Rolf R. Mantel, 1934-1999

El domingo 7 de febrero, alrededor del mediodía, falleció el Dr. Rolf Mantel tres semanas después de una delicada operación quirúrgica.

Ahí perdió nuestro país al más profundo y prolífico creador de teoría económica de toda nuestra historia; la Universidad de San Andrés a su profesor de mayor prestigio académico; sus amigos, estudiantes y colegas, al sabio generoso que daba todo su tiempo y conocimientos a quien quisiera pedirlo; su esposa y su hijo muchísimo más que todos los anteriores.

Pero a todos nos queda el enorme regalo de Dios de haber aprendido de él, disfutado del calor de su amistad, y confiado en su inquebrantable lealtad y fidelidad. Fidelidad a sus principios, a su estilo intelectual y a las personas con quienes compartió su vida. Rolf R. Mantel se había doctorado en la Universidad de Yale en 1966, y su inmediato regreso al país no le impidió enseñar como profesor visitante en las universidades de Yale, Northwestern y Harvard y desempeñarse como investigador visitante en la Universidad de Chicago y, hace menos de un año, en el Weismann Institute en Israel. La Universidad Nacional de Tucumán le otorgó el Doctorado Honoris Causa en 1996.

Desde 1976 era Fellow de la Econometric Society (el único latinoamericano durante más de una década) y en 1983 fue electo miembro titular de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.

Dos veces en la última década recibió propuestas atactivas para trasladar el ámbito de su investigación y enseñanza a otras universidades. En ambos casos se trató de propuestas difíciles de rechazar, pero sus colegas y estudiantes de la Universidad de San Andrés tuvimos la dicha que él decidiera quedarse con nosotros. El domingo 7 de febrero de 1999 volvió a recibir un llamado y también esta vez tomó el camino de la fidelidad que conduce a Su lado y a Su presencia.

Osvaldo Schenone

El Charco (Juana de Ibarbourou)

Llovió esta tarde y frente a mi casa, en el empedrado lleno de baches, se ha formado un charco. Parece un pedazo de espejo tirado en medio de la calle. Al anochecer, sereno ya el tiempo, unos gorriones que tienen sus nidos enfrente, en el cerco de las campanillas azules, vinieron a beber de él. Fue luego un can vagabundo, flaco y peludo, que se acercó a apagar su sed en el charco. Ahora, al reflejar un trozo de cielo, se ha llenado de estrellas. Y mañana, al alba, se irisará con todos los colores de la aurora. Pero después, cuando pasen para el mercado los carros de verdura y de fruta, más de un pesado casco de mulo desgarrará su agua serena. Y el sol, más tarde, lo absorberá gota a gota, hasta que el bache vuelva a quedar seco, con un triste aspecto de esqueleto. El charco, entonces, se habrá ido a las nubes, como dicen que las almas de los buenos se van al cielo después de haber vivido su vida como un hombre noble y soñador: apagando bondadosamente la sed de los dulces pájaros y de los perros sin dueño; reflejando estrellas; sintiendo en sus entrañas vivas la dura pezunia de los mulos que pasan. O, lo que es lo mismo: amando, soñando, sufriendo.

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