencia como el final de una época de golpes militares que había empezado en 1930, Carlos Menem quiso que la suya clausurara una historia de mercado interno cerrado y regulado que había empezado en la posguerra y terminado con 20 años de crisis financieras e inflación muy alta", opinó el director del Departamento de Ciencias Sociales. La versión original de la nota puede verse aquí:  http://www.rollingstone.com.ar/1839610-scioli-vs-macri-que-pais-votamos
El próximo presidente tendrá su general Bendini bajando el cuadro en la ESMA, su foto apoyado sobre el capot de la Ferrari Testarossa, su salida extraviada del estudio de Showmatch, su promesa de devolver dólares al que depositó dólares y su amenaza, lean mis labios, vamos por todo, por todo.

Con esas imágenes los editores de TV armarán el compilado de la presidencia que siga a la larga década kirchnerista. Nos van a recordar la música que escuchábamos, el aparatito novedoso que usamos por un tiempo, las redes sociales que todavía no habíamos abandonado. Pensando en esas imágenes vamos a lamentar haberlo votado o no.

Esta historia no se puede adivinar, pero votamos tratando de imaginarla. Observamos lo que pasa alrededor nuestro, interpretamos lo que los candidatos declaran, las fotos que se sacan, las alianzas que anuncian y, con todo eso, tratamos de identificar el país que menos nos disgusta entre los varios países imaginados que nos ofrece la campaña.

El pronóstico en 2015 es especialmente difícil porque ninguno de los principales competidores fue presidente antes. Sabemos algo de la provincia de Buenos Aires gobernada por Daniel Scioli y de la Ciudad gestionada por Mauricio Macri. Pero también sabemos que gobernar la nación es un enorme salto de escala. El balance de los años del Frente para la Victoria ayuda para orientar el juicio. La mayoría de los partidarios del gobierno votará por Scioli y Macri reclutará al grueso de sus votantes entre los opositores. Las estrategias de campaña de los candidatos han tratado de acentuar esta distinción, pero esa línea en la arena se borra en diciembre. Ahí empieza otra historia. Esperamos otra historia porque la trayectoria y las características personales de los presidentes influyen mucho en sus decisiones.

Macri y Scioli llegan al umbral de la presidencia luego de recorrer caminos muy distintos a los de Cristina Fernández. La política no fue su primera vocación de Macri ni de Scioli. Los dos fueron famosos antes de que se conociera su interés en ejercer cargos públicos. Macri presidió Boca y bajo su mandato Boca se cansó de ganar títulos. Scioli fue campeón de motonaútica.

La televisión nunca había transmitido en vivo carreras de lanchas antes de que corriera y no volvió a transmitir ninguna desde que Scioli abandonó ese deporte, pero hay montones de fotos y horas de video de sus triunfos off shore. Nos formamos ideas sobre sus caracteres porque fuimos testigos de los problemas personales graves que atravesaron. Scioli casi se muere y perdió un brazo en un accidente en una de sus carreras en el Paraná en 1989. A Macri lo secuestró una banda integrada por policías en 1991.

Ambos pudieron aspirar a ejercer cargos públicos porque reconocemos sus nombres, eran figuras del jet set, salían en revistas y porque recordamos episodios importantes de sus vidas. Pero no militaron: lo primero que supimos de sus vocaciones políticas fue su interés en ser candidatos y cada vez que se presentaron a elecciones lo hicieron encabezando listas.

El 10 de diciembre asumirá un presidente que solo hizo política con cartas fuertes y mirando desde arriba. Y además, los dos fueron menemistas. Si Raúl Alfonsín imaginó su presidencia como el final de una época de golpes militares que había empezado en 1930, Carlos Menem quiso que la suya clausurara una historia de mercado interno cerrado y regulado que había empezado en la posguerra y terminado con 20 años de crisis financieras e inflación muy alta.

Las presidencias de Néstor y Cristina Kirchner aspiraron a cerrar un ciclo con un Estado cercado por sus acreedores, forzado a desprenderse de sus recursos más valiosos y que con la esperanza de estimular el desarrollo económico adoptó políticas que solo consiguieron menos empleo, más pobreza y más desigualdad. Macri y Scioli no van a repetir las políticas de los 90 pero seguro no comparten la visión de la historia ni los propósitos políticos de los gobiernos kirchneristas.

Aunque Scioli sea el candidato del FPV, en caso de ganar llega con otro relato, inspirado en sensibilidades muy distintas de la celebración de la militancia, la nostalgia de los 70 revolucionarios y la política como epopeya. Macri y Scioli son distintos de Cristina, pero también hay un detalle crucial que los vuelve muy distintos entre sí: Scioli es peronista, Macri no. Scioli es peronista en el sentido de ser parte de un conjunto de organizaciones partidarias, movimientos sociales, sindicatos y redes de empleados públicos que acumula y reproduce su poder buscando el apoyo político y el voto de los sectores más pobres de la población. Scioli entró a la política con pulserita para el VIP pero se incorporó a una red de organizaciones que lo precede y a la que nunca abandonó. Esto no quiere decir que Macri haya empezado en el vacío.

El PRO cobija a dirigentes con largas trayectorias en los partidos de la derecha tradicional porteña como Federico Pinedo, heridos de la interna del PJ de la Ciudad como Cristian Ritondo, náufragos de la UCR como Daniel Angelici y miembros de organizaciones de la sociedad civil como Horacio Rodríguez Larreta, Laura Alonso y María Eugenia Vidal.

Con estos y otros fragmentos, Macri formó un partido que responde solamente a él. Scioli sería un presidente con muchos socios con vuelo propio: gobernadores, intendentes y secretarios generales de sindicatos. Esos socios le van a prestar apoyo si las cosas no van bien, pero a cambio de eso van a reclamar recursos, cargos e influencia sobre las decisiones. Macri, en cambio, sería accionista mayoritario de su presidencia pero, por eso, más dependiente de su popularidad personal y más vulnerable al éxito de sus políticas: aplauso cerrado de todo el estadio si le va bien y blanco de todos los silbidos si anda mal.

La idea de que el trazo grueso, la inspiración general de las políticas en una presidencia de Scioli serían muy semejantes a los de una presidencia de Macri no suena descabellada. Pueden proponer soluciones técnicas distintas para bajar la inflación o los subsidios, para arreglar la deuda todavía en default o ajustar las retenciones a las exportaciones, pero seguramente tanto en la política externa como en la exterior adoptarían posiciones más moderadas que las del kirchnerismo posterior a la crisis del campo.

En muchas áreas, uno y otro podrían recurrir a equipos técnicos integrados por personas con formaciones, orientaciones ideológicas y experiencias muy parecidas. La diferencia más importante radica en los apoyos con los que cada uno puede contar, el tipo de alianzas que pueden formar y las condiciones para mantenerlas en el tiempo. La condición de peronista es clave para armar esos apoyos. Tanto Scioli como Macri necesitarán del acompañamiento de personas y organizaciones que no dependen completamente de ellos: diputados, senadores, gobernadores, líderes de movimientos sociales, dirigentes sindicales, burócratas, miembros de fuerzas de seguridad. Ninguno tendría mayoría de legisladores fieles en ninguna de las cámaras y ambos necesitarán volver a marcar la cancha en sus relaciones con los jueces federales y con la Corte Suprema.

La pertenencia común al peronismo hace más fácil mantener unidos los fragmentos con los que se forman las coaliciones para gobernar en Argentina. Y, sobre todo, la red de organizaciones partidarias que responden a los líderes provinciales y municipales, sindicatos y grupos de empleados públicos de distinta jerarquía que componen el peronismo es tremendamente dominante en las elecciones y en las legislaturas. No hay redes de alcance equivalente del otro lado del espectro político. Por eso, la red peronista es socia de todos los gobiernos nacionales. Como ha dicho Eduardo Fidanza, sociólogo y director de la consultora Poliarquía, el peronismo es dueño de una casa de dos plantas: ocupa siempre la planta baja y a veces alquila el primer piso. A Macri se lo alquilarían más caro que a Scioli. La estabilidad, el éxito y la distribución de los premios y las cargas políticas de la próxima presidencia se definen en los términos de ese contrato de alquiler.