Aleppo sangra en las puertas de Europa


Por Khatchik DerGhougassian, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad.

La primera reacción del gobierno del presidente turco Recep Erdogan luego del asesinato del embajador ruso en Ankara, Andrei Karlov, el 19 de diciembre pasado fue de caracterizar al terrorista como un "lobo solitario" y apuntar la responsabilidad al movimiento de Fethulah Gulen, el predicador islámico que fue el maestro del mismo Erdogan y que está acusado de ser el instigador del intento de golpe militar en julio pasado. Es cierto que el terrorista Mevlut Mert Altintas, de 22 años, atendió los seminarios gulenistas -y ¿quién en el amplio espectro islamista turco no lo ha hecho?... Pero la información más perturbadora es su pertenencia a las fuerzas de seguridad; estaba fuera de servicio pero hizo uso de su identificación para poder entrar con un arma en la sala donde iba a hablar el diplomático ruso.

No se debe concluir que se trata de una conspiración; al contrario, sin faltar respeto a la víctima, el mayor perjudicado del hecho es probablemente el propio gobierno de Erdogan. Sus relaciones con Rusia no se deteriorarán; y Erdogan ya está pensando cómo recomponer sus relaciones con Washington después del 20 de enero del año próximo cuando asuma Donald Trump la presidencia de EE.UU. Tanto por el mutuo reconocimiento en el estilo de conducción política, como por la necesidad de Turquía de permanecer en la alianza atlántica en tanto contrapeso a su acercamiento con Rusia. Al apuro turco de acusar a los gulenistas, movida que paralelamente prepara el terreno para pedir la extradición del predicador, el Kremlin contestó que aún era demasiado temprano para saber quién exactamente estaba detrás del asesinato. Solo Al Sumaria (canal de televisión iraquí, de tendencia liberal, fundado por hombres de negocios en 2004) informó el 21 de diciembre que Yaish ul-Fateh, una alianza de formaciones islamistas que incluyen a al-Nusra y Ahrar al-Sham nacida en la provincia de Idlib en marzo de 2015, reivindicó el atentado, pero hasta el momento no hubo comentarios oficiales ni en Turquía ni en Rusia.

Moscú y Ankara se han puesto de acuerdo en considerar el asesinato como un acto terrorista cuyo objetivo era atropellar la reunión cumbre entre los ministros de relaciones exteriores de Rusia Turquía e Irán por el asunto Siria. Si bien el asesinato se produjo en vísperas de la cumbre mencionada, no significa necesariamente que su objetivo haya sido este encuentro. Más aún, si consideramos que después del asesinato hubo tiros contra la embajada de Estados Unidos en Ankara queda más acertada una hipótesis de que el ataque tuvo que ver más con la venganza por Aleppo que por un objetivo más estratégico. Pero todo acto terrorista tiene uno o varios mensajes, y en este caso un mensaje claro estaba dirigido hacia Erdogan, aun cuando solo Aleppo fue la temática del "discurso" reivindicativo del acto homicidio. En primer lugar, considerando que es un turco, no un árabe sirio quien perpetró el asesinato por la "causa" de Aleppo. En su momento el rebelde Ejército Sirio Libre quiso transformar esta ciudad en la "capital de la revolución" y así terminó dividida en los barrios del este -bajo el control de al-Nusra, los islamistas pro-al-Qaeda- y el resto de la ciudad, que quedó bajo el dominio de las fuerzas gubernamentales. Se trata de una causa que trasciende la nacionalidad y es reivindicada por -supuestamente- todos los musulmanes. Segundo, el atentado expresa claramente un rechazo al acercamiento ruso-turco del mismo modo en que lo había hecho el ataque suicida contra el aeropuerto Ataturk de Estambul en junio pasado reivindicado por el Estado Islámico (Daesh, en árabe). No es difícil de ver detrás de ambos actos terroristas una profunda decepción de los islamistas del gobierno de Erdogan, que ante el fracaso de su política en Siria -que apostó al derrocamiento del régimen de Bashar al Asad- giró hacia un acercamiento con Rusia que nunca había dejado de claramente apoyar al presidente sirio.

La mayor preocupación para el gobierno de Erdogan después del 21 de diciembre debería ser el alcance de la radicalización de los sectores que apoyan a AKP y sus políticas pro-islámicas en el ámbito interno como externo/regional. Hoy pues, solo la corrección político-diplomática puede dudar de la luz verde que los islamistas tuvieron, hasta hace poco, para usar el territorio turco para trasladar sus combatientes y armas. Del mismo modo lo utilizaron para el tráfico de petróleo y antigüedades, entre otras cosas. Lo hizo tanto por su sincera simpatía por la causa del Islam y de los islamistas, pero también por el cálculo estratégico de su política neo-otomana en la región. Esto último probablemente con la suficiente autoconfianza de que puede controlar a estos grupos, o a su propio electorado, donde la animosidad contra Irán se manifiesta públicamente después de la derrota de los "rebeldes" en Aleppo. Esto coincide con el momento en que Ankara ensaya un acercamiento con Teherán...

Desde que la batalla por Aleppo empezó, a fines de 2011 -pocos meses después de que el fallido intento de una réplica de la mal llamada "Primavera Árabe" derivara en una guerra civil con la ruptura de una parte de los militares con el gobierno y la formación del Ejército Sirio Libre- la segunda ciudad más importante del país dividió las aguas. De un lado estaban quienes claramente apoyaban al régimen de al-Asad decidido a hacer de Aleppo su "Stalingrado" y, del otro, quienes continuamente denunciaron la innegable barbarie de las fuerzas gubernamentales y sus aliados que nunca discriminó entre civiles, sus propios ciudadanos, y combatientes. Además de acusar al régimen y denunciar sus atrocidades, la caída de Aleppo en manos del gobierno puso, supuestamente, al desnudo "el fracaso de Obama" por su inacción. Pocos, sin embargo, en su justa indignación por el desastre humanitario, se preguntan seriamente qué es lo que debería, o podría hacer Obama cuando detrás de la genérica denominación de "rebeldes" en el control de Aleppo del Este estaba tan solo la sombra del Ejército Libre Sirio y quienes combatían a las fuerzas de al-Asad. Ellos militaban en una organización afín a al-Qaeda que competía con Daesh en el liderazgo de la Yihad global, o el equivalente de "terrorismo", según Washington. Poco se habla de sus crímenes de lesa humanidad y el terror que impusieron a través de su sistema de gobierno islámico contra la población, sobre todo cristiana. Aleppo no va a ser el Stalingrado del régimen. No al menos el único. Idlib y Raqqa, la "capital" del autoproclamado califato, van a ser batallas muy largas y difíciles. En cuanto a los "rebeldes", quizá sea el momento de que los sectores más seculares de la oposición se sienten a negociar el fin de la guerra. Los otros, los islamistas, seguirán con lo que saben, como acaban de demostrar en Estambul y en Berlín…

Clarín
26 de Diciembre de 2016