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Luis Alberto Romero: Una salida para el laberinto argentino

El Estado liberal, diseñado por la Constitución de 1853, coexistió con la concepción del Estado orgánico y soberano, anterior y superior a los individuos. La idea, arraigada en los juristas alemanes del siglo XIX y renovada a mediados del siglo XX por Jelinek, tuvo amplio predicamento en las universidades argentinas, sobre todo después de 1930", comentó el historiador y miembro de la Fundación Universidad de San Andrés (FUDESA). La versión original de la nota puede verse aquí:  http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/salida-laberinto-argentino_0_1454854519.html

Es común preguntarse por qué la Argentina no es un país normal, como Uruguay o Chile, y cuándo se torció su rumbo. Roberto Cortés Conde –un notable historiador de la economía– explora nuestro “laberinto”, aunque no busca ni una respuesta simple ni un culpable. Con la mirada en el contexto del mundo occidental, y especialmente el Atlántico, recorre la historia de este rincón rioplatense, desde los lejanos tiempos coloniales hasta el presente para proponernos algunas claves y, sobre todo, nuevas preguntas. Su texto se centra en la cuestión del Estado, considerada desde dos ángulos diferentes. Por un lado, desde los problemas de su financiamiento y los conflictos que se generan en torno de la distribución de la carga fiscal. Por otro, los analiza tomando la compleja construcción de su legitimidad, que conduce a las ideologías y a las creencias.


El problema fiscal se plantea desde 1810, cuando el embrión estatal desarrollado en Buenos Aires fracasó en su intento de retener el centro minero del Potosí, que hasta entonces financiaba al Virreinato del Río de la Plata. Desde entonces, todas las provincias rioplatenses dependieron de los ingresos de la Aduana de Buenos Aires, y la cuestión de los ingresos aduaneros dominó los conflictos políticos hasta 1860. Luego perdió importancia, en parte por los acuerdos constitucionales que nacionalizaron los recursos pero sobre todo por gran expansión económica, que abrió nuevas fuentes de ingreso para el fisco. Con la crisis de 1930, que afectó al sector agro exportador, reapareció el problema, solucionado en lo inmediato con una importante reforma fiscal y la creación del impuesto a los réditos. Pero a la larga se prefirió recurrir a la emisión monetaria y al “impuesto inflacionario”, más sencillo de aplicar, menos controvertido pero a la larga más destructivo. La misma función cumplió, más recientemente, el endeudamiento externo.


Para Cortés Conde, la negativa a discutir cómo se distribuyen los costos del Estado se vincula con otro desarrollo vicioso: la intervención estatal y la concesión de prebendas y rentas monopólicas a sectores privilegiados. Esta distribución arbitraria generó una enconada lucha sectorial por el favor estatal, que caracteriza a la moderna conflictividad social.


La cuestión de la legitimidad del poder también surge tempranamente, con el derrumbe del imperio hispánico en 1808. Por entonces, las revoluciones del mundo atlántico cuestionaron la legitimidad tradicional, fundada en la dinastía y el derecho divino, que fue reemplazada por la idea del contrato político entre individuos libres e iguales. Esta nueva legitimidad convivió y confrontó con otra que prolongó, a lo largo del siglo XIX, la idea de la soberanía monárquica, y se trasmutó en el siglo XX en la idea de conducción de quien encarnaba la voluntad unánime del pueblo. El autor relaciona estas ideas con concepciones contrapuestas del Estado. El Estado liberal, diseñado por la Constitución de 1853, coexistió con la concepción del Estado orgánico y soberano, anterior y superior a los individuos. La idea, arraigada en los juristas alemanes del siglo XIX y renovada a mediados del siglo XX por Jelinek, tuvo amplio predicamento en las universidades argentinas, sobre todo después de 1930.


El autor encuentra en los años del primer peronismo un giro importante. El Estado adopta una política inflacionaria, con la que financia su “clientelismo de masas”, fórmula que prefiere a “populismo”. Por otro lado, la práctica política fue construyendo de hecho un Estado orgánico, fundado en la unidad de conducción y de doctrina, parcialmente consagrado por la Constitución de 1949. Aunque luego se volvió al texto de 1853, las prácticas políticas de los militares y de los sucesivos gobiernos peronistas se ajustaron a esas ideas, así como a las prácticas de la inflación y el endeudamiento.


Ese es el hilo de Ariadna que explica el laberinto argentino y, a la vez propone una salida. Es sólo una indicación, en un ensayo de madurez, donde abundan las preguntas inquietantes y los desafíos polémicos.