José Luis Galimidi: Presencia y persuasión


En los encuentros humanos aparecen ocasiones muy especiales en las que se juega algo que involucra seriamente a una o a ambas partes de la relación. Conforme aumenta la importancia existencial de la situación, gana relevancia la capacidad persuasiva y perceptiva de las personas comprometidas. En momentos decisivos, la destreza comunicacional es una virtud invalorable.

La persuasión, en general, consiste en tratar de que nuestro semejante nos crea y que acepte nuestra propuesta de manera voluntaria. Mirada con atención es una acción compleja, rica en variantes. Puedo tratar de decirle a mi interlocutor, o a mi público, que sé lo que quiere y que se lo puedo ofrecer a un costo razonable, material o simbólico. Es una persuasión que se pliega a la demanda como en una licitación o en una audición. O puedo, en cambio, ubicarme en una posición de experto y hacerle notar al otro que sé lo que necesita o lo que le conviene preferir, y entonces se trata de aconsejar –como un consultor- o de prescribir –como un cirujano. Desde el punto de vista de los intereses puedo tener un ánimo estratégico, autocentrado, y entonces ejerzo el arte de la persuasión como un recurso más para optimizar mis beneficios.  El límite para la persuasión estratégica es el respeto a la dignidad del –neologicemos a gusto- persuadiendum. Sin escrúpulos, el engaño y la manipulación nos conducen al territorio indigno de la estafa o del terrorismo. Y todavía en el mundo de los intereses puede predominar un espíritu responsable; para el dirigente decente, el éxito del acto persuasivo resulta en un beneficio sustantivo para sí,  para su público y para el colectivo que los integra.

La ocasión persuasiva intensa, por lo general, se da cara a cara y en tiempo real. La propuesta romántica, la directiva militar, la conducción sinfónica son algunos de los ejemplos más obvios. Son situaciones muy delicadas que exigen una sensibilidad escénica muy fina. En el momento crítico hay, casi, una sola manera adecuada de hablar, de mirar, de respirar, de pausar, de mover las manos, de estar parado, de encontrar la distancia óptima. Afinar con la voz y con el cuerpo es un don, un estado de gracia que se conoce como “tener presencia”. Indica que el protagonista está perfectamente al tanto de la importancia del asunto y que, asimismo, sintoniza sin distorsiones con el estado de ánimo de su interlocutor. La presencia y el tono justo ratifican y enriquecen el contenido del mensaje; la distonía del cuerpo que habla, por el contrario, lo perturba y hasta lo desmiente.

En este sentido, el último tramo de la campaña presidencial presenta problemas de persuasión responsable casi irresolubles. Ambos candidatos están comprometidos con un conjunto de exigencias, arduas de por sí, y de conciliación recíproca altamente improbable. Tienen que mostrar que escuchan y aprecian las demandas segmentadas del electorado y de los diferentes, y legítimos, grupos de presión. Pero también tienen que exhibir visión y liderazgo apoyados en una tabla de preferencias sensata y firme. Necesitan presentarse como personas preparadas y templadas en el ejercicio del poder, pero a la vez deben evitar cualquier gesto temerario que los acerque a la soberbia. Deben aparecer razonablemente sinceros pero no deberían simular que son transparentes. En otros términos, se las ven con la cuestión inmemorial de la democracia: complacer para reclamar el derecho de mandar.

Esperar que Mauricio Macri y que Daniel Scioli encuentren en estos pocos días anteriores a la segunda vuelta la presencia y el tono justo es una exigencia inhumana para ellos y para nosotros, su electorado. Pero podría haber un second best. Seamos serios, receptivos y sensatos; seamos un buen público para su escena final de persuasión. Hagámosles saber que esperamos de ellos que busquen la mejor manera de presentar la voz y el cuerpo. Tal vez se produzca el milagro de la democracia y el hábito ayudará a hacer al monje.

La Voz del Interior
13 de Noviembre de 2015