Verónica Dimant: Mischa Cotlar, la ética en un matemático que nunca traicionó sus ideales


“La ética se basa en que la existencia de uno y alguien diferente es una ilusión. Hay una sola vida. Todo lo que uno hace para otro lo está haciendo para sí mismo”. Mischa Cotlar, Ética y Ciencia, Universidad Central de Venezuela, 19/1/2004.

Mischa Cotlar fue la persona más coherente con sus principios que conocí. Este matemático autodidacta y de mente brillante se destacaba por su extrema humildad y por la profunda sensibilidad que demostraba hacia el prójimo.

Cotlar nació en 1912 y vivió hasta los 16 años en Ucrania, su país natal, en el seno de una familia judía. Asistió un solo año a la escuela primaria, pero adquirió su formación básica de la importante biblioteca de su padre, que lo incentivó por el amor que le transmitió hacia la música y la matemática. En 1928, emigró con su familia a Uruguay (“mi padre tuvo la intuición de que algo iba a pasar” con el ascenso político de Adolf Hitler, contó en una entrevista con Adrián Paenza). En Montevideo, debido a la complicada situación económica familiar, trabajó como pianista en bares nocturnos situados en la zona del puerto. Su padre, que era un hábil ajedrecista -aunque trabajaba vendiendo diarios en una esquina- ganó un torneo organizado por la Sociedad Uruguaya de Ajedrez. Así fue como conoció al matemático, y también ajedrecista amateur, Rafael Laguardia, a quien le presentó a su hijo. Laguardia, impactado por los resultados que había logrado Mischa en el área de Teoría de Números, lo invitó a participar de su seminario de estudio y, tiempo después, le ofreció el dictado de un curso de esa temática en la Facultad de Ingeniería, pese a que Cotlar no tenía título universitario (tampoco secundario y primario).

Mischa se mudó a Buenos Aires en 1935 tras los pasos del célebre matemático español Julio Rey Pastor. Ahí conoció a una estudiante rusa, Yanny Frenkel, con la que se casó en 1938 y que fue su compañera inseparable desde entonces. Ya dedicado al Análisis Armónico y el Análisis Funcional, comenzó a publicar sus resultados e instalarse como un referente en la comunidad matemática argentina. Sin embargo, la falta de un título le impedía la obtención de cargos académicos.

En 1950, viajó a Estados Unidos luego de recibir una beca Guggenheim que le gestionaron prestigiosos académicos. Allí fue admitido como alumno doctoral en la Universidad de Chicago. Tres años después, y con casi 30 artículos publicados, obtuvo a los 40 años su primer diploma: Ph. D. in Mathematics. De regreso al país fue profesor en la Universidad de Cuyo y años después  se incorporó a la Universidad de Buenos Aires (UBA) durante la conocida “época de oro” de la institución. Allí permaneció hasta que en 1966, tras “La Noche de los Bastones Largos”, renunció y tuvo que emigrar. Luego de desempeñarse en numerosas universidades de distintos países, a partir de 1974 se estableció en la Universidad Central de Venezuela, donde desarrolló una importante tarea en la formación de investigadores científicos. Sin embargo, periódicamente, y siempre que las condiciones políticas fueran propicias, regresaba a la Argentina porque consideraba al país como su hogar. “Toda la gente que encontré en el país me trataba de ayudar”, destacaba. Sus últimos años los pasó en Buenos Aires, donde murió el 16 de enero de 2007.

En su carrera se transformó en un activo promotor de la responsabilidad social de los científicos. En 1961, fue uno de los fundadores de la Sociedad Argentina por la Responsabilidad Social de la Ciencia. Durante el Congreso Internacional de Matemática de Estocolmo, en 1962, leyó una carta enviada por Bertrand Russell en la que instaba a los matemáticos a no cooperar con la industria bélica. Fue uno de los editores de Columna 10, una revista dedicada al análisis del impacto de la ciencia y la tecnología en la política internacional. En 1988, Mischa participó en la redacción del Juramento de Buenos Aires, un compromiso ético para el uso de la ciencia en favor de la paz y al que adhieren la mayoría de los egresados de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (UBA) cuando juran al graduarse. En sus últimos años de vida se abocó al Proyecto para la Preservación de la Unidad Ciencia-Ética, que depende de la Universidad de Córdoba.

Sus trascendentes investigaciones matemáticas le valieron importantes reconocimientos: Premio de la Academia de Ciencias de España (1950), Premio Waissman (Conicet, 1964), Premio Nacional de Ciencias de Venezuela (1984), Miembro de la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Argentina (1987), Doctorado Honoris Causa (UBA, 2001), Premio Domingo Faustino Sarmiento  del Senado de la Nación Argentina (2006), Premio Konex (2013 – post mortem).

La justicia, como principio moral que establece igualdad de oportunidades, derechos y obligaciones, guiaba no sólo su prédica habitual sino también su accionar cotidiano. Era vegetariano, incapaz de pisar una hormiga, donaba parte de su sueldo para becar estudiantes. También era humanista y pacifista.

Para él todos merecían aprender y eran capaces de hacerlo. Como docente, se entregaba con paciencia y dedicación; realmente disfrutaba transmitiendo su “amor por la matemática”. Podía tomarse el colectivo 37 a Ciudad Universitaria exclusivamente para, con 83 años, responder las consultas de un estudiante y terminar agradeciéndole tan efusivamente como si el consultante hubiera sido él.

Su pensamiento se basaba en la doctrina Pitagórico-Platónica, que propone que la abstracción de la Matemática es la manifestación de la Unidad de todos los campos del universo. Entendía que la ética y la ciencia tenían el mismo objetivo con aplicaciones a campos diferentes. Veía al otro como parte de uno mismo. Si bien respetaba la diversidad, se oponía fuertemente a la acumulación desmedida y a la violencia en cualquiera de sus formas. “Si uno necesita lujos y placeres excesivos es porque su interior está vacío aún”. No es sólo una de las frases que incluyó en el discurso que pronunció al recibir el Premio Sarmiento en el Senado: vivía con esa premisa.

Esa idea de la Unidad también aparecía en sus clases y en la forma de abordar y aportar a la ciencia. Según palabras del célebre matemático Alberto Calderón, “el trabajo de Cotlar tiene características singulares. Una es su penetración, que hace aflorar las profundas raíces y motivaciones de teoremas y teorías. La otra es la visión, que descubre vínculos y relaciones insospechadas entre temas aparentemente desconectados”.

Su hablar pausado, atento y paciente, su eterna sonrisa y la calidez de su mirada no disminuían en nada la firmeza de sus convicciones. Mischa Cotlar, el incansable militante de la ética en la ciencia, nos dejó un inestimable legado tanto científico como humano.

 “Se supone que el científico ama su ciencia, si no, no puede salir nada bueno. Y si la ama tiene que entender que la alianza con intereses militares destruye la esencia de la ciencia, a la vez que pone en peligro la vida del planeta”. Mischa Cotlar, Página 12, 25/9/2005.

Lunes, Diciembre 21, 2015