Patricio Nazareno: De bandas, bastones y traspasos


Los argentinos nunca nos hemos llevado bien con los símbolos de poder. Esto fue así desde el inicio: apenas meses habían pasado de la Revolución de Mayo cuando un militar alcoholizado no tuvo mejor idea que ofrecerle una corona a Cornelio Saavedra, presidente de la Primera Junta y por ende máxima autoridad gubernamental del país, y brindar por él a título de monarca. Aunque estas provincias acababan de dejar de ser parte de un reino, el espíritu republicano de Mariano Moreno reaccionó con fiereza en el encendido texto del Decreto de Supresión de Honores (1810): aquello no tenía lugar en una tierra de iguales.

A pesar de esta tradición austera e igualitaria, algunos símbolos de poder todavía persisten, en particular la banda y el bastón que componen la pompa presidencial. Pueden gustarnos o no, pero nadie duda de que su fundamento sea republicano: es el pueblo el que elige a quién investir como líder.

Pero, ¿cuál es el sentido de esta simbología de los atributos? La Constitución dice que se es presidente desde la jura ante la Asamblea y ni siquiera los menciona. En la era de la comunicación visual, además, cuando todos conocemos la cara del presidente, poco sentido tienen como atuendo distintivo.

Hay algo, sin embargo, en lo que sí son muy trascendentes: para simbolizar un traspaso pacífico y legal de la autoridad, en aquiescencia de la voluntad popular. Es parte del respeto por la regla de la democracia: que nuestras disputas para determinar quiénes ejercerán el poder estatal deben circunscribirse al teatro electoral, en donde el pueblo es el único que puede decidir. Cuando dos presidentes legítimamente elegidos —saliente y entrante— se traspasan el mando, están suscribiendo el mensaje de que el valor de la democracia —es decir, el respeto por el pueblo como único soberano en última instancia— está por encima de toda puja política coyuntural y de su resultado.

Ello es especialmente crucial cuando el pueblo decide cambiar el color partidario del gobierno; lo que es a su vez particularmente sensible en Argentina, donde hemos sido bastante ineptos para canalizar este tipo de desacuerdos por vías pacíficas y democráticas. Son contadísimas las veces en que esto ha ocurrido en los últimos 100 años.

De Hipólito Yrigoyen a hoy, 19 presidentes elegidos por el voto han asumido el cargo. Debido a nuestra conflictiva historia, plagada de golpes de estado, en seis de estas ocasiones los electos asumieron luego de un gobierno de facto, por lo que no hubo traspasos.

A su vez, en tres de las 13 asunciones presidenciales regulares es impropio hablar de traspaso, ya que se trató de reelecciones donde el mismo presidente inició un nuevo mandato (1952, 1995 y 2011). Por ende, en 100 años hubo solo diez traspasos.

Sin embargo, seis de ellos fueron traspasos de continuidad, políticamente más parecidos a una reelección, donde el gobierno saliente logró imponer un sucesor de su mismo partido. Así, hubo traspasos entre radicales (1922 y 1928), entre conservadores (1938), y entre peronistas (1973, 2003 y 2007).

Esto quiere decir que solamente en cuatro oportunidades en un siglo un cambio político pudo instrumentarse en un traspaso de mando constitucional. Una de ellas tiene 99 años (1916): es la asunción de Yrigoyen, el primer presidente electo con la apertura democrática de la Ley Sáenz Peña. Las restantes son de esta era: el de Raúl Alfonsín a Carlos Menem (1989) —donde elegimos hacer la vista gorda a la irregularidad del traspaso (por ser anticipado), ya que era la primera vez que había uno en 50 años—, el de Menem a Fernando De la Rúa (1999) y el del pasado jueves.

La foto que faltó de Cristina y Macri en el traspaso causó tristeza. Pareció una oportunidad histórica perdida —y nunca hemos tenido muchas— para confirmar que somos capaces de canalizar nuestras disputas de manera adulta y civilizada en un marco de institucionalidad democrática.

Hay quizás un solo error que jamás puede perdonársele a un presidente: nunca debe olvidar quién es su verdadero jefe.

23 de Diciembre de 2015