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Revista Criterio
Criterio N ° 2316 - Junio 2006 - Año 79
 

La caldera del diablo en los años setenta

Carlos Floria

Recordando al pensador francés Raymond Aron, el autor así concluye su artículo sobre bibliografía de la Argentina en la década del setenta: “hay casos endemoniados en muchas historias nacionales; también en la nuestra”.

“On ne montre pas sa grandeur pour être a une extremité, mais bien en touchant les deux à la fois”. (Albert Camus, a propósito de Pascal)

Testimonios y reflexiones –críticas y autocríticas– sobre los años sesenta y setenta circulan en una producción bibliográfica de calidad despareja pero de interés relevante: Montoneros, final de cuentas de Juan Gasparini –versión abreviada de su tesis de doctorado en ciencia política en la Universidad de Ginebra–; El diario “Noticias”. Los Montoneros en la prensa argentina de Gabriela Esquivada; Peronistas revolucionarios. Un análisis político del apogeo y crisis de la organización Montoneros de Eduardo Zamorano; El tren de la victoria. Una saga familiar de Cristina Zucker; y el “implacable” (calificación de Gabriel Lerman en comentario bibliográfico de Página 12) Política y/o violencia. Una aproximación a la guerrilla de los años 70, notable testimonio y análisis de Pilar Calveiro. Así también –en otro registro, se verá– el libro de Horacio Verbitsky, El doble juego. La Argentina católica y militar.

 

Estos son algunos de los títulos recientes o en reedición oportuna. Procedentes la mayoría de testimonios y revisiones críticas de militantes guerilleros en los años 70, que pueden cotejarse con ensayos contrapuestos, como el de Vicente Massot, Matar o morir. La violencia política en la Argentina (1806-1980); el de Nicolás Márquez, La otra parte de la verdad, con supuesta intención de réplica implícita; y en clave de cultura política el ilustrado alegato parcialmente autobiográfico de Jorge Emilio Gallardo en su reciente y muy interesante Luchas ideológicas argentinas. Origen y consecuencias de nuestros fanatismos, con la calidad que aporta el examen del “nacionalismo anticlerical”, según su directa expresión.

 

No me refiero ahora, para hacer la diferencia, a productos recientes de académicos historiadores como Marcos Novaro, Historia de la Argentina Contemporánea. De Perón a Kirchner, o Luis Alberto Romero, Entre la sombra de la dictadura y el futuro de la democracia, que contribuyen a la meditación sin ira de la Argentina militarizada y violenta1 que nos hizo vivir en un “estado de naturaleza hobbesiano”, producto en parte de la decadencia de nuestra cultura política. Los historiadores no hacen “periodismo de investigación” –aunque lo empleen en lo que les parece apropiado–. Tampoco elaboran relatos históricos en clave conspirativa para atraer lectores; ni escritos militantes, subordinados al ejercicio ideológico, a la absolutización de una parte de la realidad como si fuera toda la realidad, y de una parte de la verdad como si fuera toda la verdad. Eso es lo que entiendo por ideología, a la derecha, a la izquierda, atrás o adelante, arriba y abajo.

 

No estoy insinuando calificaciones o descalificaciones. Sencillamente digo que son registros distintos, recorridos por autores que evocan a veces conocimientos científicos y en casi todos los casos pasiones testimoniales. En las ciencias sociales –y la historia pertenece a ese campo, como la ciencia política o la sociología– no existe objetividad absoluta. Pero hay diferencia sustantiva entre quienes denuncian lealmente desde qué valores parten, qué comportamientos, opciones o tipo de sociedad evocan, y quienes se presentan como voceros impolutos de ideologías tradicionales o nuevas, ocultando sus preferencias y objetivos de acción, cuando no su desempeño como intelectuales “orgánicos” de la constelación del poder.

 

Cabe añadir, en el inventario provisorio precedente, una publicación relativamente nueva 2 que contiene debates abiertos sobre los años 60 y 70, el fenómeno guerrillero y sus contradicciones e ideales, pero también sus estrategias militarizadas y violentas, la pertinencia de las críticas de Rodolfo Walsh a la conducción montonera y la burocratización de propósitos revolucionarios sin correspondencia con la realidad –la del fenómeno peronista y el “Perón verdadero”, especialmente–, con frecuencia mal entendida o deliberadamente distorsionada. Reaparece la crítica de Pilar Calveiro contra el militarismo partisano y la violencia absolutizada que sometían la política. De un lado y del otro, porque el empleo del terrorismo de Estado desde el poder militar, suponía un “destratamiento” análogo de la realidad.

 

Desde su experiencia en los años 60 y 70 exponen cuestionamientos fundados de memorias encarnizadas Héctor Schmucler, Oscar del Barco, Hugo Vezzetti y participantes dispuestos a revelar en casos interesantes “el pasado de una ilusión”, recuperando el título del notable ensayo de François Furet.

 

Un encuadre sereno y severo de Oscar Terán sobre la base de su intervención en el encuentro internacional “Violencia y Memoria” –realizado en la Universidad Nacional de Córdoba en noviembre del año pasado– da el tono general de la publicación. El inteligente autor de Nuestros años sesentas piensa que “así como existen épocas en las cuales las ideas desempeñan un papel menos activo en la arena política, (…) las décadas del sesenta y setenta estuvieron habitadas por intensas pasiones ideológicas, (y) los actores involucrados en violentas confrontaciones políticas resultaron en buena medida configurados por concepciones con fuertes tendencias totalizadoras, cuando no realmente integristas” (las cursivas son mías). Y si bien anota las tragedias del terrorismo de Estado, se pregunta también: “cómo pensar la responsabilidad de quienes quisieron un mundo mejor y resultaron uno de los metales que se fundieron sin residuo en la caldera del diablo de la política argentina...” 3.

 

Para Oscar Terán, como para Hugo Vezzetti y otros intelectuales aplicados a estos temas, poco sentido tiene discutir la llamada “teoría de los dos demonios”. En rigor no me parece que la expresión constituya una “teoría”, sino una bandera de combate que encubría y encubre muchos más de dos demonios, miles, habitando los sótanos de la Argentina violenta. La radicalización política alcanzó a todos los protagonistas, no sólo a militares, a paramilitares y a militantes de izquierda. Carlos Altamirano supo señalar 4 “el peso decisivo que la radicalización del mundo católico tuvo en la reconfiguración del campo de la izquierda y en las formas del militantismo que incendiaron la década previa a la irrupción de la dictadura”. Vezzetti extiende a la “radicalización de una ultraderecha afiliada al catolicismo ultramontano” que se manifestará en “facetas siniestras” en la propia Iglesia donde obispos y vicarios, especialmente en el ámbito castrense, presentarán al terrorismo de Estado como una “guerra por la fe”.

 

Periodismo de investigación y denuncia

 

En este punto ingresa el ensayo de Horacio Verbitsky, periodismo de investigación y de denuncia del comportamiento del sector integrista del episcopado católico durante el Proceso. No ha sido escrito desde la perspectiva de los otros ensayos citados, que constituyen en su mayor parte una revisión intensa de las décadas pasadas. Tampoco desde la perspectiva del historiador –el autor, creo, no pretende serlo– a la búsqueda de la verdad, y por lo tanto en revisión permanente del pasado, sino del “juez ideológico” que ha dictado sentencia y condenado sin apelación. Socialista, según declaración personal que consta en la biografía de Galimberti escrita por Marcelo Larraquy y Roberto Caballero, publicada seis años atrás, no sabemos que Verbitsky haya explicitado una inclinación socialdemócrata, aunque aplica dedicación manifiesta al tema de la defensa de los derechos humanos.

 

Su ensayo se titula Doble juego. La Argentina católica y militar, subtítulo éste que retoma una expresión de Mariano Grondona, quien en octubre de 1976 se preguntaba en la revista Carta Política qué quedaría de la Argentina sin la espada y sin la cruz, porque “la Argentina –concluía– es católica y militar”. Había que cuidar, decía Grondona según subraya Verbitsky, “esa y”...

 

El autor advierte de entrada que en el libro no se encontrará ningún juicio de valor sobre el dogma ni el culto, pues la “realidad teológica del misterio” sólo corresponde a los creyentes y merece su mayor respeto. El ensayo trata, pues, del comportamiento de la Iglesia como “realidad sociológica del pueblo concreto en un mundo concreto”, según los términos de la Conferencia Episcopal Argentina, integrada en el período analizado por hombres “que se consideraban a sí mismos pecadores”. Dedicado a los obispos Ponce de León, Angelelli, Nevares, Novak y Devoto –fallecidos dos de ellos en circunstancias cuanto menos sospechosas de atentados–, a Emilio Mignone y Antonio Brasca, y a monseñor Hesayne. El autor señala que el libro contiene declaraciones de principios y su aplicación, “entre la axiología y la praxis”, avalado por una fuente documental, testimonial o bibliográfica. Algunas “privilegiadas, como el impresionante archivo de Alberto Pascual Devoto, obispo de Goya durante veinte años”. Tesoro único, expresa Verbitsky, reunido desde la “inteligencia y la calidad humana de Devoto (...) un estímulo poderoso para (su) trabajo”.

 

Otras fuentes igualmente relevantes son las actas de sesiones del Conferencia Episcopal proporcionadas al autor de forma no oficial, porque se presumían reservadas. Y citas testimoniales o bibliográficas, como el conocido libro de Emilio Mignone, sobre Iglesia y dictadura.

 

Tal vez sean oportunas, en este pasaje, algunas puntualizaciones: las referencias del autor a manifestaciones de Rafael Braun y mías –según nos atribuyen cables de diplomáticos norteamericanos a los que el autor tuvo acceso, que por mi parte no recuerdo y en todo caso no me encuentro fielmente expresado (cables al fin)– se hubieran visto mejor documentadas si el autor hubiera apelado a la revista Criterio, que contiene, entre otros, dos editoriales que viene muy a cuento citar. El primero, de enero de 1976, titulado “La guerra y la paz”, dedicado al ascenso insensato de la violencia que se pretendía justificada con presuntos argumentos intelectuales, a izquierda y derecha. El segundo, del 11 de marzo de ese mismo año (13 días antes del golpe), titulado “Qué pensar”, dedicado a fundamentar la oposición de Criterio y sus integrantes al golpe de Estado, que era por entonces crónica de un hecho anunciado, propuesto por muchos, esperado por la mayoría. Posición no común, porque una cosa era describir la crisis y otra especialmente significativa negarse a aceptar el desenlace como una fatalidad. Posición que compartimos por entonces con el Buenos Aires Herald y no mucho más, si algo parecido pudiera hallarse en el periodismo de esos tiempos.

 

Colaboracionismo, integrismo, progresismo

 

En resumen apretado, el eje principal del ensayo de Verbitsky consiste en la descripción de una forma de colaboracionismo de sectores de la Iglesia católica con el “partido militar” del Proceso. Se exponen documentos y testimonios muy significativos que derivan de declaraciones orales y escritas de obispos, especialmente, que el autor sitúa con atendibles argumentos en lo que se llamaba el integrismo, una derecha cristiana opuesta al progresismo.

 

El tema tiene en el cristianismo del siglo pasado connotaciones que vienen a cuento para situar mejor la fractura que Verbitsky describe. Hacia mediados del siglo XX, los integristas recogían descalificaciones análogas a las que hoy se aplican a los fundamentalistas. Los progresistas zafaban de aquellas críticas protegidos por el aire de los tiempos que les permitía acompañar en la ruta al comunismo, todavía prestigioso, amenazante y con notable capacidad proselitista; aunque el progresista cristiano procuraba no entregarse a una subordinación acrítica. En cambio, en tiempos recientes, el progresista expondrá una oposición antidictatorial y antimilitarista, preocupada por los derechos humanos.

 

En el campo cristiano había tipos diferentes de progresistas: el doctrinario, el sentimental-idealista, el seducido por rasgos ideológicos proclives a fórmulas autoritarias aunque ignorase el sentido de su apuesta. El integrista, menos asible como tendencia, se caracterizaba por su indisponibilidad para el diálogo y su disposición para el monólogo. Sectario, rígido hasta en sus gestos, con certeza interior de perfecta ortodoxia, creía tener la verdad en el sentido más posesivo del verbo tener. El integrista suele ser históricamente autoritario, desconfiado de la libertad, a la que percibe como deslizamiento hacia el liberalismo. No es tradicional, sino tradicionalista y simpatizante natural de los regímenes de autoridad.

 

Integrismo y progresismo, examinados en su historia completa, se manifestaron opuestos y al mismo tiempo semejantes en cuanto fenómenos “sectarios”. Es decir, como integrantes del “partido de los puros”, algo así como los zelotes de cada época, como la “versión cátara” de la política que no acepta al hombre como es, puro e impuro, trigo y cizaña. Los integristas de los tiempos del Proceso tenían casi todos los rasgos del integrismo tradicional, y donde hoy se los reconoce, no parecen demasiado originales ni distintos. Los progresistas, en cambio, padecen el empleo del calificativo dictado por el oportunismo, por la sensación de que se está del lado bueno de las cosas. Sin embargo, si la mayor parte de los integristas suele ser reaccionaria, no faltan los llamados progresistas que también lo han sido, o lo son, aunque su retórica suene reformista o revolucionaria. En todos lados, hay reaccionarios que se ignoran.

 

Observado en clave comparada, en la historia y en la geografía política, y aplicado a la Iglesia católica, el fenómeno no es nuevo, lo que no significa que deba ser admitido sin beneficio de inventario. La santidad de la Iglesia –que Verbitsky respeta en manifestación explícita– no impide que los individuos, fuesen o no clérigos, sean pecadores. “Si la Iglesia no fuera pecadora no necesitaría de un Salvador...”, suele decir el padre Braun. Que un papa, un Borgia por ejemplo, pueda cometer faltas contra la moral, no pone en cuestión para el cristiano la santidad de la Iglesia. El buen sentido enseña que en el ejercicio ordinario del poder nadie está a salvo del error o de la falta; aun si es obispo o papa...

 

En el catolicismo hay una larga tradición de penitencia, de arrepentimiento frente a Dios y los hombres. Sucede en la historia de la Iglesia que una fracción del pueblo cristiano resulta ser más clarividente que sus pastores, y la Segunda Guerra guarda testimonios sorprendentes en ese sentido. Traigo a la memoria la carta de Juan Pablo II Tertio millenio adveniente (10.XI.94) analizada por Criterio en su editorial titulado “La conversión de la Iglesia” (14.IX.95), donde el autor nos recuerda que la Iglesia “no puede atravesar el umbral del nuevo milenio sin animar a sus hijos a purificarse, en el arrepentimiento, de errores, infidelidades y lentitudes (porque reconocer) los fracasos de ayer es un acto de lealtad y de valentía que nos ayuda a reforzar nuestra fe...”.

 

Digamos que no es frecuente en las “religiones seculares” circulantes en la historia –recuperando una calificación elocuente de Raymond Aron al aludir a las ideologías con pretensión universal–, ese tipo de ejercicio crítico de la propia memoria...

 

Conviene advertir, para el análisis comparativo, que así como hubo variedades de colaboracionismo –apunto unas pocas–, el tema no hacía sólo a las relaciones franco-alemanas en la Europa de Hitler, sino a las relaciones franco-francesas, por así decirlo. Si se extiende la analogía al caso de la Iglesia católica en la Argentina del Proceso –precedido en cuanto al terrorismo de Estado por la etapa 1973/1976, que Gorriarán Merlo, para una remisión interesante en este tema, añade a los años de la dictadura militar– 5, habría que extender el examen a cuestiones internas de la Iglesia y a clericalismos cruzados que no se suelen exponer.

 

La cuestión de la cruz y la espada de la Argentina católica y militar, que Verbitsky evoca en expresión todavía contemporánea, nos remite a una de las tradiciones ideológicas de la Argentina moderna: el nacionalismo antiliberal de inspiración maurrasiana, con su rechazo a la democracia, su antisemitismo raigal y el relieve del “poder clerical” en alianza objetiva con el “poder militar”. Aún en una iglesia cuyo papa Pío XI envió al index la literatura de Charles Maurras y apartó a aquel “empírico pagano”–como lo llamaba Raissa Maritain–, hubo, y tal vez hay, maurrasianos que no citan a Maurras, pero lo siguen. Mi impresión es que el padre Meinvielle, por ejemplo, pensaba en ese registro, incluso cuando escribía en esta revista hace muchos años.

 

El comportamiento colaboracionista es otra de las cuestiones que merecen un desarrollo comparativo. El “colaboracionismo” es un tema “muy francés”, el más delicado de los planteados por la defección de Francia y su división ante la existencia del ocupante alemán. Junto a la guerra de Argelia –antecedente no menor cuando se trata de las inspiraciones del militarismo argentino, como evocamos años atrás 6, son tal vez los dos temas frente a los cuales prevalece la prevención, la timidez, la incomodidad frente al peso de semejante pasado. Stanley Hoffmann, en sus ensayos franceses, emprendió el intento de distinguir distintos tipos de colaboracionismo. La primera distinción analítica fue entre: colaboración por “raisons d’etat” y colaboración por simpatía ideológica con los nazis –fenómeno menos frecuente de lo que se creía–. La segunda distinción fue entre colaboracionismo servil y colaboracionismo por resignación. En todo caso, los intelectuales franceses presienten que es una materia que se va “zafando” permanentemente. No sé lo suficiente para extenderme en esto. Señalo, sí, que el autor descalifica al nuncio de entonces, monseñor –hoy cardenal– Pío Laghi, y acude con frecuencia a un libro de los periodistas Bruno Passarelli y Fernando Elenberg, que cree escrito por encargo 7. El periodista argentino Elenberg nos dio un ejemplar, aclarando que una editorial argentina pagó derechos de autor pero decidió no publicarlo. Leyendo el apéndice testimonial que contiene en su única versión italiana –y que no hallamos citado en el ensayo de Verbitsky–, se advierten puntos de vista diferentes pero, salvo el grueso extremismo de Hebe de Bonafini refutado por Emilio Mignone, hay consenso en subrayar el empeño activo de Laghi en defensa de víctimas de la represión. Testimoniaron además y, entre otros, Jacobo Timmerman y Adolfo Pérez Esquivel.

 

Con ánimo contribuyente a lo que considero una aproximación más adecuada a aquellos tiempos y pesares, advierto que Verbitsky silencia u omite lo que Beatriz Sarlo sostiene con autoridad, testimonial e intelectual, respecto de actitudes y rasgos constitutivos que acercaba a los contendientes en cuanto los militantes revolucionarios eran autoritarios, violentos, ausentes en la cuestión de los derechos humanos y de la democracia. En documento que Criterio reprodujo 8 haciendo honor a la calidad y coraje del testimonio crítico de Sarlo contra excesos retóricos presidenciales en un acto en la ESMA. La omisión de datos objetivos del contexto social y político previo al golpe del ‘76 es una falencia no menor del ensayo de Verbitsky, no porque esos datos aliviaran la crítica del autor hacia sectores de la Iglesia, sino porque demostrarían disposición para aceptar que la “demonización” en la narración de la historia de esos tiempos “eligió la alternativa maniquea” –como señala Luis Alberto Romero–. Por lo tanto, Verbistky escribe como si el Proceso no se hubiera instalado sobre “una sociedad conflictiva y combativa (donde) muchos de quienes estaban enrolados en esos combates ya habían ensayado formas violentas en diverso grado para dirimir sus diferencias, y esto trascendía ampliamente al grupo que la versión oficial de los ‘dos demonios’ definió como el segundo demonio...” 9.

 

Preciso es recordar que el mundo intelectual y militante –obviamente tampoco el militar– de esos tiempos no tenía a la democracia como cuestión pendiente que lo conmoviera. Sería incómodo pero franco explorar si los miembros de la Iglesia –integristas y progresistas– predicaban algo sustancialmente diferente. Los documentos referidos por Verbitsky revelarían que los obispos, por lo pronto, eran también hombres situados –y “sitiados”, digo– en los aires calientes de esos tiempos. El mundo del “poder moral” –intelectuales, periodistas, sacerdotes– atendían con mayor o menor responsabilidad a los derechos humanos, pero no asociaban a la democracia como el principio de legitimidad y el sistema político que sostiene una legalidad apropiada para la vigencia de aquellos derechos. Presupuesto que sería difícil hallar entre los contendientes ideológicos y militarizados que se enfrentaban sin expedirse con claridad y convicción acerca de qué tipo de régimen político proponían a los seres humanos pasibles de sus proyectos. (¿Cuántos juegos y jugadores dobles habitaban la Argentina de esos tiempos? ¿Cuántos en estos?)

 

A pocos se les ocurría advertir que la democracia era entre nosotros una idea nueva, una experiencia pendiente, y luego una ilusión acosada, como se vivió en el ‘83, y después. Entonces, el “retorno a la democracia” era expresión corriente. Con el tiempo veríamos que era, tal vez, una frivolidad o una ilusión respecto de nuestra historia contemporánea. No eran sólo los integristas que Verbitsky denuncia con buena parte de razón quienes no reivindicaban ese sistema político –un fenómeno arraigado en una cultura política entre nosotros frustrada y no un hecho de la naturaleza–, sino muchos progresistas, militantes, intelectuales y protagonistas del poder económico (habitado por “liberistas” más bien que liberales), militar, sindical y moral que no manifestaban ni evocaban interés efectivo en ese principio de legitimidad que se expresa en un sistema político participativo, pluralista, competitivo y complejo.

 

Los “católicos liberales” que el autor menciona en expresión corriente y no infiel, éramos en realidad católicos demócratas y republicanos, con éxito improbable en una sociedad política polarizada (Rafael Braun escribió “Contra la tortura” en 1972, en Criterio, n. 1644). Como alguna vez me dijo Galimberti, concurrente irregular o asistemático en uno de los seminarios en la Facultad de Derecho de la UBA, los “demócratas liberales” no teníamos porvenir. La contienda era entre el poder militar y el poder montonero. Atiné a responderle que era un tema abierto... y todo esto en términos civilizados no frecuentes en esos tiempos, ni tal vez en éstos. Años después leí una entrevista a Guillermo O’Donnell donde nuestro colega académico manifestaba: “hoy, ser progresista es ser liberal...”.

 

Como se advierte, la discusión nunca termina, y esto es alentador porque la tentación del partido de los “puros”, a la derecha o a la izquierda, es darla por cerrada.

 

En fin. Quiero honrar una breve y cara lección que Raymond Aron nos diera, muchos años atrás, en presencia de Hoffmann, uno de sus mejores discípulos, desolado por las críticas cruzadas de Le Monde y Le Figaro contra su análisis del colaboracionismo: “Hay cuestiones y conflictos –expresó Aron– en los que la naturaleza del objeto, es endemoniada...”. Con lo que quiso decir, si hace falta aclararlo, que la contienda en torno de tal especie de cuestiones dura la vida de generaciones. Es el caso del colaboracionismo y de Argelia en la historia contemporánea francesa. De “crímenes y memorias” del políticamente perverso siglo XX que Alfred Grosser revisa en libro de una década atrás editado en París 10, (pero no reeditado por decisión de... la editorial). Hay casos endemoniados en muchas historias nacionales. También en la nuestra.

 

  

  


Notas

1. Militarización de una entera cultura política, y violencia como ideología de la política en el eje “amigo-enemigo”, y éste absoluto, y por lo tanto condenado a la eliminación. “Militarización y violencia” fue el título del capítulo de mi autoría en la Nueva Historia de la Nación Argentina. Tomo VII. La Argentina del siglo XX. 1914-1983, Academia Nacional de la Historia. Planeta, Buenos Aires, 2001.

2. La revista es Lucha Armada en la Argentina. Es trimestral. Comenzó a publicarse en 2005. Nuestras citas corresponden a ejemplares publicados entre junio de 2005 y abril de 2006.

3. Oscar Terán. “La década del 70: la violencia de las ideas”. En Lucha Armada en la Argentina, Año 2, n. 5, págs. 20 y 21.

4. Carlos Altamirano. “Peronismo y cultura de izquierda”. Temas. Buenos Aires, 2001. Cit. por Vezzetti en Lucha Armada, n. 1, p. 50.

5. En entrevista conducida por Felipe Pigna en la revista Noticias, 13.03.04.

6. Carlos Floria, “Les parties militaires”. Revista Projet, Vanves, 1971.

7. Bruno Passarelli-Fernando Elenberg. Il Cardinale e I Desaparecidos. L’opera del Nunzio Apostolico Pio Laghi in Argentina. Roma, 1999.

8. Ver Criterio, n. 2293, mayo 2004.

9. Luis Alberto Romero, “Entre la sombra de la dictadura y el futuro de la democracia”. (fragmento en La Nación, 19.3.96).

10.Alfred Grosser, Le crime et la mémoire, Flammarion, 1999.

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