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Federico Merke: Brasil y tres lecciones para los emergentes

"El desafío sigue siendo transformar la riqueza nacional en poder estatal y esto demanda más de una generación", comentó el director de las licenciaturas en Ciencia Política y Relaciones Internacionales. La versión original de la nota puede verse aquí:  http://www.lanacion.com.ar/1840936-brasil-y-tres-lecciones-para-los-emergentes

En los últimos tres años Brasil dejó de ser una potencia media para convertirse en una potencia a medias. Con una economía en recesión, una moneda devaluada, un gobierno debilitado y una sociedad desencantada con sus políticos, Brasil mira cómo su proyección y su reputación globales se han debilitado. No hay que exagerar. Este no es el ocaso de Brasil, un país resiliente cuya identidad está puesta en la idea de que el futuro tiene todo lo mejor para ofrecerle a su pueblo. Lo interesante del caso brasileño son las lecciones que deja a los países emergentes del Sur global, ese vasto espacio marcado por la heterogeneidad política y cultural pero que persiste en su búsqueda de mayores niveles de desarrollo. La primera lección es que alterar la distribución de poder mundial es algo difícil de lograr en plazos intermedios. A China le ha llevado casi cincuenta años y sigue contando los días. Diez años de crecimiento sostenido, como los que vio Brasil, no son suficientes para incrementar la cuota de poder que un Estado posee.


El desafío sigue siendo transformar la riqueza nacional en poder estatal y esto demanda más de una generación. La segunda lección es que el llamado soft power, o poder blando, de los países en desarrollo no es suficiente para jugar en las ligas mayores y necesita ser complementado por el poder duro, económico o militar. Así, los Estados en desarrollo entran en el radar de la alta política por su presencia sustantiva en la geoeconomía o por su relevancia estratégica en la geopolítica. Brasil no mueve mucho la aguja en ninguno de los dos tableros. La tercera lección es que la diplomacia presidencial aumenta la reputación del gobierno pero no necesariamente la del Estado. Una buena imagen y un buen discurso son un buen comienzo en política internacional pero no son en absoluto la última etapa. Así, muchos confundieron el carisma y el juego diplomático sustantivo de Lula con el poder de Brasil. La cuarta lección es que para ser reconocido como líder, regional o global, hace falta invertir. Y esto cuesta mucha plata, algo que Brasil nunca estuvo dispuesto a reconocer.


El líder tiene que proveer cosas, desde crédito y ayuda hasta seguridad, o de lo contrario se queda sin seguidores. Por último, la política doméstica importa. Los péndulos económicos, la corrupción institucionalizada y las asimetrías internas de desarrollo humano son poderosos inhibidores para cualquier país que busque sentarse en la mesa chica del poder. Una mesa que resiste su ampliación y que demanda no solo buenas intenciones sino también buenos logros a lo largo de muchos años.