Daniel Friel: Argentina y la difícil cocina de la competitividad


Rodrigo Lara Serrano

“Los argentinos no entienden bien lo que tienen. Argentina no es Alemania, pero tampoco es China”. Es verano con noches de 28 grados en Buenos Aires. Aun así, los patos no caen asados del cielo y tampoco caen ni la inflación ni el precio del dólar. Sin embargo, Daniel J. Friel, profesor asociado de Gestión Estratégica de la Universidad de San Andrés, pone el dedo en la llaga al señalar algo que tanto políticos como economistas locales no suelen considerar: que tal vez estén equivocados. Tanto ellos como sus adversarios. O que tal vez tengan la razón, pero no toda. Y, con probabilidad, no el pedazo más importante.

Sucede que, como ocurre en cada cambio de ciclo político-económico en el país, el sector que sale del poder acusa al que llega de querer abortar el camino al desarrollo ya establecido, en tanto que el que llega acusa al que se va de haber abortado el único posible: el que propone el nuevo ganador y que sería el obvio, el que siguieron todos los países desarrollados. Lamentablemente, ambas miradas suelen ser tuertas, porque los dos caminos se probaron y los dos han fracasado desde hace más de un siglo. Por “detalles” que resultan pesar más, tras las bambalinas, que las grandes visiones.

No obstante, en vez de considerarlo, la respuesta de ambos es inevitablemente la misma: “Faltó tiempo”. Lo cierto es que los países que se desarrollaron lo hicieron con medidas y lógicas disímiles, pero siempre con dos elementos comunes: aumentando fuerte su productividad y, aprovechando la ola de renovación tecnológica del momento, usándola para posicionarse con fuerza a nivel global gracias a la competitividad así obtenida.

India. Ahora, si de competitividad se trata, lo que se sabe del nuevo gobierno del presidente Mauricio Macri es que planea impulsarla promoviendo la inversión en general y, en especial, la centrada en infraestructura y energía. Nadie podría estar en desacuerdo. Sin embargo, existe una versión que atribuye a su vicepresidenta, Gabriela Michetti, haber dicho, en una conversación informal: “Basta de industrias. El modelo que quiere Macri es India, la Argentina es un país de servicios  Vamos hacia un modelo agroexportador y de servicios”. Hay espanto. Se habla de “reprimerización” neoliberal. Pero como toda brocha gorda, esta lo es tanto que tapa con su pintura hechos nada menores.

Hay consenso en los sectores más competitivos a corto plazo. “Software. Argentina tiene un buen nivel de capital humano y creatividad, es un sector (servicios) que no enfrenta regulaciones para exportar (no requiere de tratados bilaterales de comercio para abrir mercados) y tiene salarios relativamente competitivos en dólares”, dice Sebastián Auguste, doctor en Economía y director MBA de la Universidad Torcuato Di Tella.

El primero es que Argentina ya es un país exportador de servicios. “En la última década se ha desarrollado gran cantidad de actividad de servicios de alto valor con una orientacion exportadora, fundada en la capacidad emprendedora de muchas nuevas empresas (mas de un centenar) y la alta calificación de los recursos humanos en áreas de software, bienes culturales, diseño, etc.”, dice Bernardo Kosacoff, ex director de Cepal y profesor de Organización Industrial en la UBA (Universidad de Buenos Aires). La segunda es que, si de competir en servicios globales se trata, no hay que hacer lo que la India hace porque… la India ya lo hace. Y bien. Friel lo explica así: “La gente de Globant (empresa de software) me dijo que Argentina no puede customizar programas de muy alta sofisticación como los que se crean en los EE.UU.,  pero tampoco tiene que producir productos de escala como en India”. Sucede que “hay un mercado intermedio de cierto grado de customización por un precio menor que los EE.UU. y mayor que los de India”. Ahí es donde hay que apuntar. Y agrega, aplicando la misma lógica la industria alimenticia: “A mi juicio, Arcor es un caso similar. No es Lindt, pero tampoco es Hershey’s. Pero esto requiere un cambio de mentalidad. Muchos argentinos no piensan que pueden hacer este tipo de productos”.

Sí piensan, en cambio, que el país debería de hacer manufacturas muy sofisticadas. El problema, nuevamente, es que ya las hace. Y Kosacoff lo recuerda: “La Argentina cuenta con actividades manufactureras en la frontera tecnológica internacional en varios sectores, entre ellos insumos básicos (acero, aluminio, petroquímica), productos farmacéuticos, productos metalmecánicos y núcleos del complejo automotriz, encadenamientos de la bioeconomía (semillas, biotecnología), entre otros ejemplos”.

¿Por qué entonces estos ámbitos altamente competitivos no logran impulsar al resto de la economía? ¿Será un problema de cantidad? La economista Victoria Giarrizzo, encargada de Desarrollo Económico del Cippec (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento), propone otro ángulo: “Argentina tiene condiciones para ser competitiva en prácticamente cualquier sector económico. Tiene recursos naturales, tiene muy buen capital humano, genera innovaciones permanentemente, tiene instituciones desde donde se potencia la investigación y el desarrollo”, sin embargo, “los desequilibrios macroeconómico internos, la corrupción, el exceso de burocracias, y la falta de políticas económicas sectoriales planificadas que tengan continuidad, hace que en la actualidad sea poco competitiva en casi todo”.

Nuevos, pero viejos. Giarrizzo, no obstante, no cree que en la transparencia y la buena administración, que los argentinos siempre ven encarnados en los estados y gobiernos chilenos y uruguayos, sea la solución. O la única parte de la solución. Primero, arguye, hay que “bajar la presión fiscal”, porque “la presión tributaria en Argentina es inédita, y sobre todo porque al haber altos niveles de informalidad todo el peso recae en el sector formal, que viene perdiendo competitividad y rentabilidad desde hace más de cuatro años”. Tal caída “dificulta el acceso al financiamiento y, con ello, anula cualquier posibilidad de ganar espacio en los mercados mundiales”. En paralelo, “la segunda medida importante es una política dirigida a incrementar la inversión productiva con alto componente tecnológico”, ya que “en la mayoría de los sectores, el país mantiene una brecha tecnológica importante con el mundo desarrollado”.

De muestra un botón. La antiguedad promedio de la maquinaria con la que trabajan las pymes en la  argentina no baja de los diez años. Un relevamiento de un panel de 100 industrias de diferentes sectores, reveló que hay industrias con máquinas de 40 años. Giarrizzo cuenta que “muchas empresas argentinas importan maquinaria de buena tecnología, pero usada, y que países como Alemania o Inglaterra descartan. Por ahí es mucho mejor de lo que tenían, pero no es lo último y ya está, seguís atrasado”.

Una medida, en otro ámbito, que ayudaría, sería la reducción de la burocracia para agilizar el punto en el país, indica Roberto Scrimieri, director general de TMF Group Argentina. Sabe de lo que habla, su compañía de servicios de outsourcing opera en 65 países. “La excesiva burocracia alimenta la corrupción y la economía informal y esto, a su vez, afecta y genera inseguridad en el ambiente de negocios. Si se reduce la cantidad de procesos y los restantes se vuelven más claros, el país podría atraer mayor inversión extranjera”.

Potencial. Hay consenso en los sectores más competitivos a corto plazo. “Software. Argentina tiene un buen nivel de capital humano y creatividad, es un sector (servicios) que no enfrenta regulaciones para exportar (no requiere de tratados bilaterales de comercio para abrir mercados) y tiene salarios relativamente competitivos en dólares”, dice Sebastián Auguste, doctor en Economía y director MBA de la Universidad Torcuato Di Tella. Agrega también el minero y energético. El país “no ha explotado su potencial minero como sí lo ​hicieron Chile y Perú. Los recursos están intactos, pero hay mucha resistencia social a estos emprendimientos y cuestiones de sustentabilidad”. Por otra parte, si hubiera un boom de energía barata, “otras industrias intensivas en energía pueden florecer”.

Scrimieri agrega a la lista el turismo y “los centros de servicios compartidos pueden ser otro sector a explotar, por el alto nivel profesional de los recursos humanos locales”. Tomás Buch, físico experto en ingeniería de la tecnología, uno de los fundadores de la empresa INVAP (que fabrica satélites y radares) recuerda que “se están desarrollando ramas avanzadas como la nuclear, la espacial, la aeronáutica, la eólica” y no habría que abandonarlas porque tienen ya una base de recursos humanos y tecnologías de creación local de alto valor. Y, por supuesto, casi todos coinciden en la producción agrícola.

La excepción es Buch. Para él, la agroindustria es “una especie de cáncer que nos domina, así como la exportación de carnes y granos nos dominó desde los comienzos”. El científico también arremete contra la visión de un país centrado en la venta de servicios: “Tal vez soy demasiado pesimista, pero el PIB per cápita corregido por poder adquisitivo en Argentina es tres veces el de India, la tasa de pobreza es menor al 10% en Argentina y cerca de 50% en India –cuyo principal producto de exportación sofisticado es el software–, como quieren hacer aquí”. Quien también se declara “no muy optimista” es Giarrizzo. La sensación es “que los gobiernos en nuestros países son un conjunto de políticos buscando poder”. Fóbicos a la complejidad. “Ojalá este gobierno comprenda este tema y comience a hacer algo. Pero no es cosa de un gobierno. Se necesita instalar una visión compartida por diferentes sectores políticos y económicos sobre este tema, y que no se interrumpa cuando cambia un gobierno”.

Otros estiman que existe el deseo de progreso genuino, sólo que hay demasiadas urgencias que resolver como para, por ejemplo, pensar en una sintonía fina en la cual el Estado o asociaciones público-privadas impulsen la creación de algunos sectores de frontera tecnológica con alta agregación de valor. “Definitivamente, Argentina tiene el potencial para hacerlo. Esto requiere del apoyo del Estado, pero dudo del presente gobierno, ya que estará muy ocupado tomando medidas más prioritarias para hacer andar la economía y regularizarla”, dice Sebastián Auguste. Unos terceros confían en que el consenso para impulsar el salto competitivo está. Kosacoff es uno de ellos. “Todos los países con un buen desempeño competitivo tienen como elemento común marcos institucionales con creciente articulación pública-privada. El nuevo gobierno es consciente de este tema y considero que es muy posible que se avance significativamente en este plano en el corto plazo”, dice.

Friel, por su parte, mira a través del vaso, sin importarle cuánta agua hay dentro. Para lograr la competitividad se necesita un cambio cultural. “No creo tanto en la necesidad de insertarse en las cadenas globales ni en lo de la maldición de los recursos naturales abundantes (como explicación para la no diversificación competitiva de la economía). Ambas son excusas para no hacer el trabajo de armar las cosas uno mismo”.

Tal vez, más que seguir una receta conocida al pie de la letra sea necesario reinventarla.

América Economía
15 de Abril de 2016