La caldera del diablo en los años setenta
Carlos Floria
Recordando al pensador francés Raymond Aron, el
autor así concluye su artículo sobre bibliografía de la
Argentina en la década del setenta: “hay casos
endemoniados en muchas historias nacionales; también en
la nuestra”.
“On ne montre pas sa grandeur pour
être a une extremité, mais bien en touchant les deux à
la fois”. (Albert Camus, a propósito de Pascal)
Testimonios y reflexiones
–críticas y autocríticas– sobre los años sesenta y
setenta circulan en una producción bibliográfica de
calidad despareja pero de interés relevante:
Montoneros, final de cuentas de Juan Gasparini
–versión abreviada de su tesis de doctorado en ciencia
política en la Universidad de Ginebra–; El diario
“Noticias”. Los Montoneros en la prensa argentina de
Gabriela Esquivada; Peronistas revolucionarios. Un
análisis político del apogeo y crisis de la organización
Montoneros de Eduardo Zamorano; El tren de la
victoria. Una saga familiar de Cristina Zucker; y el
“implacable” (calificación de Gabriel Lerman en
comentario bibliográfico de Página 12)
Política y/o violencia. Una aproximación a la
guerrilla de los años 70, notable testimonio y
análisis de Pilar Calveiro. Así también –en otro
registro, se verá– el libro de Horacio Verbitsky, El
doble juego. La Argentina católica y
militar.
Estos son algunos de los
títulos recientes o en reedición oportuna. Procedentes
la mayoría de testimonios y revisiones críticas de
militantes guerilleros en los años 70, que pueden
cotejarse con ensayos contrapuestos, como el de Vicente
Massot, Matar o morir. La violencia política en la
Argentina (1806-1980); el de Nicolás Márquez, La
otra parte de la verdad, con supuesta intención de
réplica implícita; y en clave de cultura política el
ilustrado alegato parcialmente autobiográfico de Jorge
Emilio Gallardo en su reciente y muy interesante
Luchas ideológicas argentinas. Origen y
consecuencias de nuestros fanatismos, con la calidad
que aporta el examen del “nacionalismo anticlerical”,
según su directa expresión.
No me refiero ahora, para
hacer la diferencia, a productos recientes de académicos
historiadores como Marcos Novaro, Historia de la
Argentina Contemporánea. De Perón a Kirchner, o Luis
Alberto Romero, Entre la sombra de la dictadura y el
futuro de la democracia, que contribuyen a la
meditación sin ira de la Argentina militarizada y
violenta1
que nos
hizo vivir en un “estado de naturaleza hobbesiano”,
producto en parte de la decadencia de nuestra cultura
política. Los historiadores no hacen “periodismo de
investigación” –aunque lo empleen en lo que les parece
apropiado–. Tampoco elaboran relatos históricos en clave
conspirativa para atraer lectores; ni escritos
militantes, subordinados al ejercicio ideológico,
a la absolutización de una parte de la realidad como si
fuera toda la realidad, y de una parte de la verdad como
si fuera toda la verdad. Eso es lo que entiendo por
ideología, a la derecha, a la izquierda, atrás o
adelante, arriba y abajo.
No estoy insinuando
calificaciones o descalificaciones. Sencillamente digo
que son registros distintos, recorridos por
autores que evocan a veces conocimientos científicos y
en casi todos los casos pasiones testimoniales. En las
ciencias sociales –y la historia pertenece a ese campo,
como la ciencia política o la sociología– no existe
objetividad absoluta. Pero hay diferencia sustantiva
entre quienes denuncian lealmente desde qué valores
parten, qué comportamientos, opciones o tipo de sociedad
evocan, y quienes se presentan como voceros impolutos de
ideologías tradicionales o nuevas, ocultando sus
preferencias y objetivos de acción, cuando no su
desempeño como intelectuales “orgánicos” de la
constelación del poder.
Cabe añadir, en el
inventario provisorio precedente, una publicación
relativamente nueva 2que
contiene debates abiertos sobre los años 60 y 70, el
fenómeno guerrillero y sus contradicciones e ideales,
pero también sus estrategias militarizadas y violentas,
la pertinencia de las críticas de Rodolfo Walsh a la
conducción montonera y la burocratización de propósitos
revolucionarios sin correspondencia con la realidad –la
del fenómeno peronista y el “Perón verdadero”,
especialmente–, con frecuencia mal entendida o
deliberadamente distorsionada. Reaparece la crítica de
Pilar Calveiro contra el militarismo partisano y la
violencia absolutizada que sometían la política. De un
lado y del otro, porque el empleo del terrorismo de
Estado desde el poder militar, suponía un
“destratamiento” análogo de la
realidad.
Desde su experiencia en los
años 60 y 70 exponen cuestionamientos fundados de
memorias encarnizadas Héctor Schmucler, Oscar del Barco,
Hugo Vezzetti y participantes dispuestos a revelar en
casos interesantes “el pasado de una ilusión”,
recuperando el título del notable ensayo de François
Furet.
Un encuadre sereno y severo
de Oscar Terán sobre la base de su intervención en el
encuentro internacional “Violencia y Memoria” –realizado
en la Universidad Nacional de Córdoba en noviembre del
año pasado– da el tono general de la publicación. El
inteligente autor de Nuestros años sesentas
piensa que “así como existen épocas en las cuales las
ideas desempeñan un papel menos activo en la arena
política, (…) las décadas del sesenta y setenta
estuvieron habitadas por intensas pasiones ideológicas,
(y) los actores involucrados en violentas
confrontaciones políticas resultaron en buena medida
configurados por concepciones con fuertes tendencias
totalizadoras, cuando no realmente integristas”
(las cursivas son mías). Y si bien anota las tragedias
del terrorismo de Estado, se pregunta también: “cómo
pensar la responsabilidad de quienes quisieron un mundo
mejor y resultaron uno de los metales que se fundieron
sin residuo en la caldera del diablo de la
política argentina...” 3.
Para Oscar Terán, como para
Hugo Vezzetti y otros intelectuales aplicados a estos
temas, poco sentido tiene discutir la llamada “teoría de
los dos demonios”. En rigor no me parece que la
expresión constituya una “teoría”, sino una bandera de
combate que encubría y encubre muchos más de dos
demonios, miles, habitando los sótanos de la Argentina
violenta. La radicalización política alcanzó a todos los
protagonistas, no sólo a militares, a paramilitares y a
militantes de izquierda. Carlos Altamirano supo señalar
4 “el peso decisivo que la
radicalización del mundo católico tuvo en la
reconfiguración del campo de la izquierda y en las
formas del militantismo que incendiaron la década previa
a la irrupción de la dictadura”. Vezzetti extiende a la
“radicalización de una ultraderecha afiliada al
catolicismo ultramontano” que se manifestará en “facetas
siniestras” en la propia Iglesia donde obispos y
vicarios, especialmente en el ámbito castrense,
presentarán al terrorismo de Estado como una “guerra por
la fe”.
Periodismo
de investigación y
denuncia
En este punto ingresa el
ensayo de Horacio Verbitsky, periodismo de investigación
y de denuncia del comportamiento del sector
integrista del episcopado católico durante el
Proceso. No ha sido escrito desde la perspectiva de los
otros ensayos citados, que constituyen en su mayor parte
una revisión intensa de las décadas pasadas. Tampoco
desde la perspectiva del historiador –el autor, creo, no
pretende serlo– a la búsqueda de la verdad, y por lo
tanto en revisión permanente del pasado, sino del “juez
ideológico” que ha dictado sentencia y condenado sin
apelación. Socialista, según declaración personal que
consta en la biografía de Galimberti escrita por Marcelo
Larraquy y Roberto Caballero, publicada seis años atrás,
no sabemos que Verbitsky haya explicitado una
inclinación socialdemócrata, aunque aplica dedicación
manifiesta al tema de la defensa de los derechos
humanos.
Su ensayo se titula
Doble juego. La Argentina católica y militar,
subtítulo éste que retoma una expresión de Mariano
Grondona, quien en octubre de 1976 se preguntaba en la
revista Carta Política qué quedaría de la
Argentina sin la espada y sin la cruz, porque “la
Argentina –concluía– es católica y militar”. Había que
cuidar, decía Grondona según subraya Verbitsky, “esa
y”...
El autor advierte de
entrada que en el libro no se encontrará ningún juicio
de valor sobre el dogma ni el culto, pues la “realidad
teológica del misterio” sólo corresponde a los creyentes
y merece su mayor respeto. El ensayo trata, pues, del
comportamiento de la Iglesia como “realidad sociológica
del pueblo concreto en un mundo concreto”, según los
términos de la Conferencia Episcopal Argentina,
integrada en el período analizado por hombres “que se
consideraban a sí mismos pecadores”. Dedicado a los
obispos Ponce de León, Angelelli, Nevares, Novak y
Devoto –fallecidos dos de ellos en circunstancias cuanto
menos sospechosas de atentados–, a Emilio Mignone y
Antonio Brasca, y a monseñor Hesayne. El autor señala
que el libro contiene declaraciones de principios y su
aplicación, “entre la axiología y la praxis”, avalado
por una fuente documental, testimonial o bibliográfica.
Algunas “privilegiadas, como el impresionante archivo de
Alberto Pascual Devoto, obispo de Goya durante veinte
años”. Tesoro único, expresa Verbitsky, reunido desde la
“inteligencia y la calidad humana de Devoto (...) un
estímulo poderoso para (su)
trabajo”.
Otras fuentes igualmente
relevantes son las actas de sesiones del Conferencia
Episcopal proporcionadas al autor de forma no oficial,
porque se presumían reservadas. Y citas testimoniales o
bibliográficas, como el conocido libro de Emilio
Mignone, sobre Iglesia y
dictadura.
Tal vez sean oportunas, en
este pasaje, algunas puntualizaciones: las referencias
del autor a manifestaciones de Rafael Braun y mías
–según nos atribuyen cables de diplomáticos
norteamericanos a los que el autor tuvo acceso, que por
mi parte no recuerdo y en todo caso no me encuentro
fielmente expresado (cables al fin)– se hubieran visto
mejor documentadas si el autor hubiera apelado a la
revista Criterio, que contiene, entre otros, dos
editoriales que viene muy a cuento citar. El primero, de
enero de 1976, titulado “La guerra y la paz”, dedicado
al ascenso insensato de la violencia que se pretendía
justificada con presuntos argumentos intelectuales, a
izquierda y derecha. El segundo, del 11 de marzo de ese
mismo año (13 días antes del golpe), titulado “Qué
pensar”, dedicado a fundamentar la oposición de Criterio
y sus integrantes al golpe de Estado, que era por
entonces crónica de un hecho anunciado, propuesto por
muchos, esperado por la mayoría. Posición no común,
porque una cosa era describir la crisis y otra
especialmente significativa negarse a aceptar el
desenlace como una fatalidad. Posición que compartimos
por entonces con el Buenos Aires Herald y no
mucho más, si algo parecido pudiera hallarse en el
periodismo de esos tiempos.
Colaboracionismo,
integrismo, progresismo
En resumen apretado, el eje
principal del ensayo de Verbitsky consiste en la
descripción de una forma de colaboracionismo de
sectores de la Iglesia católica con el “partido militar”
del Proceso. Se exponen documentos y testimonios muy
significativos que derivan de declaraciones orales y
escritas de obispos, especialmente, que el autor sitúa
con atendibles argumentos en lo que se llamaba el
integrismo, una derecha cristiana opuesta al
progresismo.
El tema tiene en el
cristianismo del siglo pasado connotaciones que vienen a
cuento para situar mejor la fractura que Verbitsky
describe. Hacia mediados del siglo XX, los integristas
recogían descalificaciones análogas a las que hoy se
aplican a los fundamentalistas. Los progresistas
zafaban de aquellas críticas protegidos por el aire de
los tiempos que les permitía acompañar en la ruta al
comunismo, todavía prestigioso, amenazante y con notable
capacidad proselitista; aunque el progresista cristiano
procuraba no entregarse a una subordinación acrítica. En
cambio, en tiempos recientes, el progresista expondrá
una oposición antidictatorial y antimilitarista,
preocupada por los derechos humanos.
En el campo cristiano había
tipos diferentes de progresistas: el doctrinario, el
sentimental-idealista, el seducido por rasgos
ideológicos proclives a fórmulas autoritarias aunque
ignorase el sentido de su apuesta. El integrista, menos
asible como tendencia, se caracterizaba por su
indisponibilidad para el diálogo y su disposición para
el monólogo. Sectario, rígido hasta en sus gestos, con
certeza interior de perfecta ortodoxia, creía tener la
verdad en el sentido más posesivo del verbo tener. El
integrista suele ser históricamente autoritario,
desconfiado de la libertad, a la que percibe como
deslizamiento hacia el liberalismo. No es tradicional,
sino tradicionalista y simpatizante natural de los
regímenes de autoridad.
Integrismo y progresismo,
examinados en su historia completa, se manifestaron
opuestos y al mismo tiempo semejantes en cuanto
fenómenos “sectarios”. Es decir, como integrantes del
“partido de los puros”, algo así como los zelotes de
cada época, como la “versión cátara” de la política que
no acepta al hombre como es, puro e impuro, trigo y
cizaña. Los integristas de los tiempos del Proceso
tenían casi todos los rasgos del integrismo tradicional,
y donde hoy se los reconoce, no parecen demasiado
originales ni distintos. Los progresistas, en cambio,
padecen el empleo del calificativo dictado por el
oportunismo, por la sensación de que se está del lado
bueno de las cosas. Sin embargo, si la mayor parte de
los integristas suele ser reaccionaria, no faltan los
llamados progresistas que también lo han sido, o lo son,
aunque su retórica suene reformista o revolucionaria. En
todos lados, hay reaccionarios que se
ignoran.
Observado en clave
comparada, en la historia y en la geografía política, y
aplicado a la Iglesia católica, el fenómeno no es nuevo,
lo que no significa que deba ser admitido sin beneficio
de inventario. La santidad de la Iglesia –que Verbitsky
respeta en manifestación explícita– no impide que los
individuos, fuesen o no clérigos, sean pecadores. “Si la
Iglesia no fuera pecadora no necesitaría de un
Salvador...”, suele decir el padre Braun. Que un papa,
un Borgia por ejemplo, pueda cometer faltas contra la
moral, no pone en cuestión para el cristiano la santidad
de la Iglesia. El buen sentido enseña que en el
ejercicio ordinario del poder nadie está a salvo del
error o de la falta; aun si es obispo o papa...
En el catolicismo hay una
larga tradición de penitencia, de arrepentimiento frente
a Dios y los hombres. Sucede en la historia de la
Iglesia que una fracción del pueblo cristiano resulta
ser más clarividente que sus pastores, y la Segunda
Guerra guarda testimonios sorprendentes en ese sentido.
Traigo a la memoria la carta de Juan Pablo II Tertio
millenio adveniente (10.XI.94) analizada por
Criterio en su editorial titulado “La conversión de la
Iglesia” (14.IX.95), donde el autor nos recuerda que la
Iglesia “no puede atravesar el umbral del nuevo milenio
sin animar a sus hijos a purificarse, en el
arrepentimiento, de errores, infidelidades y lentitudes
(porque reconocer) los fracasos de ayer es un acto de
lealtad y de valentía que nos ayuda a reforzar nuestra
fe...”.
Digamos que no es frecuente
en las “religiones seculares” circulantes en la historia
–recuperando una calificación elocuente de Raymond Aron
al aludir a las ideologías con pretensión universal–,
ese tipo de ejercicio crítico de la propia
memoria...
Conviene advertir, para el
análisis comparativo, que así como hubo variedades de
colaboracionismo –apunto unas pocas–, el tema no
hacía sólo a las relaciones franco-alemanas en la Europa
de Hitler, sino a las relaciones
franco-francesas, por así decirlo. Si se extiende la
analogía al caso de la Iglesia católica en la Argentina
del Proceso –precedido en cuanto al terrorismo de Estado
por la etapa 1973/1976, que Gorriarán Merlo, para una
remisión interesante en este tema, añade a los años de
la dictadura militar– 5, habría que extender el
examen a cuestiones internas de la Iglesia y a
clericalismos cruzados que no se suelen exponer.
La cuestión de la cruz y la
espada de la Argentina católica y militar, que Verbitsky
evoca en expresión todavía contemporánea, nos remite a
una de las tradiciones ideológicas de la Argentina
moderna: el nacionalismo antiliberal de inspiración
maurrasiana, con su rechazo a la democracia, su
antisemitismo raigal y el relieve del “poder clerical”
en alianza objetiva con el “poder militar”. Aún en una
iglesia cuyo papa Pío XI envió al index la
literatura de Charles Maurras y apartó a aquel “empírico
pagano”–como lo llamaba Raissa Maritain–, hubo, y tal
vez hay, maurrasianos que no citan a Maurras, pero lo
siguen. Mi impresión es que el padre Meinvielle, por
ejemplo, pensaba en ese registro, incluso cuando
escribía en esta revista hace muchos
años.
El comportamiento
colaboracionista es otra de las cuestiones que
merecen un desarrollo comparativo. El “colaboracionismo”
es un tema “muy francés”, el más delicado de los
planteados por la defección de Francia y su división
ante la existencia del ocupante alemán. Junto a la
guerra de Argelia –antecedente no menor cuando se trata
de las inspiraciones del militarismo argentino, como
evocamos años atrás 6, son tal vez los dos temas
frente a los cuales prevalece la prevención, la timidez,
la incomodidad frente al peso de semejante pasado.
Stanley Hoffmann, en sus ensayos franceses, emprendió el
intento de distinguir distintos tipos de
colaboracionismo. La primera distinción analítica fue
entre: colaboración por “raisons d’etat” y
colaboración por simpatía ideológica con los nazis
–fenómeno menos frecuente de lo que se creía–. La
segunda distinción fue entre colaboracionismo servil y
colaboracionismo por resignación. En todo caso, los
intelectuales franceses presienten que es una materia
que se va “zafando” permanentemente. No sé lo suficiente
para extenderme en esto. Señalo, sí, que el autor
descalifica al nuncio de entonces, monseñor –hoy
cardenal– Pío Laghi, y acude con frecuencia a un libro
de los periodistas Bruno Passarelli y Fernando Elenberg,
que cree escrito por encargo 7. El periodista argentino
Elenberg nos dio un ejemplar, aclarando que una
editorial argentina pagó derechos de autor pero decidió
no publicarlo. Leyendo el apéndice testimonial que
contiene en su única versión italiana –y que no hallamos
citado en el ensayo de Verbitsky–, se advierten puntos
de vista diferentes pero, salvo el grueso extremismo de
Hebe de Bonafini refutado por Emilio Mignone, hay
consenso en subrayar el empeño activo de Laghi en
defensa de víctimas de la represión. Testimoniaron
además y, entre otros, Jacobo Timmerman y Adolfo Pérez
Esquivel.
Con ánimo contribuyente a
lo que considero una aproximación más adecuada a
aquellos tiempos y pesares, advierto que Verbitsky
silencia u omite lo que Beatriz Sarlo sostiene con
autoridad, testimonial e intelectual, respecto de
actitudes y rasgos constitutivos que acercaba a los
contendientes en cuanto los militantes revolucionarios
eran autoritarios, violentos, ausentes en la cuestión de
los derechos humanos y de la democracia. En documento
que Criterio reprodujo 8 haciendo honor a la
calidad y coraje del testimonio crítico de Sarlo contra
excesos retóricos presidenciales en un acto en la ESMA.
La omisión de datos objetivos del contexto social y
político previo al golpe del ‘76 es una falencia no
menor del ensayo de Verbitsky, no porque esos datos
aliviaran la crítica del autor hacia sectores de la
Iglesia, sino porque demostrarían disposición para
aceptar que la “demonización” en la narración de la
historia de esos tiempos “eligió la alternativa
maniquea” –como señala Luis Alberto Romero–. Por lo
tanto, Verbistky escribe como si el Proceso no se
hubiera instalado sobre “una sociedad conflictiva y
combativa (donde) muchos de quienes estaban enrolados en
esos combates ya habían ensayado formas violentas en
diverso grado para dirimir sus diferencias, y esto
trascendía ampliamente al grupo que la versión oficial
de los ‘dos demonios’ definió como el segundo
demonio...” 9.
Preciso es recordar que el
mundo intelectual y militante –obviamente tampoco el
militar– de esos tiempos no tenía a la democracia
como cuestión pendiente que lo conmoviera. Sería
incómodo pero franco explorar si los miembros de la
Iglesia –integristas y progresistas– predicaban algo
sustancialmente diferente. Los documentos referidos por
Verbitsky revelarían que los obispos, por lo pronto,
eran también hombres situados –y “sitiados”,
digo– en los aires calientes de esos tiempos. El mundo
del “poder moral” –intelectuales, periodistas,
sacerdotes– atendían con mayor o menor responsabilidad a
los derechos humanos, pero no asociaban a la
democracia como el principio de legitimidad y el
sistema político que sostiene una legalidad apropiada
para la vigencia de aquellos derechos. Presupuesto que
sería difícil hallar entre los contendientes ideológicos
y militarizados que se enfrentaban sin expedirse con
claridad y convicción acerca de qué tipo de régimen
político proponían a los seres humanos pasibles de sus
proyectos. (¿Cuántos juegos y jugadores
dobles habitaban la Argentina de esos tiempos?
¿Cuántos en estos?)
A pocos se les ocurría
advertir que la democracia era entre nosotros una
idea nueva, una experiencia pendiente, y luego
una ilusión acosada, como se vivió en el ‘83, y después.
Entonces, el “retorno a la democracia” era expresión
corriente. Con el tiempo veríamos que era, tal vez, una
frivolidad o una ilusión respecto de nuestra historia
contemporánea. No eran sólo los integristas que
Verbitsky denuncia con buena parte de razón quienes no
reivindicaban ese sistema político –un fenómeno
arraigado en una cultura política entre nosotros
frustrada y no un hecho de la naturaleza–, sino muchos
progresistas, militantes, intelectuales y protagonistas
del poder económico (habitado por “liberistas” más bien
que liberales), militar, sindical y moral que no
manifestaban ni evocaban interés efectivo en ese
principio de legitimidad que se expresa en un sistema
político participativo, pluralista, competitivo y
complejo.
Los “católicos liberales”
que el autor menciona en expresión corriente y no
infiel, éramos en realidad católicos demócratas y
republicanos, con éxito improbable en una sociedad
política polarizada (Rafael Braun escribió “Contra la
tortura” en 1972, en Criterio, n. 1644). Como alguna vez
me dijo Galimberti, concurrente irregular o asistemático
en uno de los seminarios en la Facultad de Derecho de la
UBA, los “demócratas liberales” no teníamos porvenir. La
contienda era entre el poder militar y el poder
montonero. Atiné a responderle que era un tema
abierto... y todo esto en términos civilizados no
frecuentes en esos tiempos, ni tal vez en éstos. Años
después leí una entrevista a Guillermo O’Donnell donde
nuestro colega académico manifestaba: “hoy, ser
progresista es ser liberal...”.
Como se advierte, la
discusión nunca termina, y esto es alentador porque la
tentación del partido de los “puros”, a la derecha o a
la izquierda, es darla por cerrada.
En fin. Quiero honrar una
breve y cara lección que Raymond Aron nos diera, muchos
años atrás, en presencia de Hoffmann, uno de sus mejores
discípulos, desolado por las críticas cruzadas de Le
Monde y Le Figaro contra su análisis del
colaboracionismo: “Hay cuestiones y conflictos
–expresó Aron– en los que la naturaleza del objeto,
es endemoniada...”. Con lo que quiso decir, si hace
falta aclararlo, que la contienda en torno de tal
especie de cuestiones dura la vida de generaciones. Es
el caso del colaboracionismo y de Argelia en la historia
contemporánea francesa. De “crímenes y memorias” del
políticamente perverso siglo XX que Alfred Grosser
revisa en libro de una década atrás editado en París
10, (pero no reeditado por
decisión de... la editorial). Hay casos endemoniados en
muchas historias nacionales. También en la
nuestra.
Notas
1.
Militarización de una entera cultura política, y
violencia como ideología de la política en el eje
“amigo-enemigo”, y éste absoluto, y por lo tanto
condenado a la eliminación. “Militarización y violencia”
fue el título del capítulo de mi autoría en la Nueva
Historia de la Nación Argentina. Tomo VII. La Argentina
del siglo XX. 1914-1983, Academia Nacional de la
Historia. Planeta, Buenos Aires, 2001.
2.
La revista es Lucha Armada en la Argentina. Es
trimestral. Comenzó a publicarse en 2005. Nuestras citas
corresponden a ejemplares publicados entre junio de 2005
y abril de 2006.
3.
Oscar Terán. “La década del 70: la violencia de las
ideas”. En Lucha Armada en la Argentina, Año 2,
n. 5, págs. 20 y 21.
4.
Carlos Altamirano. “Peronismo y cultura de izquierda”.
Temas. Buenos Aires, 2001. Cit. por Vezzetti en
Lucha Armada, n. 1, p. 50.
5.
En entrevista conducida por Felipe Pigna en la revista
Noticias, 13.03.04.
6.
Carlos Floria, “Les parties militaires”. Revista
Projet, Vanves, 1971.
7.
Bruno Passarelli-Fernando Elenberg. Il Cardinale e I
Desaparecidos. L’opera del Nunzio Apostolico Pio Laghi
in Argentina. Roma, 1999.
8.
Ver Criterio, n. 2293, mayo 2004.
9.
Luis Alberto Romero, “Entre la sombra de la dictadura y
el futuro de la democracia”. (fragmento en La
Nación, 19.3.96).
10.Alfred
Grosser, Le crime et la mémoire, Flammarion,
1999.
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