Fidel, el legado de la dignidad


Por Khatchik Der Ghougassian, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad.

El banal sentido común de que Fidel Castro tiene tantos admiradores como quienes festejaron su muerte no hace justicia al reconocimiento objetivo de una de las últimas grandes figuras de las luchas de descolonización del siglo XX que aspiraron a un mundo de iguales. Más allá del claro sello ideológico del “internacionalismo” marxista-leninista y del modelo soviético de partido único que marca la trayectoria en su visión y acción del líder cubano, la aspiración de la Revolución de 1959 a un mundo de iguales que se inserta en el proceso de descolonización de lo que se llamó Tercer Mundo se debe entender como el derecho de los países chicos, de los pueblos pequeños a la seguridad, al desarrollo y al futuro digno como lo habían logrado los grandes y los poderosos.

Por su alineamiento durante la Guerra Fría, por su compromiso ideológico en su involucramiento en Africa, Angola más específicamente, el internacionalismo de Fidel Castro es tan auténtico que nadie podría argumentar que por su dependencia de la Unión Soviética Cuba fue un simple peón de Moscú. Descartando la ridícula propaganda anticubana de la derecha recalcitrante de la época de las dictaduras latinoamericanas, de la cual es un ejemplo un episodio de la censura pinochetista en Chile que circuló en la prensa en aquel entonces acerca de la prohibición de un libro sobre el Cubismo asociándolo con la isla…, ningún investigador académico serio deja de reconocer la vía propia que Cuba siguió en su apoyo a los movimientos revolucionarios en los 60 y 70 molestando a menudo al Kremlin y a las dirigencias de los Partidos Comunistas latinoamericanos que se encontraron frente al dilema de las exigencias de la Realpolitik y la indiscutible admiración que las juventudes rebeldes de la época tenían hacia La Habana.

Por lo tanto, en el auténtico internacionalismo de Fidel hay que destacar especialmente el latinoamericanismo pero también el nacionalismo sin que esto fuera una paradoja. Al contrario, es en el proceso de la descolonización desde Cuba a Argelia y Vietnam que el nacionalismo tan desprestigiado por el fascismo y las dictaduras cobró un sentido que tenía en el siglo XIX en las luchas de liberación nacional en el ex Imperio Otomano que, dicho de paso, nunca encontraron su justo espacio conceptual en una historia internacional demasiado eurocéntrica… En el caso cubano este nacionalismo no remite sólo a la hostilidad a Estados Unidos que Fidel tuvo después de los errores iniciales que cometieron primero Ei-senhower que negó recibir el joven líder después de la Revolución, error que, dicho de paso, fue reconocido por Kennedy, y, luego, el servicio de inteligencia de Estados Unidos en la organización de la expedición de la Bahía de los Cochinos en 1961, sin mencionar los 600 intentos de atentados contra la vida de Fidel en los últimos 47 años; sería demasiado injusto limitar el sentido del nacionalismo tercermundista cubano de la época a la pasión revolucionaria que Robert McNamara, el secretario de Defensa de Kennedy y uno de los mayores protagonistas del episodio de la crisis de los misiles en Cuba en 1962, aconseja tomar muy en serio en el documental The Fog of War de Errol Morris (2003) sobre las lecciones de la Guerra Fría relatando, precisamente, su encuentro con Fidel años después; el nacionalismo tercermundista cubano consistió ante que nada en terminar con una economía dependiente de los servicios de entretenimiento desde casinos hasta burdeles manejados por el crimen organizado para hacer de la isla un modelo del progreso en las áreas ampliamente reconocidas como la educación y la salud pública. Sin una idea concreta de estos hechos públicos, la palabra “dignidad” cobra en el mejor de los casos un sentido estético-poético y, en el peor, cae en la trampa de discursos fáciles, berretas y sin sentido.

Ahora bien, ¿hacía falta de un modelo de partido único, la economía estatizada y la inevitable tentación autoritaria para la implementación de las políticas públicas que le dieron un sentido concreto a la dignidad nacional? Más aún, ¿podría subsistir ese modelo sin la dependencia económica cubana de la Unión Soviética? Pues, ¿quién podría negar que incondicionales defensores de la Revolución Cubana, como lo fue José Saramago, no pudieron dejar pasar sin críticas la violación de los Derechos Humanos en la isla? La pregunta es, evidentemente, contrafáctica, y, siguiendo la cruda lógica de un Donald Trump que a los reproches que los periodistas le hacían a su campaña respondió con un simple “gané”, la discusión retrospectiva sería ridícula; pues, los logros de la Revolución se hicieron con un régimen castrista más allá de su aceptación o rechazo, sin necesariamente justificarlo a cualquier precio y, menos, considerar su supuesta inevitabilidad histórica.

Es un hecho que Cuba lo pasó muy mal en la década de los 90 cuando se cortó toda ayuda externa hasta, por lo menos, la llegada al poder de Hugo Chávez. Por cierto, el cruel y absurdo embargo estadounidense tuvo mucho que ver con la desgracia de Cuba; pero también justificó una retórica de “resistencia” cuando la virtud hubiera sido la búsqueda de la necesaria acomodación de las nuevas circunstancias internacionales. Si el embargo estadounidense, entendible sólo en la lógica de la necesidad de cortejar el voto del llamado “exilio cubano” en los swing states como New Jersey y Florida que imponía el innegociable dogma anticastrista como condición sine qua non de su apoyo a cualquier candidato, aspiraba a ahogar el régimen, ridiculizar la Revolución y presionar para su implosión, pues su fracaso es más que visible pese al enorme costo que pagó el pueblo cubano. Por otra parte, cuando las circunstancias externas, concretamente con el papa Francisco I y el presidente estadounidense Barack Obama, mejoraron, la voluntad de una transición hacia un modelo de apertura económica que preserva la dignidad, entendida como los logros de la Revolución en el progreso y justicia social, quedó claramente manifiesta en el liderazgo de Raúl Castro.

Este el mayor legado de Fidel, un revolucionario y un hombre de estado que se identificó con sus ideales y su obra y que se va sin querer tener ni siquiera una tumba donde descansen sus restos que serán cremados como lo pidió.

Perfil
05 de Diciembre de 2016