Un día en un MBA


La Universidad de San Andrés fue incluida en un artículo de la Revista Apertura sobre las nuevas tendencias en los MBA.

El jueves despertó nublado en Pilar. La luz, incisiva, de todos modos se cuela por los ventanales de marco negro que se repiten religiosamente en el campus que el IAE, la Business school de la Universidad Austral inauguró en 1998. El slide proyectado en el pizarrón anuncia de qué se trata la cosa: Big Data. Alumnos treinteañeros -cartelito en mano, con sus nombres- caminan por la escala de alfombra gris hasta apoyar mochilas y portátiles en los escritorios unidos de madera marrón claro.

"Párenme si no entienden algo", pide Martín Volpacchio, ingeniero agrícola y profesor en los claustros australes desde 2006. Y lo hacen tres manos alzadas, antecedente de lo que ocurrirá durante una de las clases electivas que alumnos del MBA, del Executive MBA y de otros masters de la entidad cursarán hasta el sábado. "Bueno, un tera sí saben...", da por sentado. "No lo des por obvio", retruca risueño, uno de los asistentes más añosos. "Big Data es volver a ser el almacenero. Las grandes corporaciones perdieron el control", pregona el profesor y pregunta: "¿Para qué sirve todo esto?". Por lo bajo, un alumno provoca las risas que empiezan a romper el hielo: "Para vender más".

En la anteúltima fila, una de las pocas alumnas mira hacia atrás. La coordinadora entiende: cinco minutos después, abre la puerta el asistente, con el micrófono corbatero en mano. "Hola, hola. Za, za. ¿Viste que hacen así?" dice Volpacchio, y continúa:"Lo más complejo es ver lo más obvio; la complejidad es la sumatoria de obviedades. Eso es Big Data". Laura, gerente de la filial paraguaya de un banco estadounidense, abre la puerta, haciendo rodar las ruedas de sus dos valijas de mano. No es la única que llegó a Pilar desde otro país. Sentado en uno de los jardines, aguarda Francisco Aguirre, con sus zapatos de cuero marrón y la cadena de oro colgando alrededor del cuello. Es ecuatoriano, de 34 años, casado, con dos hijos (de tres y un año), y arribó a principios de año para cursar la modalidad tiempo completo del MBA. "Vinieron todos", cuenta y recuerda que su hermano mayor ya lo había hecho tiempo atrás. "No pensé que sería tan intenso" agrega. No lo hizo financiado por ninguna empresa, sino por él mismo: ahorro y deudas. "Fue para dar un giro y tener visión amplia de a dónde quiero ir. Salgo con objetivos personales, no de la empresa", dice.

Se amontonan alumnos en los jardines, con el pasto cuidadosamente cortado, guiados por caminos de asfalto. Charlan animosamente tres de ellos. "Soy médico y uno va aprendiendo a los golpes, sobre la marcha. Y es momento de formalizar la cosa", dice Juan Manuel, recibido en la Universidad de Buenos Aires (UBA), director de las marcas de vacunas y antinfecciosos de un laboratorio con base en Nueva York. Esposo, padre de tres, cuenta: "Al principio fue durísimo". Pero las cosas cambiaron: "Ahora, lo manejo". Emmanuel, integrante de la petrolera G&P con todos sus compañeros en Neuquén, aprovecha que no estén acostumbrados a verlo todos los días.

"Hacer el MBA fue algo promovido por mi jefe. Tenía mucho aval", explica. El doctor comparte el diagnóstico. "Hubiese sido imposible, sin un sponsor interno que te banque", asegura. Los alumnos cambian el cielo por un techo, otra vez, y las paredes del aula se colman de dibujos con trazos de nenes hechos por grandes. "Es muy familiero, fanático del motocross", describe Santiago a la versión de sí mismo que boceto. "¿Estás conforme?", le pregunta Carlos el profesor. "Sí", responde el caracterizado. Durante el recreo, explica: "Se trata de una simulación. Hay que pasar la mañana conociéndose". Tras la introducción, los alumnos comenzarán a trabajar sobre un caso en grupos traído de la escuela de negocios francesa Insead, una de las más reconocidas del mundo: un hotel de lujo en una isla del Caribe cerrará y 300 personas quedarán en la arena. "La metodología se llama group relations. Viene de una clínica de Londres. Se implementó después de la Segunda Guerra, para medir el impacto en las personas y las organizaciones", comenta. "Se aplica el psicoanálisis en ellas. Se hace durante 15 días y sale todo a la luz" agrega. Aunque será aplicado durante tres jornadas varios saldrán mojados. "Queremos ir debajo de la superficie, mostrarles los cocodrilos que están ahí, de los nadie habla. Queremos prestarle atención a esto para incrementar el nivel de la inteligencia emocional".

Las temáticas infantiles continúan. Esta vez, en legos con diversas formas: elefantes, tigres, helicópteros. La clase es Digital Business Transformation. "Hay una cantidad de tecnología que converge. Y no estamos hablando de Amazon, de digitales naturales, sino de la mayor parte de la tecnología: empresas tradicionales a las que les cambiará el modelo de negocio; las dará vuelta", explica Marcelo Pancotto, quien, minutos antes, escuchó a una de sus alumnas presentar "Movers", una plataforma que buscará convertirse en el Uber de los motoqueros: reclutará a independientes para que lleven paquetes vendidos y comprados mediante sitios de e-Commerce. "Pero si aplico tu modelo, le saco el negocio a los tres supermercados de Reconquista", le comenta uno de sus compañeros.

Aguardan sobre la mesa aviones, helicópteros y cuadrúpedos sin forma, hechos con bloques de Lego. "A partir de las teorías de constructivismo, se hacen prototipos y se aplican en el desarrollo de estos proyectos", comenta Luis Dambra, profesor titular de Dirección de Operaciones y Tecnología del IAE. En una mesa próxima, aguarda, en un tela, un modelo Canvas, sobre el cual se posarán los legos.

"Favorece la creatividad. Hay conexiones, interdependencias", explica. Después de todo, no están ahí para jugar.

En un aula del primer piso del Campus de Victoria alumnos del MBA de la Universidad de San Andrés (UdeSA) asisten al primero de los tres encuentros del Seminario de Autoconocimiento que los recibe, en el pizarrón, con una frase: "Sé tú mismo. Los demás puestos están ocupados". Al frente del salón, está, de pie, el profesor Gastón Morales. Viste un saco azul pinzado, jean oscuro y zapatillas. Se presenta ante la audiencia y explica que, durante sus clases, aprenderán "Neurociencia para el lunes a las 9 de la mañana". "Vengo del mundo real. No de laboratorios. Trabajé en el mundo donde lo hacen ustedes", enfatiza. Luego, resume brevemente su trayectoria y pone ejemplos de situaciones que le tocó vivir en corporaciones. La clase empieza y Morales lanza una pregunta: "Quiénes tienen gente a cargo?". Más de la mitad de los alumnos levanta la mano. Hay administradores de empresas, economistas, contadores e ingenieros. Pero, también, politólogos, arquitectos, abogados y agrónomos. Todos, atentos a recolectar las herramientas que los llevarán a un cargo directivo, a desarrollar un emprendimiento o, simplemente, a ayudarlos en sus decisiones diarias. Entre ellos, el perfil de Ramiro Roballos llama la atención. Con 29 años, su currículum enuncia que es licenciado en Composición recibido en la Universidad Católica Argentina (UCA) y director de Orquesta, de la Universidad Nacional de la Artes (UNA). El año pasado, su esposa y él abrieron una escuela de música y tuvo la necesidad de entrar al MBA para sumar más conocimiento de administración y gestión. "Buscando préstamos de bancos, me di cuenta de que no entendía nada. Quise pedirle una mano a mi padre, que es economista. Pero pensé que mejor era volver a estudiar. Dos semanas después, ya estaba en la entrevista con el director", narra cómo terminó en ese lugar. Por su personalidad, la rutina lo aburre. Se describe como una persona muy racional, que volvió al aula en busca de recursos para unir sus dos pasiones: la música y el emprendedorismo. "Para armar el conservatorio, me tiré a la pileta: vendí mi departamento de soltero, gastamos nuestros ahorros y nos endeudamos. Pero, en un año, ya tenemos 13 profesores y 110 alumnos. Busco un equilibro entre disfrutar y trabajar". Mientras la clase continúa con el análisis de la teoría de Gustav Jung y avanza sobre el estudio del cerebro, en la primera fila, toma apuntes con su computadora Joaquín Ferrario. Administrador de empresas, trabaja en supermercados Makro desde hace ocho años como jefe de Tesorería. Relata que, luego de vivir una situación personal complicada, decidió dar un giro. "Quería hacer algo para diferenciarme y no ser uno más. Dar un salto de calidad personal y laboral". Explica que, a principio de año, le planteó a su jefe la posibilidad del MBA y que la empresa decidió apoyarlo financieramente. Cursa los viernes y sábados. Asegura que uno de los motivos por los que eligió la UdeSA fue porque pensaba que era el lugar indicado para armar una buena red de contactos. Ferrario, quien se sentía "estancado" a nivel laboral, hoy, hace foco en el posgrado para alcanzar una posición gerencial en su trabajo.

Los flashes encandilan la atención de unos cuantos. "Hagamos de cuenta que no están", pide Gustavo Genoni, quien proyecta un Excel para su clase Finanzas Corporativas, dictada en el MBA part-time de la Universidad Torcuato Di Telia (UTDT). "Vamos a cappella. Hoy, no hay micrófono", dice y da indicaciones: "Saquen sus computadoras. File, option, formula, manual. ¿Me siguen? No quiero ser muy tedioso". Un rezagado ya pregunta: "Archivo y... ¿formula?". Los alumnos apoyan las carpetas rojas de doble anillo que les entrega la universidad, en las que aparece el trabajo del día: un caso de estudio de la universidad Adolfo Ibáñez de Chile, en el que un socio accionista debe vender su parte en la compañía y decidir hacerlo con o sin producción.

"¿Qué problema tiene Don Rubén?", pregunta Genoni. Anabella, una de las alumnas, responde: "Si vende o no la empresa y en qué momento". El profesor asiente y comienza a buscar la atención de sus estudiantes, después de un día atareado. "Gran sorpresa: para vender una empresa, tengo que saber de Marketing, algo de operaciones, estrategia" dice. Luego, pronuncia su propia ley de las 4P de la ciencia que vende: "Precio, producto, promoción...", enumera. "... y pristribución", concluye. El último ítem, también, es conocido como "Punto de venta". Suena un celular. "Le bajé el volumen hasta cero", se excusa el profesor. Cuchichea Gabriel, quien viene desde MercadoLibre. Escribe códigos con su Macbook Pro, en donde abrió el WhatsApp para escritorio, aunque, a veces, chequea su iPhone 6 plateado. Algo más desconcentrado está su compañero Carlos, empleado de Oracle, quien hace algunos minutos contesta mails en su outlook. "Acordemos un escenario", pide Genoni para el que estipula una venta de 1950 unidades. "Gabriel ¿puedo ir para allá?", pregunta Pablo, ingeniero Mecánico quien se siente cómodo con la materia dictada. "Lo hago por gusto. Uno tiene una visión dura", dice acerca de sí mismo, para, luego, hablar del MBA: "Te abre la cabeza. Las materias blandas son algo nuevo". Ingeniero pero Industrial (UBA), Mariano (28) lo mira desde el otro extremo de la sala. "Hay cosas que vi en la facultad y me parecían puro humo. Pero, ahora, veo que se aplican para gestionar compañías. Estoy contento", comenta. Trabaja desde hace poco en Despegar.com. Decidió pagarse el programa él mismo, a pesar de que en su empleo anterior lo habían tentado con abonarle el programa.

"No se intimiden. Pongan cara de que están pensando", repite Genoni. Aclara: "No toquen nada que no sea celeste", refiriéndose a las casillas del Excel. Carlos, por fin, deja el Outlook y, con las manos en sus mejillas -expresión de cansancio-, recién, comienza el ejercicio. Más animada con el tema está Susana, licenciada en Administración, con un posgrado en Marketing, quien llegó a Buenos Aires desde Uruguay a cursar el programa, de dos años. "Vine sin mucho plan de qué hacer después. Esto aporta una visión más amplia de las cosas. Es un grupo muy diverso, con el que se ven diferentes maneras de resolver lo mismo", afirma. Sin tanta tranquilidad, Genoni apura: "Nos pasamos cinco minutos. Cuando vuelvan a una empresa, será más difícil". Y da los últimos consejos antes de que los alumnos presionen F9 y se llene con números la casilla "Flujo de fondos", lo que cerrará el ejercicio. Algunos teclean. Pasan las 8 de la noche. El profesor devela el secreto: "No es el examen. Pongan un número, que funciona igual".

“A ver si me hicieron los deberes para hoy", empieza su clase de Persuasión Alejandra Falco, en la Universidad del CEMA (Ucema). Pasan unos segundos en silencio hasta que el primer voluntario levanta la mano y cuenta su caso. La tarea consistía en poner en práctica la teoría vista en clase sobre relaciones de trabajo. Uno a uno, los alumnos dan ejemplos de conversaciones que tuvieron con sus compañeros de oficina o con algún proveedor.

"La semana pasada, tuve que presentar opciones de presupuestos para una máquina nueva que necesitamos en mi sector", explica María Belén Viaggio alumna de segundo año del MBA, y relata las estrategias que usó para que el contador del establecimiento en el que trabaja aprobara el equipo que ella quería. Viaggio es médica neuróloga y trabaja en el Hospital Milstein, en el instituto Cemic y, además, atiende en su consultorio particular. Con 22 años de profesión, se cruzó con la oportunidad de acceder a un cargo directivo dentro del Cemic, para el cual sintió que necesitaba conocimientos a los que no había accedido en la Facultad de Medicina. Por recomendación de una colega, y no sin antes plantearse muchas dudas y miedos, decidió volver al aula, esta vez, para hablar de balances, facturación y estrategias comerciales, un lenguaje nuevo para ella. Tras un examen de ingreso -para el que se preparó con un profesor particular de Matemática- entró al MBA y hoy, es jefa de Neurología. "Me presenté al concurso cuando estaba en primer año y creo que fue un diferencial", dice, en relación al aporte que ya hizo el master a su CV. Añade que, desde la institución, la ayudaron con el 50 por ciento del costo y se mostraron entusiasmados por recibir ese pedido de un médico, que no es lo más común. En una de las aulas hay graduados en carreras de negocios. También, arquitectos y politólogos.

Al igual que sus compañeros, Viaggio asegura que manejar el estudio con la profesión y la vida familiar requiere, muchas veces, hacer malabares: "Tengo tres hijos y tuve que organizarme mucho. Se necesita disciplina, en especial, porque tengo que estudiar más que otros porque todo es nuevo para mí. Resigné los fines de semana para leer y juntarme a hacer trabajos prácticos".

La clase sigue y, por la ventana, se ven los autos de la avenida Córdoba. Es miércoles por la tarde y los alumnos visten ropa de oficina. Hay pocas mujeres: nueve, entre 30 participantes. El diálogo continúa. Cada uno cuenta cómo intentó poner en práctica los tips para mejorar las relaciones de trabajo que compartió la profesora la semana anterior.

En el aula de al lado, la materia es Estrategia y Diseño Organizacional. Sergio Pernice, uno de los directores de la maestría, habla sobre Friedrich Hayek e intenta bajar a la realidad argentina los conceptos de ese premio Nobel de Economía. El debate se enciende enseguida. Entre los asistentes, está Bruno San Juan. Tiene 38 años es administrador de empresas (UBA) y trabaja en Telefónica. Explica que llegó al posgrado a través de un programa de becas que ofrece la compañía al que se postuló que, además de financiar parte del curso, le permite dedicarle los viernes. Lo que más le sorprendió, dice, es la capacidad práctica del MBA. "Durante la carrera, no pude canalizar tan bien como ahora lo que vemos en clase. Además, enriquecen mucho las ópticas que tus compañeros pueden aportar. Las discusiones son muy ricas porque todos vienen de diferentes lugares", rescata.

A su lado, está Hernán Mellone, un bioquímico que es director de Operaciones en una farmacéutica. "Crecí en posiciones, hasta la que tengo ahora. Y la verdad es que me faltaban herramientas para entender mejor el negocio. Tomaba decisiones más por instinto que con fundamentos. Hoy, veo un beneficio directo: tengo un nivel de entendimiento totalmente diferente a cuando entré", analiza.

Por las materias optativas, que se dictan durante el segundo año del MBA de la Ucema, pasan alumnos de todas las modalidades, quienes destacan la posibilidad de armar a medida un esquema de horarios que les permite adaptar los días de cursada a su grilla de trabajo. Flexibilidad es, aquí la palabra que todos valoran.

Nota del editor: la anterior es una versión digitalizada del artículo publicado en la edición especial “Guía de Posgrados 2017” de Revista Apertura.

Revista Apertura
14 de Noviembre de 2016