Volver al ejercicio de la prudencia


Por Ernesto San Gil, profesor en la Escuela de Administración y Negocios de la Universidad.

En los últimos tiempos atravesamos situaciones políticas, económicas y sociales en las que diferentes grupos pusieron a nuestra sociedad en riesgo de una innecesaria y evitable confrontación. Ello en pos de supuestos intereses superiores cuando, en realidad, sus acciones respondían a motivaciones sectoriales de corto plazo que, a poco de ser analizadas, resultaban contrarias al conjunto de la sociedad, incluyendo a esos grupos supuestamente beneficiados.

Frente a estas circunstancias, es momento de rescatar la prudencia como virtud, valor o fortaleza del espíritu. Ésta es la conceptualización que podríamos hacer, dependiendo del prisma con que se la mire. En cualquier caso, esta columna se refiere a la prudencia como el atributo que deberían demostrar los líderes para orientar su pensamiento a largo plazo, resistir los impulsos egoístas y guiar sus acciones de la vida diaria de un modo que muestre reflexión, determinación y sentido práctico. También para armonizar los múltiples objetivos e intereses que los guían, encauzándolos de forma coherente, razonablemente estable y minimizando los conflictos. En esencia, es la habilidad para tomar decisiones apropiadas en contextos cambiantes y complejos.

En el marco de este concepto, no son importantes solamente las cadenas de medios afines, como puede deducirse de los párrafos anteriores, sino especialmente la elección de los fines mismos.

A través de los siglos, el término prudencia se fue modificando desde significados elevadísimos como la phronesis aristoteliana -que podríamos traducir como sabiduría práctica- hasta la prudentia según Santo Tomás de Aquino. Sin embargo, llegó a adquirir un sentido mucho más acotado, como el que le dio el filósofo prusiano Immanuel Kant, que lo redujo a un interés individual precautorio. No es a esta última acepción a la que quiero referirme, sino a la primera.

Según Aristóteles, la sabiduría práctica no sólo implicaba una capacidad intelectual, sino una verdadera virtud. Sostuvo que phronesis abarcaba todas las virtudes: coraje, templanza, generosidad, magnanimidad, serenidad, humor y honestidad. Y que excedía el marco de lo personal, porque consideraba tanto la ética como la sabiduría práctica como los fundamentos de las ciencias políticas, como catalizadoras del resto de las ciencias orientadas al bien común.

Así, no son prudencia la cautela excesiva, ni la restricción autoimpuesta, ni la timidez, ni la complacencia ni la ausencia de espontaneidad. Tampoco es propia de una mente fría, calculadora e individualista. La prudencia incorpora la convicción en la acción y no su ausencia, y es aplicable tanto a la vida personal como al funcionamiento de las organizaciones y de la sociedad.

Las soluciones que demandan los problemas que enfrentamos requieren una visión de largo plazo, de reflexión activa, un planeamiento que amalgame el conjunto de objetivos que como sociedad debemos alcanzar, a la vez que flexibilidad y empatía para ponernos en los zapatos de los demás.

Los verdaderos líderes son aquellos que evitan quedar entrampados en la miopía del corto plazo, el interés individual o grupal, el dogmatismo, la inflexibilidad y la imposibilidad de ver el conjunto. La construcción de un futuro mejor para nuestra sociedad depende, entre otras cosas, de la prudencia y responsabilidad con que nos desempeñemos todos nosotros en la medida de nuestro alcance y desde nuestro lugar.
La Nación
27 de Diciembre de 2016