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Silvia Ramírez Gelbes: De combatir a debatir

"A los argentinos nos prometieron un debate presidencial para el 4 de octubre en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Por primera vez en la historia, tal vez tengamos la oportunidad de presenciar una disputa verbal entre casi todos los candidatos a presidente. Y en vez de chicanas, carteles o carpetazos, las armas tendrán que ser los argumentos", expresó la directora de la Maestría en Periodismo. La versión original de la nota puede verse aquí:  http://www.lavoz.com.ar/opinion/de-combatir-debatir

Basta simplemente con ver un capítulo de Game of thrones o de Vikings para volverse consciente de que las disputas en el pasado se arreglaban a los golpes.


La lucha por el poder, del ser humano con el animal o del ser humano con el ser humano, dio origen a las armas (qué duda cabe) desde la remota Edad de Piedra. Y por entonces, también (eso creen algunos especialistas en el asunto), apareció el lenguaje hablado sobre la faz de la Tierra.


“Combatir” y “debatir” son vocablos primos, que provienen del latín y que se asocian por esa vía con la idea de golpear. Pero golpear de modos diferentes, porque los golpes del combate y los golpes del debate no corresponden a la misma dimensión.


El combate evoca la lucha cuerpo a cuerpo, las trincheras, las guerras sangrientas y las armas letales; evoca la lidia bestial con las fieras. Sólo se combate pare eliminar definitivamente. Y es este el empleo de “combatir” que admite un significado positivo: se combate la pobreza, se combate el desempleo.


Pero cuando se combate al enemigo, se evocan algunos de los sentimientos más primarios, como el miedo o la furia. Es que, de alguna manera, el combate contra el enemigo siempre evoca la barbarie.


El debate, en cambio, invoca la civilización y el razonamiento, la argumentación, las estrategias discursivas; la inteligencia, en suma. Invoca lo que probablemente más de humano tenemos los humanos: la palabra.


No puede dejarse de lado, desde luego, que la palabra facilita tanto el consenso como la polémica. Y si la polémica es un enfrentamiento, que lo es, actúa exclusivamente en el sentido de la contienda entre las ideas: no pone en juego el poder de la fuerza sino, antes bien, el poder de la razón. Porque en el debate no hay enemigos: hay adversarios.


Claro que se puede matar de manera simbólica con la palabra. Y que una disputa verbal tendrá muy probablemente un vencedor. Pero el golpe que se asesta en el debate no aniquila al contrincante; en todo caso, lo instruye y nos instruye también a los que lo contemplamos. Con el debate, a fin de cuentas, ganamos todos.


A los argentinos nos prometieron un debate presidencial para el 4 de octubre en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Por primera vez en la historia, tal vez tengamos la oportunidad de presenciar una disputa verbal entre casi todos los candidatos a presidente. Y en vez de chicanas, carteles o carpetazos, las armas tendrán que ser los argumentos.


No es poca cosa. En una de esas, con acné y todo, estamos empezando a superar la adolescencia política.